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Ladeó la cabeza y vomitó su magro y maloliente desayuno en el charco e

intentó moverse unos centímetros en la otra dirección. La cabeza le latía como una campana con el badajo en movimiento. La cámara había desaparecido, la persona que lo había rescatado estaba acurrucada cerca de sus pies Sacó el pañuelo y lo apretó contra la nariz hasta que la sangre dejó de brotar.

Vio zapatos que pasaban arañando, un pañuelo rojo enrollado alrededor de la punta de la bota de un hombre, alguien que se cayó sobre una rodilla y luego se levantó. Sintió que el estómago y el fondo de la garganta se contraían de nuevo, pero no había más comida para echar afuera. Su salvador se estaba moviendo, y a Czesich no le sorprendió ver la cara de Propenko. El cuidado cabello negro de Propenko caía sobre su frente, y los músculos alrededor de su boca y ojos parecían flotar Extendió una mano y sacó sangre de la mejilla de Czesich. Propenko se sostenía sobre los codos, y la cabeza miraba hacia el fondo del camión.

Czesich oyó el grito de una chica.

– Sergei -gruñó-. ¿Qué ocurrió?

Propenko desvió la mirada.

– ¿Qué está pasando? -Czesich temblaba de miedo y se avergonzaba. Pocos metros más allá la gente que él había venido a salvar se estaba pisoteando por lo que no era sino una o dos comidas. Imaginó que las mujeres se arrancaban envases y bolsas de harina las unas a las otras. Nada parecía humano en todo ésto.

Propenko sacudía su cabeza con pequeños movimientos. Tenía el aspecto de quien se va a echar a llorar.

– Sergei -dijo Czesich abruptamente-. ¿Qué ocurrió?

Pero Propenko no le contestaba, no podía mirarlo a los ojos. Miraba fijamente hacia adelante como tratando de recordar algo, de resolver un enigma: luego, al cabo de un momento, echó una mirada a Czesich como si fuera un extraño, y se deslizó hasta la luz.

La desesperada escaramuza por los víveres duro solo unos tres o cuatro minutos más. Czesich sintió el cambio en la multitud, sintió que el frenesí llegaba a su punto culminante y se desvanecía lentamente. Vio el dobladillo del pantalón y las bolas de un policía, gente que apresuraba el paso, un trozo de papel marrón que caía al suelo desde el neumático.

Cerró los ojos y trató de recuperar su respiración normal. El corazón todavía le tamborileaba. Sintió gusto a bilis y a sangre. Oyó a la gente que soplaba por cuernos de papel, gente que cantaba, gente que gritaba algo de 1969. Marie estaba allí su esposa desde hacía dos meses La exposición había terminado, ambas familias contentas porque Antón se había sacado el gusto de todas esas aventuras antes del casamiento. Julie Stirvin (pensó, lo creía realmente) ya era algo del pasado también, una ultima aventura sexual antes de tomar el largo camino, liso y tranquilo del matrimonio.

Times Square iba a ampliar los horizontes de Marie. Era la primera parte de una estrategia para demostrarle que más allá de los límites de Boston Este había un mundo humano real y que ella tenía derecho a habitar en él. Ahora veía que había sido otra de sus cruzadas. En la multitud se había dado el mismo cambio, pequeño y horripilante, un segundo o dos de silencio, y luego un infierno.

De alguna manera se habían separado, con el brazo casi arrancado tratando de retenerla, y la había encontrado al cabo de una hora y media llorando al lado de un policía en la calle Cuarenta y siete, su caso perdido para siempre ante el mundo exterior.

– ¿Está herido, Antón Antonovich?

Era Anatoly apoyado en sus manos y rodillas, mirando debajo del camión. Czesich sacudió la cabeza. No parecía tener energía suficiente para moverse. Su estómago todavía se contraía y se liberaba y, no tan diferente de Marie ahora, no estaba dispuesto a enfrentarse con el mundo exterior. Por fin, después de lo que le pareció un tiempo muy largo, tuvo conciencia de que Anatoly y el conductor lo estaban ayudando a salir lentamente a la luz. Lo sentaron sobre una tarima vacía y desde esa posición pudo ver un cuarto del patio cubierto con callones y manchas de harina derramada, y un pequeño grupo de babushki con niños a su lado.

Cerca de su oído derecho, Czesich oyó la palabra bolnitza, hospital. Imaginó a los médicos atendiéndolo con instrumental de la Segunda Guerra Mundial y jeringas sucias. Gimió:

– Nye nada!-Alguien rió.

La cara de Anatoly apareció delante de la suya de nuevo.

– Su nariz no está fracturada, Antón Antonovich -le decía-. Está sangrando. Está rasguñada. No está rota.

De alguna parte, salió una botella de vodka, y Czesich se la llevó a los labios. Todo alrededor había hombres mirando. Era un Direktor, un norteamericano. Tenía que desempeñar un papel.

– Los alimentos -dijo noblemente.

– Desaparecidos, Antón Antonovich. Evaporados. Barridos.

Alguien le pasaba por la mejilla un pañuelo empapado en vodka, que le hizo sentir la estimulante punzada de las sales aromáticas en las fosas nasales. Su visión se aclaró lo suficiente como para enfocar los restos de una docena de cajas rotas. Las babushki lo miraban fijamente. Se volvió levemente y vio a un miliciano golpeando la cabeza de alguien contra el capó del jeep. Un segundo jeep, luego una ambulancia, entraron en el patio, con las luces girando.

Finalmente pudo mantenerse en pie solo, y entonces el dolor volvió con más intensidad. En su portafolio tenía una caja de aspirinas; la recuperó y tragó tres pastillas con tres sorbos amargos de vodka. Su traje estaba mojado y desgarrado en las articulaciones, el frente de la camisa estaba manchado con sangre. Hizo un bollo con la chaqueta y lo tiró en el asiento posterior del auto. El y Anatoly iniciaron una breve e inútil búsqueda de la cámara fotográfica.

– ¿Y ahora? -dijo Anatoly, cuando fue obvio que no la encontrarían.

Czesich parecía no poder expresar dos pensamientos coherentes. El camión todavía seguía allí, vacío salvo las tarimas de madera. Habían llamado a un patrullero de la policía y tres hombres borrachos estaban tratando de evitar que los hicieran entrar en él por la puerta posterior. La ambulancia salió de prisa. Excepto unos pocos niños que habían quedado allí solos y un viejo inválido, todos habían huido de la escena, dejando el patio tan silencioso como un estadio de fútbol después del tumulto.

– ¿Adonde fue Sergei?

– Se fue caminando.

Los obreros llegaron caminando por debajo de la arcada, de vuelta de su almuerzo, y el conductor del camión empezó a increparlos.

– ¡Abandonaron su puesto! -lo oyó gritar Czesich-. ¿No veían lo que estaba pasando? ¿No podían haberse quedado?

Gritaron sus excusas, rodeando al hombre mayor y agitando los brazos hasta intimidarlo lo suficiente. Czesich se metió en el Volga, Anatoly se sentó al volante, y durante unos segundos miraron cómo los obreros y el conductor del camión se gritaban, cómo el teniente le sacaba los dedos de la puerta del auto de la policía al hombre que querían llevarse, cómo el viejo cojeaba hasta el centro del patio y removía los pedazos de cartón con la punta del bastón.

Anatoly accionó la llave, aceleró una vez, y apagó la radio.

– ¿Qué ocurrió? -le preguntó Czesich.

El chófer levantó y dejó caer los hombros.

– Anatoly. ¿Qué ocurrió?

– Han convertido en animales a nuestra gente.

– No me refiero a eso.

El chófer volvió a encogerse de hombros y desvió la cara. Primero el auto patrullero, luego los dos jeeps, luego el camión con sus obreros en cuclillas, salieron por la arcada, dejando el Volga solo en el patio desordenado.

Czesich dijo la primera cosa que le vino a la cabeza:

– No soy un espía.

– Lo sé, Antón.

– La guerra fría terminó.

Anatoly asintió sombríamente, como si el final hubiera llegado demasiado tarde.

– Entonces, dígame qué estaba ocurriendo esta mañana, Anatoly. Quiero saberlo. Por mí mismo.

Anatoly jugueteó con la botonera de la radio como si amenazara con encenderla. Mantenía los ojos desviados.