Desparramó toda la carga siguiente a tierra a cada lado del blanco.
– No es mi deporte -dijo.
– No es un deporte, Sergei. No es un deporte en absoluto.
Propenko encajó otra carga en la culata de la pistola, miró con furia el blanco y envió tres tiros más hacia los campos de trigo.
Ahora Vzyatin lo miraba con gran atención, y él se inclinó hacia adelante sobre la mesa, con los brazos tiesos y dejó escapar el aire. Cuando boxeaba en campeonatos, había desarrollado la capacidad de anular sus pensamientos y los ruidos de la multitud y concentrarse en su contrincante como si nada más existiera. A veces, terminada la pelea, caminaba por las calles durante una hora o más, encerrado en esa burbuja transparente, dolorido y exhausto pero soberano en su propio mundo interior. Cada objeto, cada persona, se destacaba con nitidez. Ahora vivía en el estado mental exactamente opuesto. Las voces zumbaban en sus oídos. Algo tan sencillo como afeitarse, como disparar una pistola, requería una concentración olímpica que ya no podía lograr.
– Esto es tonto -dijo.
– ¿Lo es?
Dejó su arma, fue hasta el frente de la mesa, y se sentó allí contemplando el cielo deprimente. Detrás de él oyó el ruido del seguro. Vzyatin se acercó y se sentó a su lado.
– Habla conmigo, Seryozha -dijo, más como un interrogador bondadoso que como un amigo.
Propenko respiró hondo y dejó escapar el aire. Las confesiones eran una cosa complicada, llena de ecos y sombras. Se acordaba de cuando su hermana lo llamó desde Leningrado para decirle que ella y el marido se separaban. Vadim había llegado a su casa una noche y después de beber una botella de vino le había contado a Sonya que se había estado acostando con una de sus alumnas de filosofía política, que lo sentía, que se había terminado, que quería que lo perdonara. Sonya lo perdonó. Hicieron el amor. Al día siguiente cuando Vadim estaba en la universidad, ella había empaquetado su ropa y con su hija se fueron en taxi y lo dejaron. "Estamos viviendo con un amigo, Sergei -le dijo por teléfono-. Si el amigo me engaña, iremos a quedarnos contigo. Si tú me engañas, me colgaré en el hueco de tu escalera."
– Seryozha. Háblame.
Propenko miró más allá del blanco.
– Las cosas no son lo que parecen -comenzó.
Vzyatin rió como si hubiera dicho un gran chiste.
– Nunca-dijo-. Nunca.
Una ráfaga de viento sopló sobre la cuenta arenosa, y a Propenko le pareció sentir que una gota de lluvia le salpicaba el cuello. Las palabras estaban allí todavía, listas para desparramarse, pero la sonora carcajada de Vzyatin, de alguna manera, las había detenido. Recordaba que una vez cuando era una criatura y estaba en una esquina, había oído sirenas y al darse la vuelta vio un grupo de.motocicletas y un Chaika negro que venían a toda velocidad hacia él. Fue una visión asombrosa, esta flota veloz y clamorosa, de metal oscuro y luces centelleantes con un primer secretario de pelo gris repantigado en el centro. Era algo que uno sentía en el pecho.
– No has vuelto a ser el mismo de siempre desde la reunión.
El no dijo nada.
– Entraste por esa puerta como Sergei Propenko, y saliste como otra persona.
– No.
– ¿Qué dijo Bessarovich por teléfono, Sergei? Nunca entramos en los detalles.
– Nada. -Propenko mantuvo la mirada fija adelante. Sentía que la verdad le iba llenando la boca como bilis. Escupió.
– No puedo creer eso -dijo Vzyatin.
– Créelo. No tiene poder sobre Malov.
– Eso es un desatino. Sergei. Lo puede aplastar con una llamada telefónica.
– Entonces prefiere no hacerlo.
Vzyatin cruzó los brazos sobre el pecho y llevó el labio inferior sobre el superior.
– Hay algo que no me dices.
– La llamé tal como me dijiste que hiciera, Victor. Le hablé de Malov.
– ¿Y no dijo nada?
– Dijo que no me podía ayudar ahora, que algunas cosas deben resolverse en en casa.
– ¿Qué quiso decir con eso?
– Dímelo tú.
– ¿Eso es todo?
– Eso es todo. Me dijo que le diera sus saludos a Mikhail I vovich.
– Quiza solo temía que tu teléfono estuviese intervenido.
Propenko gruñó.
– Quizas ha combinado algo con sus amigos del Comité de Huelga y ellos se van a ocupar de Malov por su cuenta. Quizás eso es lo que quiso decir. No podía decir algo así por una línea abierta.
– Quizá muchas cosas
Vzyatin miró fijamente el perfil de Propenko durante unos pocos segundos mas. y luego desvió la mirada. Y cuando desvió la mirada. Propenko sintió que se hundía. Vzyatin sabía. Bessarovich lo había sabido, antes de que ocurriera Había visto la deslealtad en él y se había echado atrás, protegiéndose. Trato de escupir otra vez pero tenía una piedra a medio tragar en la garganta.
Al cabo de un rato. Vzyatin abrió la funda de su pistola, la sacó, y sin levantarse disparó tres tiros Propenko divisó tres nuevas marcas en el blanco Nueve. Nueve. Diez
El silencio en que volvieron a la ciudad no tenía nada que ver con el silencio en que habían partido. Durante la mayor parte del viaje. Vzyatin sostuvo un cigarrillo sin encender entre los labios. Cuando cruzaron el río lo tomó entre el pulgar y el dedo del medio y lo tiró por la ventanilla. Sin volver los ojos dijo:
– No esperas que Kabanov te proteja ¿no?
– Claro que no
– Bien. Porque no podría protegerte aunque quisiera. Políticamente está en su lecho de muerte.
Propenko se puso lívido.
– ¿No me crees, verdad?
– No.
– Estás viviendo en el pasado-dijo el Jefe, no con mucha bondad-. Tú y Leonid. -Llamó por alguna clase de código por la radio y paseó cinco minutos dando ordenes Cuando se detuvieron ante el apartamento de Propenko. Vzyatin le entregó la pistola con su funda y correa y tres cargas de balas- Todavía tienes para cinco vueltas, recuerda.
– Malov va a pensar que me ha dejado preocupado -dijo Propenko, tratando de sonar jocoso. de resucitar un sentimiento de camaradería, pero no tuvo ningún éxito.
Vzyatin sólo asintió y le ofreció esperar mientras Propenko se cambiaba.
Propenko trepó los cuatro pisos con la pistola enfundada escondida debajo del suéter El apartamento estaba en silencio. Se sacó las botas al entrar y caminó descalzo por el vestíbulo hasta el dormitorio de atrás, donde encontró a Marya Petrovna dormida bajo la manta, con la boca abierta y las piernas abiertas, desnudas desde las rodillas para abajo, con las venas marcadas, la habitación estaba llena de cosas de Lydia. las paredes cubiertas con una mezcla de objetos religiosos (calendarios y copias de iconos, y bocetos de la iglesia)) dos posters de un joven cantante francés con pantalones de cuero y el pelo como la melena de un caballo. Vio cómo el pecho de Marya Petrovna subía y bajaba. Los hombres que hoy había prometido ayudar eran el tipo de hombre, en algunos casos los mismos hombres, que habían dado la orden de arrestar al marido de esta mujer, pegarle y llevarlo u un campo de concentración lleno de pulgas donde podrían pegarle un poco más, matarlo de hambre, y enviarlo de vuelta a su casa durante unos años, para luego volver a arrestarlo y llevarlo al campo donde moriría
Esa era la gente que esta mañana iba a complacer. Estos eran sus nuevos Socios.
Marya Petrovna resopló y se movió, y Propenko se retiró de la habitación
Depositó la pistola cuidadosamente sobre el sofá de la sala de estar y se puso traje y corbata. Las manos le temblaban. Necesitó varios minutos para colocar la funda debajo de su brazo izquierdo y cuando estuvo en su lugar, y se hubo mirado en el espejo para asegurarse de que no se notaba nada, sintió la necesidad de sacar la pistola y mirarla. Era una cosa tan ligera, el metal marrón y sin ninguna mancha, las pequeñas pirámides del mango mojadas por su sudor Sacó el seguro, luego lo puso, lo sacó de nuevo, sostuvo el arma sobre los dedos como había hecho en el jeep, luego la envolvió en su mano y apoyó la boca debajo de su ojo derecho, sólo para ver cómo encajaba allí. Se sintió oculto de la vida de la ciudad, invisible; podría hacer lo que quisiera en esta habitación y el ojo de la ciudad no lo registraría.