Propenko acabó de fumar, tiró la colilla y se sentó con Anatoly.
– La mina de Nevsky. según parece-dijo Czesich con entusiasmo leyendo el primer nombre en la lista
Se hizo un silencio tenso en el asiento de adelante Propenko se aclaró la garganta.
– Ha habido un cambio-dijo-. Un pequeño cambio en el orden, si no le parece mal. Antón He avisado a los mineros que no nos esperen.
A Czesich no le importó, nada podía perturbarlo esta mañana, aunque el cambio le impresionó como peculiar. Al partir, sintió que parte de su alegría se esfumaba. Ahora quería que todo el mundo fuera felíz. Quería que Propenko, Anatoly y sus familias fueran sus huéspedes en la granja de las Montañas Verdes. Su emancipación era como una droga para él.
Ahora el primer lugar de distribución estaba en una parte de la ciudad que nunca había visto, el límite este de Vostok. un vecindario de edificios grises de seis pisos, con tiendas abajo, algunas de ellas semiocultas detrás de prietas líneas serpenteantes. El barrio le recordaba una parte de Washington, no lejos de la oficina, un lugar al que iba a menudo a almorzar cuando se sentía valiente.
Anatoly siguió al camión a lo largo de una calle estrecha, luego giró bruscamente a la izquierda y siguió por la acera y pasó debajo de un arco de piedra. Más allá del arco había un patio con charcos al que daban la parte posterior de cuatro edificios de apartamentos. Cada edificio tenía dos puertas posteriores a las que se llegaba subiendo dos pares de escalones de cemento deteriorados, con una callejuela estrecha (en realidad un túnel) que se hundía entre dos puertas en la parte media del edificio. Cuando el Volga se detuvo. Czesich vio que una de las ocho puertas se abría y una mujer de mediana edad con una canasta de ropa lavada sobre una cadera, salío al rellano. Vaciló, miró fijamente el camión, el Volga. el jeep de la milicia que se detenía detrás y dio media vuelta y desapareció dentro del edificio
Cuando salieron. Propenko miró alrededor como buscando una pista.
– Este es el lugar correcto -le dijo a Czesich por encima del techo del auto Estos cuatro edificios están en la lista.
Czesich no lo puso en duda
– Un lugar muy pobre -agrego Anatoly despacio, para que lo oyera Czesich. Su gran mancha morada tembló y se estremeció, y por un instante Czesich pensó que iba a revelar el secreto de la mañana, pero Anatoly solo le echó una mirada a Propenko, luego paseó su mirada por los escalones en ruinas y las barandas llenas de herrumbre.-En su mayoría, viejas que viven de una pensión -Miró a Propenko otra vez, v luego desvió la mirada
– Mientras necesiten la comida-dijo Czesich.
– La necesitan
Están en la lista -repitió Propenko
Pero, en lista o no, pronto fue obvio que allí nadie esperaba un reparto de víveres esa mañana. El hecho sorprendió a Czesich y para este país, casi previsible El patio estaba en sombras Miró hacia arriba y supuso que a media tarde llovería aunque ni siquiera el tiempo parecía querer anunciarse hoy
Propenko subió por la escalera más próxima, desapareció detrás de la puerta durante unos minutos, y luego volvió a salir y dio la orden a los obreros de empezar la descarga. Czesich se mantuvo apartado y observó. Ahora había poco que pudiera hacer salvo presidir. Ya había desempeñado su papel. Ahora les había llegado el turno a los soviéticos.
Las empezaron bastante bien. Los obreros bajaron la carretilla de madera del camión y revirtieron el proceso que habían completado una media hora antes en el pabellón Poco a poco se ubicaron cinco pilas de alimentos empaquetados, cada uno de la altura de un hombre, en el centro del patio. Czesich sacó algunas fotografías más. pero vista de esta manera, su gran misión de salvataje internacional reducida a cinco montones de cajas de cartón en un cuadrado olvidado y húmedo, lo desanimó bastante. Por un momento le pareció que estaba contemplando la ridicula extensión máxima de su propio ego. unos cuantos miles de judías en un charco arenoso
Sin embargo, pronto aparecieron las caras. El momento adquirió una forma humana Primero tue un grupo de querubines que salieron a uno de los rellanos, de pie pegados los unos a los otros con sus caras sucias asombradas Enseguida se les unió la mujer que había salido con la ropa para lavar, luego cinco o seis adolescentes llegaron pascando por una de las callejuelas dándose golpes de karate entre ellos. Se abrió una segunda puerta y salieron tres mujeres mas y a Czesich le parecío oír más pisadas bajando por las escaleras detrás de ellas Miró hacia arriba y entre las hojas amarillentas de papel de diario pegadas sobre ventanas rotas, vio algunas caras que no miraban la comida, sino a él Un niño gritó: "¡Mamá, mamá, los alemanes!", y uno de los obreros se rió.
Tres minutos después. Propenko estaba de pie en el centro de una pequeña multitud, señalando con los brazos y dando instrucciones que Czesich no alcanzó a comprender del todo. El conductor del camión bajó de su cabina para ayudar, y Anatoly se abrió paso entre la multitud y trató de hacer un poco de lugar para los obreros. Czesich se quedo atrás, dejó que la gente pasara a su lado acercándose a Propenko y las tarimas. Este no era el plan. El plan era entregar los alimentos a orfelinatos, hospitales, comités de fábricas y minas, que los custodiarían y asegurarían una distribución equitativa. Pero, se dijo para si: hay que tener en cuenta cierto deterioro de cualquier plan en esta nación de planes. Hay que tener en cuenta los secretos, las mentirijillas y las grandes corrientes de motivaciones ocultas. Había que aprender a ir con la corriente. De todos modos, había esperado algo mejor de su nuevo amigo Propenko y sintió una oleada de desilusión Por encima del clamor, oyó una voz de mujer que reprendía, y alcanzó a ver a un muchacho que no tenía mas de diez años saliendo del otro lado del camión y alejándose a toda velocidad con una lata de comida robada Estaba bien Propenko parecía saber lo que hacia Al inmuto los dos hombres de la milicia saltaron del jeep, se acercaron a la muchedumbre, v empezaron a empujar a la gente. Estaba bien estaba muy bien.
Solo por su tamaño v manera de ser, Propenko imponía cierta medida de autoridad En menos de media hora había logrado dividir a la multitud que seguía creciendo,en cuatro filas irregulares que se acercaban a la comida desde los cuatro puntos del compás A la gente se le exigía que presentara sus cédulas de identidad para demostrar que vivían en uno de los cuatro edificios, y el conductor del camión tomo nota de los números de apartamento, para asegurarse de que nadie recibiera dos veces La muchedumbre, los empujones y los números gritados le recordaron a Czesich. extrañamente, el barullo de la bolsa. Trató de mantener la calma para eludir un tentáculo de alarma. Después de todo, ahora era un hombre libre. ¿Qué podía preocuparlo?
En menos de una hora habían repartido tres de los cinco grandes montones de comida. Propenko había puesto de lado las últimas dos pilas para las familias que no estaban en la casa, y algunas docenas de pedigüeños se quedaron por ahí importunándolo, pidiendo una ración extra. Un grupo hizo el gesto de acercarse a Czesich. pero Anatoly se había situado cerca del camión y los dispersó. Una mujer marchita consiguió pasar, sin embargo, con una bolsa de red en la que llevaba dos latas de remolachas americanas. Resultó que quería tocarlo, y cuando hubo apoyado un dedo sobre su manga, quiso decir un discurso.
– ¿Usted es realmente un norteamericano, señor? -dijo con palabras tan farfulladas que Czesich apenas pudo comprenderla.
Asintió con la cabeza. La cara de ella, con sus cicatrices y estrías, ofrecía una historia que se extendía desde los zares a la perestroika. con Stalin y Brezhnev en el medio. Supuso que su abuela y su abuelo podrían haber terminado como esta mujer, si se hubiesen quedado. Y él podría haber terminado como Propenko, con dos trajes decentes, cuatro habitaciones pequeñas, y una hija que realmente lo amara.