– ¿Y qué clase de impresión causa tu norteamericano en su vida privada?
Propenko volvió la cara hacia la ventanilla.
– Sincero -dijo-. Decente. A Lydia pareció gustarle.
El Jefe gruñó.
– Es sólo la ropa, Sergei. Las jóvenes siempre se enamoran de la ropa de un hombre mayor, de su estilo. Los libros de psicología de Masha dicen que es una tranzferentz de los sentimientos de la joven hacia su padre.
Propenko hizo una mueca al oír la palabra extranjera, y ante la mención de la ropa buena del norteamericano. Lydia no se había enamorado de nadie. El modo de ser Czesich sólo había llevado un poco de luz a la casa, eso era todo. Lydia era joven. Era susceptible al modo de ser de otra gente. No era ningún tipo de tranzferentz. No era un hecho psicológico.
– ¿Tiene sentido?
– Quizá.
Unos compases de estática graznaron por la radio de Vzyatin, y Propenko observó que seis camiones del ejército se dirigían a la ciudad. En su oído interno sonaba la risa de Mikhail Lvovich.
– ¿Cómo está Raisa?
– Asustada.
– Es más inteligente que todos nosotros -dijo Vzyatin, pero el comentario sonó mecánico y falso. Echó una mirada rápida a la aguja blanca del tablero. Vzyatin casi doblaba el límite de velocidad.
– ¿Viste el noticiario anoche?
– Estábamos cenando.
– Entrevistaron a dos coroneles del ejército que habían estado destinados en Alemania Occidental. Sus hombres ahora están de vuelta en Moscú, viviendo en tiendas de campaña porque no tienen otro lugar que ofrecerles. Y se supone que para fin de año regresan otros cincuenta mil. -Vzyatin desvió los ojos del camino un segundo para mirar a su pasajero.- "Héroes", los llamó uno de los coroneles. Nunca había pensado ver el día en que los héroes soviéticos vivieran así en su propia patria. "La paciencia del ejército, dijo, no es ilimitada."'
Para Propenko esto fue sólo una gota más que se agregaba a las nubes ominosas que se veían en un horizonte distante. Alemania Occidental. Moscú. Vzyatin podría haber estado hablando de otra galaxia.
– Dios nos proteja si esa gente llega al poder.
Propenko gruñó y se frotó los ojos. En la casa no había encontrado aspirina.
– Pero Gorbachov continúa nombrándolos -agregó el Jefe, como si Propenko lo hubiera alentado-. Shevardnadze se lo advirtió. Yeltsin insiste en advertírselo. Y él sigue lo mismo designando a personas que quieren llevarnos de vuelta al pasado.
Propenko se sintió como si Vzyatin estuviese tratando de venderle algo.
– Yeltsin no es mejor-dijo.
– En eso te equivocas, Sergei. Yeltsin es mil veces mejor. Bessarovich dice que es mil veces, diez mil veces mejor.
Propenko pensó: un misterio está resuelto. Hay que agregar a Bessarovich a las legiones de apparatchiki que abandonan al Presidente cuando los necesita. Ahora Yeltsin es el favorito. Dentro de unos años cambiarán a Yeltsin por alguien nuevo, y todos los taxistas y cocineros del país escupirán al oír su nombre. Rusia era como un paciente que va de médico en médico, entusiasmado por la promesa de cada nuevo tratamiento milagroso, cada teoría nueva, cada cura nueva para algo que es históricamente incurable.
El camino los llevó entre las ruinas de una galaxia más familiar, más allá de las construcciones de las minas de una selva de chimeneas que sobresalían de cuadrados de cemento que eran fábricas, cruzando un pequeño río cubierto por pinceladas de niebla, y hasta el borde de una llanura que se extendía hasta Asia Central. No tan lejos, Propenko alcanzó a ver los campos de trigo, casi dorados en esta luz, brillando como el paraíso. Mucho antes de llegar a ellos, Vzyatin giró.
– ¿Alguna vez pensaste en presentarte como candidato para el cargo?
– Has estado bebiendo, Victor.
El Jete rió.
– Eres inteligente, apuesto; un héroe del deporte ruso. Serías un candidato natural.
– Pasaron delante de una gasolinera (ya se estaba formando una fila de autos y camiones ante los surtidores) y a través de una aldea de veinte o treinta casas de troncos, luego por un camino de tierra que terminaba en una excavación cubierta de hierbas, de trescientos metros de ancho. Toda arena y rocas, la excavación era uno de los pedazos de tierra más horribles que Propenko había visto jamás. Parecía un lugar donde un asesino tiraría un cadáver.
Vzyatin estacionó el jeep y anduvieron a trompicones por la tierra hasta una tabla gastada por la intemperie que estaba a veinticinco metros de una serie de marcos de madera para blancos. Vzyatin puso una bolsa de municiones y dos blancos de papel sobre la mesa, y le enseñó a Propenko cómo hacer funcionar el seguro de la pistola, cómo mantener el brazo extendido y ajustar la mira, cómo distribuir su peso, cómo manejar el cargador.
– Poner el seguro -ordenó el Jefe. Llevó sus blancos de papel al marco de madera y comenzó a clavarlo en su lugar. Propenko se quedó al lado de la mesa y escuchó el latido en sus sienes.
Enseguida el Jefe estuvo a su lado de nuevo.
– Saca el seguro, Seryozha. Dispara. Una marca excelente es veinticinco puntos o más en tres tiros. Si la logras, tiras mejor que nueve de mis diez capitanes.
Como un robot, Propenko adoptó la postura correcta, movió el botón del seguro, levantó el brazo derecho y apuntó. La mano no le temblaba. Vio claramente el blanco, círculos blancos concéntricos sobre un fondo verde claro. Ajustó la mira sobre el centro del blanco, contuvo la respiración y apretó el disparador. La pistola dejó oír un pop satisfactorio, y un segundo después, muy lejos del blanco, se levantó una polvareda y golpeó de costado sobre el declive arenoso.
– Bajo.
Con los labios apretados y la frente arrugada, apuntó por segunda vez y disparó. Otra polvareda, lejos.
Vzyatin se le acercó por atrás, y poniendo sus manos sobre las costillas de Propenko, le separó los pies suavemente con un leve empujón.
– Eres un gigante -dijo-. Dispara al suelo.
El tercer tiro dio en la tierra a la derecha de la base del blanco.
– Tómala como tomarías el codo de Raisa.
Propenko aspiró y disparó, y una pequeña rasgadura apareció en el borde superior derecho del blanco.
– Un punto-dijo Vzyatin animándolo.
A pesar de sus dificultades, disparar una bala le pareció a Propenko sorpresivamente fácil. Con la flexión de un dedo un paquete de furia, rápido e invisible salía volando a través de la creación. Una bala podía cambiar todo en un instante, hacer que el mundo le resultara mejor a uno, hacerlo desaparecer. Imaginó a Malov en el cementerio de la iglesia, a la luz de la luna, apuntando al cráneo de Tikhonovich, y en rápida sucesión envió cuatro balas más a tierra. Quiso tomar la bolsa de municiones, pero Vzyatin lo detuvo.
– Aclara tu mente, Sergei. Llena tu mente con el blanco.
– Mi mente está llena de mierda.
– Sácatela de encima.
Había desaparecido parte del buen humor de la cara de Vzyatin, revelando una presencia severa de jefe. Fue algo mágico. Hace mucho, alguien debió ver este poder bajo el exterior jovial. Alguien en los más altos niveles del Partido en Vostok debió vislumbrar a un jefe en el joven sargento, y empezó el proceso de veinticinco años de hacerle ascender, escalón por escalón, la increíblemente corrupta escala de la milicia, sobornando, tolerando, desviando rivales al costado como si fueran vagones de carbón vacíos. Propenko no podía dejar de preguntarse (y era una pregunta empapada en varios condimentos de culpa) si el protector de Vzyatin podía haber sido un hombre a cuya mujer le gustara el caviar con huevos revueltos, le gustara escuchar Vysotski y tener bajo su balcón un guarda de la milicia abajo. Vzyatin debería ciertos favores.