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Se oyó el ruido de zapatillas que se arrastraban por el suelo de la cocina.

– ¿Sergei?

Utilizando su espalda como escudo. Propenko deslizó la pistola en su funda y abotonó el botón del medio de su chaqueta antes de darse la vuelta

– Siento haberla despertado -dijo, con una voz que pertenecía a alguna otra persona.

Marya Petrovna lo miró medio dormida.

– No estás en el trabajo.

– En camino

– No estuviste para desayunar.

– Salí con Víctor Vzyatin. Fuimos en auto. Dimos un paseo

Ella lo miró dos o tres segundos, masculló algo sobre el té y volvió arrastrando los pies a la cocina.

En el rellano del segundo piso. Propenko se quitó la chaqueta y se liberó de la pistola. Sudando, apoyado en la pared húmeda, echó la chaqueta encima de la funda y de la pistola En el jeep le devolvió el arma a Vzyatin.

– ¿Qué es esto?

– Decidí que no la necesito Vzyatin rió, como lo había hecho en el polígono de tiro, demasiado fuerte, un sonido agresivo completamente falso.

– Aunque no sepas usarla, no está mal que vean que la tienes.

– No me gusta -masculló Propenko-. Eso es todo. -Le dio a Vzyatin las tres cargas de balas.- Vamos.

Vzyatin puso en marcha el jeep y se sumó al tránsito, manejando más despacio ahora, pensativo, sin hacer caso de la radio. Al cabo de un rato dijo:

– Solías ser un guerrero.

Propenko no respondió. Vzyatin tenía una impresión completamente errónea de él. Nunca había sido guerrero. Había sido lo mismo que todos los demás del Consejo: una oveja que balaba y trotaba con la manada, pensando tan sólo en el próximo manojo de pasto dulce.

Cuando tuvieron a la vista los contenedores, Vzyatin habló sin mirarlo.

– La otra noche no quise decir esto delante de Leonid por su situación, pero díselo ahora si quieres. -Entró al área con el jeep y lo aparcó dejando el motor en marcha. Torció la boca, pero fue algo peculiar, y Propenko en su agitación, no lo entendió.- Algo extraño, Sergei. Más allá de las estupideces logísticas usuales -Vzyatin frunció el entrecejo y su voz vaciló levemente.- Recibimos un envío de esposas desde Moscú. Del Ministerio del Interior.

Propenko se encogió de hombros.

– Veinticinco mil pares -dijo Vzyatin, y antes de que la expresión de alarma de su cara tuviera la oportunidad de causar impresión, Propenko estalló en risas.

26

Czesich se despertó en un estado de gracia. Parte del vodka de la noche anterior todavía agitaba su sangre, y tenía la lengua y los labios muy secos, pero se sentía animado de un modo que no se asocia usualmente con la mañana siguiente a una noche de fiesta. Casi no le costó levantarse. Se estiró hacia el techo en una especie de yoga agradecido, y luego, para su sorpresa, se tiró sobre la alfombra de la sala de estar e hizo unos pocos ejercicios para fortalecer los músculos, y la mitad de una rutina de estiramiento abandonada hacía mucho, desde el tiempo en que jugaba al hockey. Ya no estaba atado a la calle Sexta sudoeste. Ya no dependía de Myron R. Filson. hijo, y la Agencia de Comunicaciones de Estados Unidos. La sentencia se había cumplido hasta el final.

Ni siquiera las mezquinas ofensas de la vida soviética podían empañar semejante estado de ánimo. Esta mañana el agua del baño parecía leche y salía helada de los dos grifos. El desayuno consistía en pan, una gelatina marrón y té. Y para coronar la torpe hospitalidad del hotel, cuando cruzaba el vestíbulo para salir del hotel, balanceando su portafolio de cuero y tarareando una vieja canción de los Everly Brothers, Slava Bobin lo abordó. Bobin sostenía una hoja de papel doblada con las dos manos y pasaba una nerviosa burbuja de aire de mejilla a mejilla.

– Buenos días, Antón Antonovich -dijo, estrictamente como introducción- ¿Cómo durmió?

Czesich estaba radiante, no percibía las señales.

– Maravillosamente -dijo.

Los pequeños ojos marrones de Bobin se dirigieron a la izquierda, hacia el hueco de la escalera, se demoraron allí, luego con renuencia volvieron a su norteamericano. Desplegó la hoja de papel delante de su esternón y miró a Czesich a los ojos

– Llegó esta mañana.

Cuando descifró el sentido de las torcidas líneas de escritura, Czesich apretó los labios con fuerza. Se sintió atenazado por el temor, pero pudo mirar a Bobin directamente y sonreírle.

– Slava Timofeich -dijo, apoyando una mano sobre el hombro de Bobin-, las burocracias son criaturas lastimosas, ¿no es cierto?

Las mandíbulas de Bobin temblaron. Pareció asentir con la cabeza.

Con una risita y un gesto triste, Czesich tomó la hoja de papel y la examinó más a fondo. La palabra SROCHNA -URGENTE- estaba estampada sobre todo el margen superior, y tenía la fecha del día anterior, 14 de agosto de 1991 y la frase VALES DESAUTORIZADOS. Filson debió dejar el teléfono con un golpe y después dedicarse todo el resto del día a escribir esta orden y a hacerla firmar por todos los que debían avalarla en la USCA. Debió llevarla personalmente de una oficina a otra dando explicaciones al mismo tiempo, contento de poder informar a una sucesión de funcionarios nombrados por motivos políticos, que Antón Czesich había traicionado la causa, que había resultado ser un renegado, un insulto a todos los miembros de equipos en todas partes. La última firma habría sido la de Walter Woroff con su fetichismo por las insinuaciones que destruían carreras. Woroff, el que siempre dejaba caer el nombre de personas importantes. Woroff, el buen camarada del Presidente. Los dos debieron haber estado positivamente excitados con su venganza.

Imaginó a Filson enviando este télex excitado, y luego corriendo a su casa, desesperado, en busca de su amada Alicia.

Puerco.

– De todos modos no se supone que Washington deba pagar mi cuenta -le dijo, ante la cara preocupada de Bobin-. Siempre está a cargo de la embajada. -Su serenidad se alteró, apenas, sólo durante parte de una fracción de segundo.- No ha tenido noticias de la embajada, ¿no?

Bobin sacudió la cabeza.

– Un error burocrático -explicó Czesich-. Hoy día todo está computerizado en Washington. Es una confusión. Hace unos años tuve el mismo lío en Dushanbe. y usted conoce a los Tadzhikis, ¿no? Se puede imaginar la alharaca.

Bobin sonrió débilmente, imaginándola, pero sus rasgos seguían velados por la duda.

Czesich sostenía el télex en su mano izquierda y, mientras hablaba lo volvió a doblar y metió las manos en los bolsillos del pantalón. Un instante después sacó la mano izquierda vacía, y en la derecha sostenía un pequeño rollo de billetes verdes. Sacó dos de veinte y uno de diez y los metió en la mano de Bobin.

– Mi garantía personal -dijo, y Bobin apenas un poco más alto que un susurro y mientras sus dedos se acercaban sobre el tesoro, dijo en treinta segundos que esto no era necesario, no era lo que había pensado; que él también había estado seguro de que el telegrama era un error, pero que había sentido que debía mostrárselo a Czesich para conocer su opinión. De paso, ¿estaba todo bien con la habitación? ¿Los vecinos hacían demasiado ruido?

Czesich lo tranquilizó. Se quedaron ahí un minuto, dirigiéndose sonrisas falsas, no tan distintos, pensó Czesich con un respingo, no tan distintos en absoluto.

– Haré que la embajada le haga llegar una garantía por cable el fin de semana -mintió, pero Bobin. aferrando el equivalente en moneda fuerte al precio de las habitaciones por cuatro meses (sin asentarlo en los libros) agitó un brazo expansivamente.

– Nye nada, nye nada -dijo, ahora bien fuerte-. No es necesario, Antón Antonovich.