– Estaba pensando en Lydia -dijo, volviendo a mirar a Raisa-. En la familia. -Era cierto, pero no una verdad pura, y él lo sabía. El fantasma se rehusaba a retirarse. Por detrás de la máscara con que hablaba, Propenko trataba de decidir si Raisa se daba cuenta, pero su cara no expresaba nada.
Raisa desvió su mirada hacia la habitación. El esperó, pensando en la mujer de Vzyatin y sus teoremas psicológicos, sus tranzferentzes, komplexes y freuds, cosas en las que él nunca había creído realmente, cosas extranjeras. No era de extrañarse que se hubiera resistido a ella durante todos estos años. No había más que ver lo que revelaban. No había más que ver lo que se agazapaba debajo de su respetabilidad comunista.
– ¿Qué otras mentiras dijiste?
– Ninguna.
Miraba más allá de él, recordaba un hombre demacrado, sin afeitar que respiraba un poco de aire en el parque que había detrás de la casa de su infancia; las gregarias babushki que iban allí lo evitaban como si padeciera la plaga. Cuando ella tenía la edad de Lydia, su padre ya era un ex convicto, un Enemigo del Pueblo, arruinado social, financiera y físicamente.
El mozo los favoreció con su presencia, y Propenko se dio cuenta de que no había comido nada desde la cena con Antón Antonovich la noche anterior. Pidió lo que había carne, vino y pan, y cuando les pusieron adelante los platos grasientos, Raisa todavía seguía mirando fijamente. Parecía agotada. Le sirvió un poco de vino y ella no hizo caso. Al cabo de un largo rato volvió los ojos hacia él.
– ¿Y ahora?
– Quiero que vayas con tu madre a la dacha. Esta noche. Después del trabajo.
– ¿Para qué? ¿Qué vas a hacer tú?
– Todavía no sé. Algo.
– No tenemos el auto.
– Vayan en la elektrichka.
– ¿Y qué? ¿A vivir en la dacha? ¿Hasta qué? ¿Hasta que vengan los soldados? Esta mañana los mineros cerraron parte de la calle Gorki, ¿lo sabías? Anoche,
cuando Galina fue al aeropuerto a esperar a su mando encontró allí tres camiones llenos de Boinas Negras
Al mencionar la palabra "marido'' aparecieron las primeras lágrimas en los ojos de Raisa Se las secó con el dorso de la muñeca.
– ¿Y qué pasa con el trabajo?
Un hombre con cara de remolacha sentado a la mesa de al lado giro la cabeza para mirarlos. Propenko lo miró a los ojos hasta que se dio vuelta
– Es sólo por el fin de semana-le dijo a Raisa. aunque no estaba seguro de por que lo dijo o qué se suponía que estaría resuelto antes de la noche del domingo. No podía ver nada más que el próximo paso a dar. Vació el vaso de vino-. Ahora voy a buscar a Vzyatin y a Leonid. Les voy a contar lo que acabo de decirte a ti
Ella frunció el entrecejo y se secó la cara.
– ¿Qué puede hacer Vzyatin?
– Tiene conexiones en Moscú.
– ¿Bessarovich? Ellos te metieron en esto. Bessarovich y Vzyatin. ¿No te das cuenta. Sergei? Te tiraron una brasa ardiente en el regazo.
Propenko sacudió la cabeza. Bessarovich, podía ser: Vzyatin. nunca.
– ¿Y si simplemente te fueras?
– ¿Adonde?
– Pidieras otro destino, pidieras ser transferido. Ella podría transferirte. Nos mudaríamos
Volvió a sacudir su cabeza. La carne le sabía a rancia.
– ¿Por qué no?
– Por mil razones. Sabes… -se calló. Iba a decir: sabes que nunca podría huir así. pero ya no podía jactarse de esa manera.
– ¿Y si Bessarovich y sus protectores pierden? -dijo Raisa despacio-. ¿Y si están en el lado equivocado. Sergei?, Vzyatin y los mineros y el padre Alexei? ¿Y si es como siempre ha sido? ¿Si nos despertamos mañana y hay soldados en las calles y Bessarovich y sus amigos han sido arrestados?
Propenko no se permitía ni siquiera pensarlo. La guerra civil que la gente llamaba perestroika finalmente había llegado a Vostok. demasiado tarde, y ahora le parecía que ya no podía ocultarse en su apartamento, leyendo los periódicos para saber que debía decir en público, esperando para tomar partido hasta saber que lado iba a ganar. Ya no había un terreno neutral. Si ahora uno se alejaba de algo había que ¡r hacia alguna otra cosa.
– Tú y yo estamos equivocados -dijo, y Raisa lo miro enojada-. Nos quedamos tranquilos. Ese era el trato. Quédese tranquilo y lo dejaremos en paz con su Lada, su dacha, sus cuatrocientos rublos al mes. Pero uno no puede hacer tratos con su vida de ese modo. Si lo hace todo se estropea. Uno se pudre de adentro para afuera.
– Lo dice el hombre que hace tratos
Propenko miró a lo lejos, todavía acusado.
– Tu padre tenia razón
– Tu padre tenía razón Tu padre y tu madre.
– Estaba bien para Stalin. Ahora no tenemos a Stalin -dijo Propenko. aunque no hacía dos días que había visto un retrato del dictador de bigotes puesto al lado de la mujer que vendía periódicos y calendarios en un kiosco cerca de la oficina. No se lo había dicho a nadie salvo a Anatoly. Anatoly se había persignado.
– Si tu padre viviera hoy diría las mismas cosas, y todavía tendría razón.
– ¿Por qué hablas así? -dijo Propenko-. Sé que no lo crees. Tu madre lo sabe Lydia lo sabe. ¿Para quién es el disfraz?
Raisa se inclinó hacia adelante, con la cara enrojecida.
– El disfraz es para lo mismo que a ti te sirve tu disfraz -dijo demasiado fuerte- Para seguir viviendo.
Esta verdad fuerte sonó muy clara en un silencio en el ruido de fondo del restaurante, y Propenko mantuvo sus ojos bajos sin mirar ni a la derecha ni a la izquierda.
– ¿Qué estás pensando hacer? Dímelo.
– No lo sé -dijo pero empezaba a saberlo. Una noción vaga estaba tomando forma, una venganza y una penitencia-. Haga lo que haga, para la milicia es mas fácil cuidarte en la dacha.
– ¿Y confías en ella?
– Tenemos que confiar.
La cara de Raisa volvió a cambiar, largas arrugas ondulando a lo largo de su frente, líneas cortas que subían desde el labio superior, las aletas de la nariz ensanchadas y los ojos achicados. A Propenko le recordó la expresión de su cara cuando le dio la noticia del asesinato de Tikhonovich. Desvió la mirada, luego volvió a mirarlo, sin lágrimas ahora.
– Sergei. trató de que Lydia se acostara con él.
– ¿Qué? ¿Quién?
– Vzyatin.
– ¿De qué estás hablando? ¿El hijo de Victor?
– El mismo Victor. Tu amigo. El Jefe.
– ¿Cuándo?
– El verano pasado. En Sochi.
– ¿Qué quieres decir. Raisa? Victor tiene mi edad. Lydia veinte, es…
– Estaba borracho. Se toparon en un sendero detrás de la playa y le habló un rato y luego la besó. Trató de que fuera con él a su habitación.
– ¿Dónde estaba yo?
– En la cama conmigo. Era medianoche.
– ¿Dónde estaba su mujer?
– Afuera.
– ¿Por qué no me lo dijiste?
Raisa estaba enredando el pie de la copa en el mantel.
– Raisa
Ella levantó los ojos.
– No te lo dije porque acabo de enterarme. La semana pasada Y porque Lydia me pidió que no te lo dijera. Fue a la iglesia a hablarle del crimen y se disculpó, después de un año. le dijo que no volvería a pasar.
– ¿Lydia te pidió que no me lo dijeras?
– Dijo que él se había equivocado. Estaba borracho. No quería que tú odiaras a tu amigo por un solo error.
– ¿Odiarlo? Le romperé los brazos
Raisa lo miraba como si fuera un espejo.
– No tienes por qué seguir hablándome de esa manera Y no tienes que hablar de esa manera por Lydia. Y sería mejor que ahora dejaras de tratarla como si todavía estuviera en la escuela primaria.
– Tú no comprendes, Raisa. No sabes lo que los hombres sienten cuando la miran. Yo lo sé. Sé lo que Victor siente y sé lo que piensa, y Lydia cree que el mundo es una iglesia gigantesca en la que todos los hombres son santos y todas las mujeres…