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– Esta es la segunda vez que le debo gratitud, señor.

– No necesita agradecerme -dijo Czesich-. Nye nada. Pero la mujer pareció no oír o no comprender. Inclinó la cabeza como un cachorro y él se dio cuenta de que era un tanto boba. No vio ninguna vía de escape. Cerca había un policía cauteloso, que esperaba para sacarla de ahí, pero Czesich no se decidía a dar la señal.

– En los bosques afuera de Leningrado -comenzó la mujer- estábamos muriéndonos de hambre y frío. Mi brigada trataba de trabajar, señor. Mi supervisora me llamó y me dijo: "Ana Grigorievna. estas cajas son para tu gente." Bueno, miré adentro. Había guantes, señor y ropa interior abrigada. Guantes y ropa interior abrigada. -Extendió la mano y aferró el brazo derecho de Czesich con ambas manos, temblando con violencia.- Y le dije, "María Andreyevna; ¿de dónde lo sacaste ¿Donde? Y ella me contestó: "Los norteamericanos". Los norteamericanos, señor… He esperado cincuenta años para agradecérselo. -Apretó el brazo mas fuerte y le bajó la cara hasta la altura de su boca desdentada, de manera que su cámara se movió y le golpeó en el pecho. Recibió un beso en una mejilla y luego en la otra y oyó su murmullo, ronco y demasiado fuerte, algo que sonó como:- ¡ Deje caer todas sus bombas sobre estos bolsheviki! -Lo empujo hasta que quedó a un brazo de distancia, parpadeó dos veces con exageración, luego partió arrastrando los pies hacia su ansiosa familia.

Propenko le hacía señas a Czesich de que se acercara a los alimentos. Todavía había bastante gente entre la que había que abrirse paso, rezagados y recién llegados

– Antón -dijo Propenko, casi sin mirarlo-. Tenemos que esperar aquí un poco más. La presidenta del comité de residentes está camino hacia aquí de vuelta de su trabajo. No podemos irnos antes de que llegue.

Estaban de pie al lado del camión, no lejos de las tarimas aún llenas. La mayor parte de la gente eran, como había dicho Anatoly. mujeres mayores, pero la noticia había llegado a la calle, y Czesich vio que adolescentes y hombres maduros iban entrando por la arcada. Un grupo de jóvenes matones había quedado a un lado, fumando, observando las cosas, y se preguntó si el pelo color paja que lo había seguido no estaría en algún lugar del patio mirándolo o si Malov no estaría cerca dirigiendo la seguridad.

– Deberíamos tener más milicia aquí, Sergei -dijo Anatoly inquieto.

Propenko frunció el entrecejo.

Czesich oyó y luego presenció una discusión que tenía lugar al pie de una de las escaleras Dos mujeres se peleaban por una caja de comida, tirando por los dos lados como personajes de una farsa. Dos obreros estaban en cuclillas en el suelo del camión, fumando y al parecer nerviosos. Le pareció que esas gentes tenían prisa por salir del patio con sus cajas o latas, y subir por las escaleras mal iluminadas hasta la seguridad de sus parlamentos. Los imaginó allá dejando su bolsa de huevos en polvo y seis latas de melocotones sobre la mesa, un punto de saciedad rodeado de diez millones de hectáreas de tierra negra y rica.

– ¿Por que Vzyatin no está aquí? -dijo Anatoly Su mancha se movía de nuevo. Se pasó una mano por el pelo.

– Vzyatin no nos puede seguir como una niñera -estalló Propenko. y desvió la mirada enseguida. Por un instante Czesich pensó que iba a disculparse, pero otra peticionante distrajo la atención de Propenko, diciéndole que su mando, hermano, padre y ella vivían todos en dos habitaciones pequeñas, junto con dos niños también. Ahora los hombres estaban trabajando y los niños en el campamento.

– ¿No me dejaría sacar por lo menos tres cajas más de este montón grande? ¿Sólo tres cajas más? ¿Para los niños? Uno es epiléptico. ¿Qué mal haría. Tovarisch Direktr?

La población del patio parecía haberse doblado desde la ultima vez que Czesich había mirado. Ahora, por lo menos cien personas, tres cuartas partes de ellas hombres, iban entrando por la arcada cada pocos segundos.

Uno de los obreros saltó del camión, caminó hasta Propenko y dijo que. si al jefe no le importaba, los muchachos iban a correr hasta la stolovaya local para hacer un almuerzo rápido antes de que se comieran toda la sopa. Con una vo/ llena de preocupación. Propenko dijo que no le importaba.

Cuando los obreros se fueron, Czesich notó un cambio en el ambiente del patio. Algo, un ruido en la multitud suelta y arremolinada, un movimiento musita do. una pequeña elevación de tono, desató una sensación rara. Times Square.

Times Square en Vostok Oeste. Debía estar echando de menos a su patria

Observó cómo una mujer rechoncha sacudía el puño en la cara de Propenko y le gritaba.

– Basta ya -le gritó Propenko. Tenia las mejillas rosadas, y se le notaban las venas- Todos tenemos que esperar ahora, jBasta!

Anatoly miraba hacia la arcada con una expresión apenada en la cara.

Czesich intentó darse la vuelta para ver qué pasaba, pero detrás de él encontró una oleada de cuerpos, gruñidos, pies que se arrastraban, una fuerza. Casi imperceptiblemente lo iban llevando hacia las tarimas. A sólo unos pocos metros. Propenko y los dos hombres de la milicia estaban haciendo retroceder a un pequeño ejército de mujeres furiosas. Anatoly también había sido rodeado. Czesich apretó la Nikon contra el pecho, y dio unos pequeños pasos rápidos para evitar que le hicieran perder el equilibrio

– Perestantye! -gritó, y su propia voz lo sobresaltó.

Antes de que pasaran muchos segundos los dos montones de alimentos restantes quedaron ocultos por la gente, y él se sintió llevado gradualmente hacia ellos en una baraúnda de hombros y sombreros ladeados, y de hombres y mujeres que lo empujaban de todos lados. Trató de clavar los talones, pero fue como luchar contra la marea.

– ¡Adelante hacia el triunfo del comunismo! ¡Adelante! ¡Adelante! gritó algún idiota borracho, y la manada obediente empujó hacia adelante, ahora un poco mas rápidamente. Czesich tenía los brazos pegados al cuerpo. El hombre que tenía a su derecha fue presa de pánico y trató de liberarse: un codo errante llegó a la nariz de Czesich y sintió que las piernas se le aflojaban y cayó duramente sobre sus manos y rodillas. La correa de la cámara le quedó sobre las orejas, aferró el lente con una mano para que no diera contra el piso. Tenía sangre en la boca, caliente y salada, y sintió una lenta oleada de dolor. A su alrededor había botas y piernas, la grava le raspaba a través de los pantalones, y veía piernas gruesas y venosas al lado de su cara. Una rodilla le golpeó las costillas y se fue de costado, aferrado a su Nikkon como si fuera una pelota. Rápidamente se apoyó de nuevo sobre las manos y las rodillas, pero los cuerpos se arrastraban hacia la comida, empujándolo a él trecho a trecho, y soltó la cámara, agarró la pierna mas próxima y sintió un tobillo huesudo en la mano antes de que se liberara con un puntapié

Gritó y trató de ponerse de pie. pero la manada siguió adelante, sin tenerlo en cuenta, arrastrándolo con ella como si fuera un guijarro en la avalancha. La correa de la cámara se había roto y él mantenía los dos extremos contra el cuerpo con una mano, tratando de mantenerse derecho con la otra, de levantar una rodilla y apoyar un pie sobre el pavimento para ponerse de pie. Resbaló y cayó hacia adelante. A ambos lados del cuerpo sintió manos que lo levantaban, pero las manos lo soltaron y volvió a caerse. Las palmas le sangraban, y trozos de alquitrán y arena se le metían en las heridas. Escupió sangre y sintió las manos de nuevo. Se estaba levantando: pateó y se debatió y llegó a poner los pies en el suelo cuando lo tiraron a un lado y cayó como un muñeco de trapo. Se golpeo un hombro contra el neumático del camión, y sintió que le dolía todo el brazo por dentro. Rodó hasta quedar debajo del chasis oxidado y se detuvo en un charco, mirando el eje propulsor corroído, y tragando sangre y jadeando