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– Escuche, supuestamente yo no tendría que estar aquí, ¿me comprende?

El chófer sacudió la cabeza.

– Me ofrecí para esta tarea. La creé. La embajada suspendió este programa y yo vine de todos modos. La gente tiene hambre aquí. Quería que pudieran comer.

Anatoly siguió sentado sin expresión.

– ¿Me comprende?

El chófer volvió a sacudir la cabeza.

– ¿Y qué dicen sus superiores?

– Mis superiores están a diez mil millas de distancia.

En la mirada que Anatoly le dirigió había sobre todo sospecha, pero por debajo había una chispa, una pizca de confianza.

– Este asunto es mío -insistió Czesich-. Toda esta cosa ridicula

– Ridícula no -dijo Anatoly. La palabra lo había herido-. Humillante, no ridícula. -Por debajo de la piel morada de su mancha de nacimiento había diez o veinte pequeñas hinchazones del tamaño de semillas de uva. Un lunar oscuro brotaba justo encima de su ceja izquierda.

– Sergei alteró la lista -dijo-. La mina Nevsky estaba primera en la lista Donde empezaron las huelgas. Llevar comida allí significa más que llevar comida Sería una señal.

Czesich volvió la mirada hacia adelante y trató de concentrarse. El parabrisas estaba salpicado por la llovizna Justo cuando parecía que tenía en la mano la fruta dulce y pelada, descubría otra corteza, otra cosa por la que había que pasar otra capa de disfraz

– ¿Estas casas estaban segundas en la lista?

– Ultimas -dijo Anatoly-. En segundo lugar en la lista estaba un orfelinato cerca de la iglesia

– Pero ¿por qué?

Anatoly se encogió de hombros.

– Nos lo dijo esta mañana. Leonid le preguntó por qué. y él se fue. Yo le pregunte por qué, y me dijo que me metiera en sus asuntos No era él mismo

Por fin, aún a través del dolor. Czesich pudo subir un escalón en su comprensión, un dato sólido sobre otro. Todo era una cuestión de símbolos y señales ahora, de gestos. Suponía que lo había sabido todo el tiempo Suponía que eso era lo que lo había hecho venir aquí.

27

Propenko caminó desde Vostok Oeste hasta el centro de la ciudad, siete kilómetros, sin ningún destino en vista. Todavía no se movía hacia nada, sólo se alejaba de todo, se alejaba de una vieja idea que tenía de sí mismo. Su traje estaba desgarrado en las rodillas y los codos, el frente de la camisa y la corbata estaban húmedos y manchados de sangre, y sentía que la gente lo miraba con disimulo mientras esperaba en las esquinas para cruzar. Ahora no le importaba, un mundo interior revuelto lo absorbía.

Hasta hacia dos horas, el trato que había hecho con el Primer Secretario había sido algo secreto, invisible, unas pocas palabras tranquilas y un apretón de manos Nunca le había parecido algo bueno, pero hasta hacía dos horas le parecía por lo menos defendible, y muy pequeña, muy privada, la clase de compromiso que la gente hace todo el tiempo Ni siquiera las mentiras en que se apoyaba le habían parecido muy importantes. Había llamado a la mina Nevsky desde su oficina antes de ir al pabellón, y le había dicho a la secretaria que atendió el teléfono que el envío de víveres sería demorado unos días v a ella no había parecido importarle nada

Aún cuando empezaron a entregar los alimentos en el patio, todavía sentía que era la decisión correcta. A la gente, a la gente pobre, se les estaba dando algo para suavizar el dolor de su pobreza. Antón Antonovich hacía anotaciones y mandaría a Washington la información de que todo estaba en orden. Las viejas le estaban agradeciendo, agradeciendo a Estados Unidos. No fue sino cuando el patio comenzó a llenarse de hombres y mujeres de la calle, que la dura corteza de lógica se había quebrado y abierto, y toda la inmundicia oculta había subido burbujeante a la superficie, toda la furia, la desesperación, todo lo que las viejas frases hechas del comunismo habían enmascarado durante tanto tiempo Fue cuando una vieja rechoncha había empezado a reprenderlo y a agitar un dedo ante su cara que se dio cuenta de que la multitud en el patio debía verlo como él veía a Mikhail Lvovich, que se había alineado con las fuerzas que habían estado aplastando a la gente todos estos años, manteniéndolos oprimidos, sofocándolos. Se dio cuenta de que todo se había hecho muy silenciosamente, un suave giro en el proceso del pensamiento, algunos trucos con el lenguaje, y una multitud de tratos secretos y pequeños con hombres que vivían en la opulencia y predicaban la igualdad.

Ahora, caminaba por las calles acosada por una visión de sí mismo de traje, corbata y zapatos lustrados, combatiendo a las masas harapientas, defendiendo las reglas, manteniendo el orden. Pero ¿las reglas de quién? ¿Un orden que representaba qué? ¿El crimen? ¿El hambre? Ahora toda su vida de adulto, veinte años en el Consejo, olía a mentira.

Caminó y caminó para alejarse de eso, y cuando levantó la vista se encontró frente al Teatro de Opera y Ballet, cerca de la oficina de Raisa, muy cerca de la Sede del Partido. Caminó las dos últimas manzanas y se quedó allí en la acera mirando entre los árboles a un pequeño grupo de personas que hacían huelga de hambre sentados sobre una lona impermeable a la sombra de Lenin; observando las caras de los mineros y los otros manifestantes, sus carteles y banderas, una cruz de madera apoyada sobre un banco. Buscó a su hija y no la vio.

Galina, la asistente de Raisa, lo miró como si acabara de trepar a la pared del Hospital Psíquico 39, y se apresuró a ir a la oficina de atrás para anunciarlo. Raisa apareció en el área de recepción al minuto, y Propenko se dio cuenta de que las manos le temblaban sobre sus muñecas, le rozaban su traje desgarrado, tocaban sus palmas arañadas como si lo primero en el orden del día fuera remover toda evidencia de lo que pudiera haber ocurrido. Raisa dirigió una mirada ansiosa a Galina que simulaba estar ocupada detrás de su mesa, y luego a la cara de su marido, y susurró:

– Seryozha, ¿qué? ¿Qué es esto?-pero él todavía no podía decírselo.

Huyeron de los ojos y oídos de la oficina y fueron a un restaurante que Propenko sabía que estaría lleno y ruidoso aún a medía tarde. En camino la preparó con una descripción del tumulto en el patio: las viejas que se arañaban como animales, la cara pálida de Antón Antonovich que se hundía debajo de la multitud. Y cuando estuvieron sentados a una pequeña mesa en un rincón, encerrados entre hombres y mujeres sobrios a medias, que se suponía debían estar trabajando, dijo:

– Mentí sobre lo que ocurrió en el balcón de Kabanov.

Raisa lo miró fijamente.

– Hice un trato con él. Dije que cambiaría el orden de la entrega de víveres, para que no fuera a los mineros y la iglesia hasta dentro de una o dos semanas. Me dijo que necesitaba tiempo para negociar con ellos. Prometió asegurarse de que nadie amenazara a nuestra familia, de que nadie de nosotros fuera lastimado. Me pareció una nimiedad.

Raisa siguió mirándolo, y cuando Propenko ya no pudo soportar esa inspección desvió los ojos hacia la pared. Se dio cuenta de que había algo, una idea, que estaba al lado de la mesa como un fantasma; se le ocurrió que parte de lo que en realidad había estado tratando de hacer en el balcón de Mikhail Lvovich era desterrar el recuerdo del padre de Raisa, el hombre a cuya enorme sombra había pasado una gran parte de su vida de casado. De pronto le pareció tan obvio: no como la motivación principal, pero como un personaje furtivo menor. Su éxito en el Consejo siempre había tenido una leve mancha, porque el Consejo era parte del sistema, y el sistema había matado a Maxim Semyonich. La fuerza o el coraje que él pudiera demostrar en su vida nunca podría estar a la altura del mito de la resistencia de Maxim Semyonich en los campos. Hasta Lydia lo veía así. Bastaba ver con qué tipo de jóvenes andaba: siempre mayores, más políticos, más religiosos.