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– ¿Estamos preparados para el Embajador?

– Seguro, Antón Antonovich. ¿Cuándo tendremos la certeza de que viene?

– Un día. Dos días a lo sumo.

– Listo-dijo Bobin-. Absolutamente todo listo. -Cuadró los hombros, sacó pecho, y se estrecharon la mano.

La puerta principal se abrió, mientras la mantenía abierta Yefren Alexandrovich, un ex luchador de sesenta años, con uniforme marrón, el mismo hombre que, siguiendo instrucciones de Bobin, recibía sobornos todas las noches de las prostitutas y de las parejas jóvenes que querían una mesa en el restaurante, y luego pasaba la mayor parte de esta ganancia a su patrón. Czesich tenía una comprensión heredada de cómo funcionaban esas cosas. El portero cargaba de insultos a sus pobres compatriotas, tomaba su dinero, negaba la entrada a algunos, informaba sobre otros a la KGB. Sonrió al norteamericano, le hizo una pequeña inclinación, una pequeña demostración falsa de consideración. Czesich le sonrió y pasó por la puerta, sintiéndose bien. Hoy se iba a vengar en una pequeña medida, en nombre de las masas insultadas.

Anatoly estaba en cuclillas delante de su Volga color melocotón, pasándole un trapo sobre su impecable radiador cromado. A Czesich lo alegró verlo, pero algo en el "Buenos días" del chófer sonó un tanto amargo. Al principio, pensó que Julie se habría puesto en contacto con las oficinas del Consejo de Comercio e Industria en Moscú y estos habrían avisado a sus colegas de Vostok. Pero Anatoly no parecía estar enojado con él, sino en general. Un problema con su esposa, supuso Czesich, y lo dejó pasar. Dejó pasar, también el hecho de que esta mañana no hubiera ninguna anécdota edificante mientras hacían el recorrido alrededor de la manzana. La constancia era el palo corto soviético. Hoy habría once mil tubos de dentífrico en el univermag. Mañana, y durante los próximos cuatro meses, no habría dentífrico en ninguna parte. No habría agua caliente; ni agua limpia, nada de agua, y de pronto, una hermosa mañana vodka, toda el agua que uno necesitaba, caliente como Tegucigalpa.

De todos modos, había llegado a pensar en Anatoly como un amigo, y tuvo (que hacer un esfuerzo para no ceder al deseo de sondear el estado de ánimo del chófer o revelar el suyo. Intentó el truco de Bobin y le preguntó a Anatoly cómo había dormido.

– Dormí bien. Antón Antonovich.

– ¿Su vecino es silencioso?

– Bastante silencioso

– ¿Está lejos del centro de la ciudad?

– No demasiado lejos.

– ¿Su esposa trabaja?

– Sí. En el aeropuerto.

– ¿Y le gusta?

– Bastante.

Czesich abandonó y se arrellanó en su asiento. Anatoly había sintonizado una estación de radio que transmitía una emisora ininterrumpida de música pop con mucho ritmo. Estaba ahí puramente para distraer, un narcótico suave contra el lento descenso de la nación hacia la ruina. A Czesich le recordó su país

Una multitud de unos cien mirones se había reunido en el pabellón. Tanto el Rey del Jazz como su socio. Ivan Ivanich. estaban de servicio, junto con una milicia extra: veinte patrulleros juveniles distribuidos a lo largo del cerco portátil. Czesich saltó del auto y empezó a caminar saludando a los tenientes casi antes de que Anatoly hubiese detenido el Volga. Después de todo era para esto que había venido: el acto concreto de entregar los alimentos. Pero, ante su sorpresa. Propenko le pareció abstraído y abatido. Estaba fumando torpemente, y buena parte del sentimiento fraternal de la noche anterior había desaparecido: había algo vulgar en el aire.

Está bien, se dijo Czesich. Lo que fuera eventualmente se revelaría. Entonces lo tomaría en cuenta. Hoy nada iba a estropear su buen ánimo.

– Pasé una noche maravillosa, Sergei -dijo-. Todavía sentí que la calidez de su familia me rodeaba cuando me desperté esta mañana.

Propenko tosió al tragar una bocanada de humo y le dio las gracias.

– Lydia es una joven hermosa.

Propenko asintió.

– Es una felicidad estar rodeado por gente asi

Propenko dijo que lo sabía.

Con los dos directores y el inspector de aduana al frente, se abrió el primer contenedor. Levantaron las grandes cajas de las que se sacaron centenares de cajas de cartón que los obreros empezaron a cargar en dos camiones de granja. Harina de trigo Melocotones envasados. Latas de carne en conserva, judías y remolachas Azúcar. Varios miles de libras de huevos en polvo. Czesich saco algunas fotografías, para su propio archivo ahora, no para la USCA. Mientras la carga seguía, los jóvenes obreros transpirando, con los brazos desnudos, tiraban las cajas a los hombres mayores que las apilaban bien apretadas en el camión. Propenko se fue solo. fumando un cigarrillo tras otro. Leonid Fishkin. el director del pabellón, estaba de pie. como un centinela, sobre la rampa de cemento. Ryshevsky se impacientaba con sus guías, contaba las cajas, se deslizaba por ahí, molestaba a todos, aunque, técnicamente, su trabajo aquí ya había terminado Czesich se movía de un sitio a otro, intercambiando bromas con el sereno más viejo "¿Ha oído el chiste sobre Lenin y la sífilis?”-susurró Ivan-. ¿Cuál", preguntó Czesich. con un guiño, y el viejo se dobló en dos con grandes carcajadas, felicitando a Leonid por la limpieza del patio del pabellón, hasta quedándose unos minutos al lado del inspector de aduana, luchando por lograr un destello de conexión humana. Instintivamente se mantuvo separado de Propenko y Anatoly. Quizás habían discutido por la mañana temprano. Malov parecía haberse tomado el día libre.

A las diez, cuando ya se había completado la mitad de la carga, la hija de Propenko llegó caminando desde la parada de autobús en Prospekt Revoliutsii. Czesich la vio primero y le pidió a uno de los hombres de la milicia que la acompañara entre la multitud. Se encontraron dentro del cerco.

– Buenos días -dijo Lydia en inglés. Llevaba puestos un par de vaqueros nuevos y una blusa blanca, y le sonrió como si fuera su tío favorito.

– El gran día-dijo Czesich, reconfortado.

Lydia paso al ruso.

– Nunca hemos visto a mi padre tan nervioso.

– Lo noté. ¿Sigue en pie la cita del sábado?

– Si el Embajador no viene.

– Usted es más importante que el Embajador -le dijo Czesich-. Si el Embajador viene, simplemente tendrá que esperar que volvamos del pueblo.

Lo dijo inocentemente, como una consecuencia de su sensación de felicidad, un flirteo inocente. Pero Lydia se sonrojó y se fue rápidamente. La observó mientras pasaba entre los obreros sudorosos y la grúa. Vio cómo cambiaba la cara del padre al verla y cómo le apoyaba una mano en la espalda con tanta naturalidad como si tocara una parte de sí mismo, y luego se daba la vuelta y caminaba con ella hasta el extremo del asfalto. Le pareció que no se ponían de acuerdo en algo, quizá sobre el cigarrillo, pero de todos modos Czesich reconoció una especie de comprensión mutua maravillosa en cada matiz de posición y gestos. De modo que así era como se hacía, entre padre e hija.

Lo distrajo un disturbio menor entre los obreros, que estaban alargando su descanso, para fumar un cigarrillo, más allá de todo límite razonable. Leonid los reprendía dando patadas en el suelo. Ellos lo miraban con las cejas arqueadas, como personajes de una historieta, perezosos sin disculparse. ¿Que. parecían decirse, sacamos nosotros de todo esto?

Y multipliquemos esto, pensó Czesich. por cien millones. Miró hacia atrás y vio que Lydia subía por la suave pendiente hacia la calle.

Cuando hubieron cargado los últimos alimentos, y los seis formularios imprescindibles fueron firmados y sellados. Czesich se deslizó en el asiento posterior del Volga. abrió su portafolio sobre las rodillas y sacó la lista escrita a máquina de los lugares de distribución. El plan era ir a un lugar por la mañana y a otro por la tarde. Uno de los camiones cargados quedaría en el pabellón al cuidado de la policía y de los ojos vigilantes de Leonid. El otro camión, cuatro obreros. Propenko. Anatoly y Czesich. irían al primer lugar y comenzaría la distribución efectiva de los víveres