– No importa… -La voz de Susanne era cálida y sonaba casi somnolienta-. Ven a mi casa esta noche y cocinaré algo interesante. Podemos mirar las páginas de anuncios inmobiliarios en el Abendblatt y ver qué hay disponible dentro de nuestro rango de precios.
– Sé de dos propiedades que están por salir al mercado -dijo Fabel en tono sombrío-. Sus dueños ya no las necesitan.
17.30 h, Blankenese, Hamburgo
Para cuando sonó el teléfono, Paul Scheibe ya llevaba bebiendo desde hacía unas buenas tres horas. Sin embargo, la calidez de la uva francesa no había conseguido derretir el frío del miedo que le apretaba el estómago. Tenía la cara pálida y cubierta de una brillante capa de sudor frío y grasiento.
– Busca un teléfono público y llámame a este número. No uses tu móvil. -La voz le pasó el número y la línea enmudeció. Scheibe buscó lápiz y papel y lo apuntó.
Scheibe parecía encandilado por la luz de las últimas horas cíe la tarde mientras caminaba desde su mansión hasta la costa del Elba. Blankenese está construida sobre una empinada orilla Y es famosa por sus senderos, que comprenden miles de escales. Con los pies pesados después de todo lo que había bebido aquella tarde, Scheibe bajó con dificultad hasta el teléfono público que, según sabía, se encontraba junto a la playa.
Su llamada fue atendida después del primer ring. Le pareció oír el sonido de equipos pesados en el fondo.
– Soy yo -dijo. Las tres botellas de merlot le habían puesto la voz gruesa y arrastrada.
– Maldito gilipollas -susurró la voz al otro lado de la línea-. Nunca… nunca uses el número de mi oficina o de mi móvil para cualquier cosa excepto para llamadas oficiales. Después de tantos años, y particularmente con todo lo que está pasando, había pensado que tendrías la sensatez de no arriesgarte a que nos encontraran.
– Lo lamento…
– No digas mi nombre, imbécil -lo interrumpió la voz al otro lado de la línea.
– Lo lamento -repitió Scheibe mansamente. Algo más que el vino le espesó la voz-. Sentí pánico. Por Dios… primero Hans-Joachim, ahora Gunter. Esto no es una coincidencia. Alguien nos está matando uno por uno.
Hubo un pequeño silencio en la línea.
– Lo sé. Sin duda, eso parece.
– ¿Eso parece? -resopló Scheibe-. Por el amor de Dios, hombre… ¿Has leído lo que les hicieron a los dos? ¿Has leído aquello del pelo?
– Lo he leído.
– Es un mensaje. Eso es lo que es… un mensaje. ¿No lo entiendes? El asesino les tiñó el pelo de rojo. Alguien está buscando a todos los miembros del grupo. Voy a irme. Voy a desaparecer. Tal vez me vaya al extranjero, o algo así… -Había desesperación en la voz de Scheibe, la desesperación de un hombre sin plan que fingía tener una estrategia para enfrentarse a algo a lo que no había forma de enfrentarse.
– Tú te quedarás donde estás -replicó la voz al otro lado del teléfono-. Si intentas huir, llamarás la atención sobre ti mismo… y sobre el resto de nosotros. Por el momento la policía piensa que están buscando a un asesino al azar.
– ¿Entonces debo quedarme sentado a esperar a que me arranquen el cuero cabelludo?
– Quédate allí y espera instrucciones. Me pondré en contacto con los otros…
El teléfono enmudeció. Scheibe siguió sosteniendo el auricular contra la oreja y contempló desconcertado la arena bordeada de césped de la orilla de Rlankenese. Su mirada llegó hasta el Elba y observó cómo un gran barco carguero se deslizaba en silencio. Sintió que le ardían los ojos y una tristeza grande y plomiza empezó a formarse en su pecho cuando pensó en otro Paul Scheibe, el Paul Scheibe que había sido una vez, jactancioso y lleno de las arrogantes certezas de la juventud. Un Paul Scheibe en tiempo pasado cuyas decisiones y acciones habían regresado para perseguirlo.
Su pasado estaba partiendo en dos su presente. Su pasado estaba alcanzándolo… y en ello le iría la vida.
6
Martes 23 de agosto de 2005, cinco días después del primer asesinato
10.00 h, Departamento de arqueología, UniversitAt de Hamburgo
La sonrisa de Severts era tan ancha como su rostro estrecho y largo podía permitírselo. No estaba vestido de la misma manera que en la excavación de HafenCity; llevaba pantalones de pana, una áspera chaqueta de tweed con solapas angostas y pasadas de moda y una camisa a cuadros que estaba desabrochada a la altura del cuello y dejaba ver una camiseta oscura debajo. Pero si bien el estilo de su indumentaria era aparentemente más formal que el de la excavación, la combinación de colores terrosos era la misma. Su despacho era luminoso y amplio pero estaba repleto de libros, archivos y objetos arqueológicos. Un gran ventanal llenaba de luz la habitación, pero no dejaba ver más que otro pabellón de la universidad.
El arqueólogo le pidió a Fabel que se sentara. Mientras lo hacía, a Fabel le sorprendió darse cuenta de que había algo en la ropa de Severts, en su despacho y en los objetos representativos de su trabajo que estimulaba una envidia pequeña y triste en él. Durante un momento reflexionó sobre el hecho de lo cerca que había estado de seguir un camino similar, la forma en que se había apasionado por la historia europea y en que, en sus tiempos de estudiante, ya había desplegado el mapa de su futuro y trazado el rumbo de su carrera. Pero luego se había producido un solo acto sin sentido y de intensa violencia, la fuerte impresión de la muerte de alguien cercano a manos de un desconocido, y todos los puntos de referencia que esperaba ver en su futuro habían quedado borrados.
En lugar de convertirse en un investigador del pasado, se había convertido en un investigador de la muerte.
En la pared posterior al escritorio de Severts había un gran mapa de Alemania en el que se detallaban todos los yacimientos arqueológicos de la República Federal, los Países Bajos y Dinamarca. A su lado había un poster inmenso. La imagen era sorprendente: se trataba de una mujer muerta, yaciendo boca arriba. Tenía un manto de lana con capucha que rodeaba su cuerpo largo y delgado. Sobre la capucha había una pluma larga y la mujer tenía un pelo largo y rojizo, separado en el medio. La piel del rostro y la de la parte de las piernas que podía verse entre los bordes del manto y los mocasines de piel tenían el mismo aspecto de papel que el cadáver de HafenCity, sólo que las manchas eran más oscuras.
– Ah… -Severts se dio cuenta de que el poster había llamado la atención de Fabel-. Veo que usted también ha quedado cautivado por ella… El amor de mi vida. Tiene un talento único para conquistar el corazón de los hombres. Y para desconcertarnos… ella tiene bastante que ver con todo lo que creíamos sobre Europa. Herr Fabel, permítame presentarle a una verdadera mujer de misterio… la Belleza de Loulan.
– La Belleza de Loulan -repitió Fabel-. Loulan… ¿Dónde queda eso exactamente?
– ¡De eso se trata! -respondió Severts, animado-. Dígame, ¿de dónde cree usted que es? Me refiero a sus orígenes étnicos.
Fabel se encogió de hombros.
– Diría que es europea, por el color del pelo y los rasgos. Aunque también supongo que la pluma le da un aire norteamericano.
– ¿Y cuántos años cree que tiene mi novia?
Fabel la examinó más de cerca. Estaba claro que se había Momificado, pero estaba mucho mejor conservada que cualquiera de los cuerpos de las ciénagas que había visto.
– No lo sé… mil años… mil quinientos como mucho.
Severts meneó la cabeza lentamente, sin alterar su radiante sonrisa.
– Le dije que era una mujer misteriosa. Este cuerpo momificado, Herr Fabel, tiene más de cuatro mil años. Mide casi dos metros y el color de su pelo en vida era rojo o rubio. Y, en cuanto a donde se la descubrió… allí está el misterio y la intriga. -Se acercó a un archivador y extrajo una gruesa caja-. Éste es el álbum de recortes de mi familia -explicó-. Siento pasión por las momias. -Se sentó a su escritorio y hojeó los contenidos del expediente, que parecían ser grandes fotografías con notas amarillas adosadas con un clip. Luego le pasó a Fabel una gran ampliación en papel satinado-. Este caballero proviene de la misma región. Se lo conoce como Hombre de Cherchen. Iba a enseñárselo de todas maneras, porque guarda bastante relación con el caso del cuerpo momificado que encontramos en HafenCity junto al Elba. Eche un vistazo. Este hombre lleva muerto tres mil años.