Aún a través de la agradable confusión provocada por el vodka, a Czesich le pareció muy claro que lo que había esperado de la paternidad era lo que acababa de presenciar en el apretado hogar de los Propenko: un bastión de intimidad en una vida en otros aspectos marcada por la separación y la falsedad. Lo que quería, lo único que quería realmente, era estar con gente que lo conociera bajo su máscara y lo amara de todos modos
– En realidad lo extraño -dijo- aunque no es el hijo que había imaginado. -Por fin un taxi se detuvo, pero cuando Propenko le dijo adonde debía ir, el conductor sacudió la cabeza y se alejó rápidamente.
– Lydia es la hija que imaginé -dijo-. El problema es que yo no soy el padre que imaginé.
– Tochna -dijo Czesich-. Exacto. -Ahora sentía verdadero afecto por este hombre, una armonía psíquica atípica. Por unos minutos fue como si estuviera con muy viejo amigo o un hermano. Otro de los efectos del vodka, esta rápida camaradería. No es de extrañar que los rusos la amaran tanto.
– ¿Qué quiso decir-preguntó Propenko vacilando-. cuando dijo 'enajenar su alma"?
– Es solo una frase. En Estados Unidos se ha convertido en una especie de cliché sin sentido.
– ¿Pero qué es lo que usted quiso decir con eso?
Por un momento Czesich no supo que decir.
– Es bíblica -dijo por fin.
– No estoy muy familiarizado con la Biblia. ¿Qué significa la frase para usted, en su propia vida?-Propenko se volvió hacia la calle de nuevo y extendió el brazo, pero miraba directamente a Czesich, con la cara ahora como la de Lydia, abierta y enteramente sincera, la de quien busca algo.
– Quiere decir que uno está viviendo una mentira.
– Ah.
– No que uno sencillamente dijo una mentira -Czesich se apresuró a agregar, como para disculparse a sí mismo-. Sino que uno no vive de acuerdo con sus principios.
Un taxi frenó para detenerse unos metros más adelante. Mientras iban hacia él, Propenko dijo:
– ¿Y qué pasa si sus principios se contradicen entre si?
– Entonces la regla es: Elija lo que más miedo le dé -dijo Czesich. No estaba seguro de qué quería decir exactamente con esto: las palabras parecieron emerger de alguna fuente oculta, algo que había oído no mucho tiempo atrás y casi olvidado.
Propenko pareció comprender, sin embargo. Sin hacer caso a las objeciones de Czesich deslizó diez rublos al taxista y le dijo que no levantara a nadie camino al hotel, y luego se agachó de modo que su cara quedó enmarcada por la ventanilla abierta.
– Antón Antonovich -dijo, con ojos vacilantes, mientras su gran mandíbula y los labios se movían como si tratara de decir algo afectuoso y un tanto incómodo- Vell-kim do Vostok.
El taxista partió, y Czesich miró la ciudad que iban dejando atrás envuelta en la niebla. La bebida y la compañía cálida lo habían puesto sentimental, e hicieron que todos sus viejos recuerdos de Rusia fueran un grado más dulces. Al cabo de un tiempo, se inclinó hacia el asiento de adelante y le obsequió al taxista unas líneas de Blok:
Y tú eres siempre el mismo, mi país.
con tu antigua belleza manchada con lágrimas.
El taxista sonrió con tolerancia, y preguntó si Czesich no tenía algo para vender
25
Los postes de alumbrado todavía estaban humedecidos por el rocío, y las babushki ya se reunían en la parada de autobús frente al edificio de Propenko, con las cuerdas de sus bolsas de compras colgando de los bolsillos del abrigo, y los labios y cejas con expresión adusta como si se dirigieran, no al mercado, sino a las trincheras de una guerra civil de viejas.
Propenko no estaba muy lejos de ellas, no muy lejos del lugar donde había tenido su breve conversación con Antón Antonovich la noche anterior, vestido con un suéter, un par de jeans húngaros tiesos, y las botas que usaba para trabajar en el jardín de la dacha. El trabajo que siempre lo había animado le parecía algo extraño ahora, como si se retrajese para desaparecer. Sentía vergüenza ante la mirada de la mañana.
Un autobús se acercó al bordillo de la acera y las babushki asaltaron las dos puertas. En busca de distracción, de calor, para quemar la energía perversa que había estado acumulando durante las últimas cuatro noches, Propenko empezó a ir y venir. Fue hasta la esquina y volvió. Miró hacia arriba a las ventanas de su apartamento. Volvió a ir hasta la esquina y se detuvo; le dio un puntapié a una tapa de botella para tirarla a la alcantarilla; observó a las mujeres que subían frenéticamente al autobús y al miliciano de civil de Vzyatin que fumaba en un auto enfrente; los autobuses que pasaban retumbando; las luces de estacionamiento que brillaban en la neblina; a los conductores inclinados sobre sus volantes como mensajeros al servicio de un rey terrible.
No podía liberar su mente de la imagen de Antón Antonovich sentado en su casa la noche anterior. Con su frente y mandíbula amplias y su duro modo moscovita de hablar, a primera vista el hombre podría fácilmente ser tomado por soviético. Pero había algo en su manera de sentarse allí, tan tranquilo y cómodo en un país extranjero, a la mesa de un extraño; había algo en sus ojos y ropa y en el modo de bromear con Marya Petrovna, hasta en su manera de caminar, algo totalmente despreocupado que lo diferenciaba de cualquier ciudadano soviético que Propenko jamás hubiese conocido. No podía imaginar a Czesich apretado contra la ventanilla de un autobús de esa manera, o haciendo un trato con un hombre como Mikhail Lvovich. o aprendiendo a disparar una pistola a las seis de la mañana para protegerse y proteger a su familia. Czesich no necesitaba una pistola o puños o amigos en la milicia. No recorría penosamente el sendero atado a la correa de nadie. En su país existían la ley y la dignidad. Aquí había soborno, "arreglos", una vergüenza congénita.
Un jeep de la milicia hizo un viraje brusco y se detuvo delante de él y Propenko entró. Vzyatin le palmeó la pierna y arrancó velozmente, sonriendo como si fueran a una excursión de pesca.
– ¿Por qué no esperaste adentro?
Propenko se encogió de hombros. Le había quedado un leve dolor de cabeza por la bebida de la noche anterior.
Vzyatin tenía puesto un uniforme nuevo recién planchado, y las estrellas doradas de las charreteras se destacaban sobre el paño azul grisáceo. Como de costumbre su cara expresaba seguridad, las cejas negras abundantes se contraían alegremente, los ojos siempre firmes y alertas, los labios apretados con satisfacción. Conducía como si fuera el dueño no sólo de la calle sino de toda la ciudad, sus manos se movían de un lado a otro mientras deslizaba el auto descuidadamente de carril a carril, de calle a calle, deteniéndose ante la luz roja sólo cuando era absolutamente inevitable.
Un príncipe, pensó Propenko, al galope por su reino por la mañana temprano.
Al llegar al semáforo del bulevar Donskov, Vzyatin metió la mano en el bolsillo tejido de la puerta y sacó una pistola. Propenko sostuvo el objeto extraño con los dedos, apuntando hacia abajo. Veintiocho años atrás cuando había tenido por última vez un arma en la mano, en sus días del ejército. La asociación no fue especialmente agradable.
– Nueve milímetros -dijo Vzyatin con orgullo-. Directamente de fábrica.
Se alejaron del semáforo, cruzaron el río por el puente Tchaikovsky, y entraron en una ruta de dos carriles que llevaba al sudeste, fuera de la ciudad. El sol se levantaba a su izquierda y brilló intensamente durante unos segundos hasta que lo tragó un techo de nubes y humo. La mañana prometía lluvia.