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– Hay algo que no comprendo -dijo Czesich-. Acabamos de comer muy bien esta noche. Personas que conocí en Moscú me dijeron que el gobierno se asegura de que Vostok tenga abundante comida para que los mineros se queden tranquilos.

– Pero no están tranquilos, sin embargo -dijo Lydia con orgullo.

– Déjalo terminar. Lydia.

– En el tren un hombre me preguntó por que se había elegido a Vostok como uno de los lugares donde repartir alimentos y no supe qué decirle.

– En Vostok hay gente hambrienta-dijo Marya Petrovna-. ¿Ha visto el vecindario cerca de la iglesia. Belaya Rechka? Ahí ha\ gente que tiene hambre. Y al sin del río Y en los pueblos

– De todos modos Ustedes están mejor que en otros lugares ¿ no es cierto? ¿Mejor que en Ufa o en Uzinsk?

– Ufa -la vieja se burló-. La gente tenía hambre en Ufa ya antes de la perestroika.

Lydia habló con conocimiento, como alguien del doble de su edad.

– El padre Alexei dice que se eligió a propósito, para molestar a Mikhail Lvovich. ¿Se lo dijo en el tren?

– No.

– Usted le gustó mucho -siguió ella-. Dijo que pertenecía a una especie diferente de la de otros norteamericanos que ha conocido.

– ¿Cuándo conoció a otros norteamericanos? -dijo Raisa suspicaz.

– No sé -dijo ella, y Czesich deseó, por su propio bien, que estuviera diciendo la verdad-. Quizás en Moscú.

– A mí también me gustó él.

– Le dijo Czesich a Lydia, con el deseo de parecer agradable, neutral y diplomático.

– Debería oírlo predicar. -Podríamos ir al pueblo el sábado y a la misa el domingo a la mañana.

– El embajador de Estados Unidos quizá llegue el sábado y se queda hasta el domingo -dijo Propenko.

– Podríamos presentarle al padre Alexei.

– Mikhail Lvovich nunca lo permitiría.

– ¿Como puede evitarlo, papá?

– Puede hacer cosas que tú no sabes que puede hacer.

– El amigo de Lydia fue asesinado en la iglesia -dijo Marya Petrovna abruptamente, como para fastidiar a su cauteloso yerno.

Lydia se quedó callada; las dos mujeres mayores la miraron, y luego Czesich como pidiéndole su opinión. Propenko estudiaba el helado.

– Estoy enterado de eso -dijo Czesich-. Lo siento mucho.

La conversación se empantanó. Czesich trató de pensar algo que decir, una manera de suavizar las cosas, pero lo único que se le ocurría eran lugares comunes rancios de su carrera estéril, y los rechazó.

– ¿Y qué pasa con Yeltsin? -dijo, para tratar de sacarle algo a Lydia-. ¿Qué va a pasar?

– ¡ Va a ser presidente! -dijo ella desafiante. Ninguno de sus mayores estuvo de acuerdo. Admitieron que Gorbachov estaba herido, quizás, inválido, quizá viviendo sus últimos días, pero el consenso era que no lo desplazaría Yeltsin, sino Puchkov, el ejército y la KGB. Raisa asqueada dijo que algunos pensaban que el cambio sería para mejorar.

– Miramos la historia -dijo Propenko-. Recordamos a Khruschev, como Gorbachov, abriendo puertas, corriendo riesgos. Lo aplastaron como a un conejo en la ruta

– La gente lo recuerda -Raisa estuvo de acuerdo.

Czesich estaba lo bastante borracho como para preguntarse en voz alta si, quizás esta vez, la misma gente no se levantaría frente al ejército, la KGB. Era el sueño imposible del abuelo Czesich, reciclado.

– Antes aniquilaban a los que se rebelaban -dijo Raisa-. Usted no comprende.

– Pero uno no puede darse por vencido por anticipado ¿no es cierto? -dijo Czesich. y Propenko le dirigió una mirada extraña. Furia, sorpresa, ofensa, no la pudo interpretar.

De alguna manera, quizá gracias al alcohol, la conversación tocó temas menos volátiles. Hablaron de la reciente visita del presidente Bush a Moscú y Kiev, de los magníficos equipos de hockey del pasado, de Tolstoy y Dostoyevsky, de Akhmatova y Babel. Durante más o menos una hora. Czesich se sumergió en lo que, para él, era el exótico toma y daca de la familia. Como algo que flota lejos de la costa, todo el enmarañado revoltijo de la política de Moscú emergió de vez en cuando, pero a medida que el aire se calentaba, pareció que empezaba a sentirlo como una realidad secundaria, un espejismo que brillaba tenuemente en la lejanía brumosa. Cuanto más bebían, hablaban y reían, menos posible parecía que las ambiciones de hombres tan alejados pudieran tener algún efecto sobre este hogar.

A las once de la noche, Marya Petrovna anunció que, norteamericano o no, tenía que acostarse. Besó a Czesich en las dos mejillas, besó a su nieta, y se fue al cuarto de atrás. Czesich se sentía confortablemente achispado. No quería irse. Ellos no parecían querer que se fuera.

– Lamento lo de Ryshevsky y todo el resto -le dijo Propenko-. Los candados. La reunión. Me siento avergonzado.

– Lo he visto antes -dijo Czesich-. En muchos lugares diferentes. -Contó una anécdota breve sobre un inspector de aduana en Kazan que una vez le había hecho abrir once cajas de papel higiénico y contar cada rollo.

– Estaba esperando que le diera algunos -dijo Raisa-. Eso es todo. Estaba cansado de usar el Pravda.

Propenko asintió, pero parecía incapaz de sonreír.

– Empezaremos a entregar los alimentos mañana-dijo seriamente-. Tres días de demora no está tan mal. Ryshevksy anduvo mucho más rápido estos dos últimos días.

– Creo que Malov le dijo algo -dijo Czesich, y el aire cambió instantáneamente. El eco volvió. Por un momento pensó que la noche se había echado a perder.

Propenko miró a su esposa, luego de nuevo a Czesich.

– Malov no es un amigo -dijo con calma.

– Sé quién es -dijo Czesich-. Sin embargo, a veces hay que trabajar con ellos

– No -dijo Lydia-. Nunca. Sería como dormir con el diablo.

Algo en los ojos de Lydia le recordó a una Julie Stirvin joven, y estuvo a un milímetro de contar toda su historia en la USCA, incluso lo de su repentino retiro por una cuestión de principios.

– Tiene razón -dijo, y se le escapó un lugar común-. Uno sólo puede transigir cierto número de veces sin enajenar su alma.

– Una vez -dijo Lydia-. Una vez es todo lo que se necesita.

Czesich se encogió de hombros. Ella era joven aún; a medida que pasaran los años cambiaría el número. Revisó una lista de razones posibles por las que Malov se habría vuelto de pronto más cooperador y decidió que debía ser algo más que el temor a ser denunciado en la prensa extranjera o castigado por la embajada de Estados Unidos. Tenía que haber alguna clase de truco. Los hombres del tipo de Malov no se destacan por su bondad espontánea. Nadie parecía tener bastante energía para entablar un debate. Propenko se había quedado callado, y Czesich empezó a buscar una salida cómoda Cuando Raisa se dirigió a la cocina para hacer mas te la detuvo.

– Es tarde -dijo- Han sido muy bondadosos y esta ha sido la noche mas linda que he pasado en muchos años. -Por una vez sonó completamente sincero, aún para sí mismo La familia había ejercido un poder mágico sobre él y, al despedirse, trató de decírselo sin sonar como un diplomático.

Lydia lo abrazó, Raisa sonrió, tomó sus manos en las suyas y le deseó felicidad. Propenko se disculpó por no poder llevarlo al hotel e insistió en acompañarlo a la esquina y ayudarlo a conseguir un taxi.

– De nuevo niebla-observó cuando salieron a la calle-. Agosto es el mes de la niebla

Con las piernas un poco duras por la bebida caminaron hasta el final de la calle oscura y Propenko se quedó en el borde de la acera con el brazo extendido Resulto ser una mala noche para tomar un taxi.

– ¿No extraña a su hijo? -le dijo abruptamente.

No hacía cinco minutos que Czesich había tenido un ataque de nostalgia, no exactamente por Michael, sino por el Michael que había imaginado cuando Marie estaba embarazada Trató de localizar el punto exacto en la historia cuando esa visión se había extinguido, pero el alcohol mantuvo sus recuerdos misericordiosamente vagos Era una droga sorprendente, la manera que tenía Dios de compensar el hecho de haber dotado a Sus hijos con un talento tan enorme para arruinar las cosas