Aunque no es justo decirlo así, la verdad es que no me hubiera valido un pretexto cualquiera, no sé cómo decirte. Precisamente anoche estuve hasta el amanecer hablando de esto con Pablo, un amigo mío, de lo aburrido que es ir a los sitios por ir y cambiar de postura por cambiar. ¿Qué hora es?…, sí, justo, fíjate qué casualidad, más o menos a estas horas empezamos a enrollarnos; estábamos en una boîte bebiendo y bailando con un grupo de gente, Marga andaba también por allí, y yo de repente le digo a ése: "Oye, Pablo, me largo, tengo calor y no aguanto las luces estas, ciao", dice: "¿Te vas a casa?", digo: "No, por ahí", y me fui a la playa. Hacía una noche impresionante, me acordaba de cuando era pequeño, de cómo me gustaba entonces mirar las constelaciones, y fíjate, me acordé de ti, de una vez que me dormí encima de tu regazo en la terraza de aquel chalet de Torrelodones, tú estabas fumando y me acariciabas la cabeza mientras hablabas con papá de coger una institutriz, una escena completamente olvidada, ya ves, del año en que murió mamá, me la trajeron las estrellas, porque aquella noche también estuve mirando las estrellas con los ojos muy abiertos hasta que empecé a cerrarlos a ratitos, a dormirme de puro gusto de sentir tus manos en mi pelo, creo que al año siguiente debió venir Colette, porque primero estuvo aquella Alice feíta que era un cielo; esto de los recuerdos que saltan así de pronto es un regalo, es como volverse a encontrar un objeto perdido que en el reencuentro parece que brilla más que cuando lo tenías y no te dabas cuenta. Y estaba tan metido en esa escena del chalet de Torrelodones, pensando que por mucho que haya cambiado todo, las estrellas por lo menos son las mismas, que no sentí venir a Pablo y me asusté, oye en serio, separé la cabeza de una roca donde la tenía apoyada como si la levantara de tu propio regazo sobresaltado por una pesadilla; y es que Pablo se había hartado también del plan de allí y me andaba buscando, pero me debió ver unos ojos tan raros que le tuve que contar que me estaba acordando de cosas de cuando era pequeño, y me puse a hablarle de ti con una especie de fascinación, porque es que además había bebido mucho, y le digo (palabra, oye, que me muera ahora mismo si no es verdad): "Es posiblemente la única persona en el mundo por la que yo me movería en este momento para hacer un viaje"; y dice Pablo: "Pero si yo no sabía que tu padre tuviera una hermana, nunca viene por aquí", y le conté que no te llevas bien con Colette y eso, y que además yo tampoco te veo casi nunca, que eres muy especial y se sabe pocas veces por donde andas. Y me dice Pablo: "Pues, chico, no sabes lo que tienes si puedes echar mano, aunque sea en sueños, de un estímulo para moverte, sea tu tía Eulalia o sea la cruzada contra los albigenses, porque lo que es yo no encuentro ninguno por más que me ponga de codos a imaginarlo". Y ya nos pusimos a hablar de eso, de lo difícil que es tener entusiasmo por algo, notar ese fluido que te une a las cosas y te hace sentirlas tuyas, como cosa de tu cuerpo, incorporarlas, que ya la palabra lo dice. Más o menos lo que estabas explicando tú antes de cuando se pone uno a leer un libro con ganas; cuando te estaba oyendo me parecía que era la misma conversación de anoche que seguía. ¡Qué pena que no se animara Pablo a venir!, y fíjate, estuvo a punto, claro que ya la conversación no habría sido esta misma que tenemos, ni mejor ni peor, habría sido simplemente otra, pero pienso que le hubiera gustado enterarse de que entusiasmo quiere decir endiosamiento, siempre anda a vueltas con las etimologías, a lo mejor lo sabe, aunque no creo, me lo habría dicho. Pues que no salió a relucir veces anoche la palabra entusiasmo en lo que estuvimos hablando, endiosamiento, claro. Él decía que, en el fondo, lo que se busca es como un arranque para agarrar la batuta de las cosas que vas haciendo, que necesitas verles el hilo que las traiga hasta ti de donde sea, la relación, el proceso, es decir que no sean todo acontecimientos aislados, chispas brillando y apagándose cada cual por su cuenta. Había bebido mucho, pero si vieras qué bien habla, es un tío listísimo, qué pasión le echa a hablar, dice que es lo único que hay, lo único que diferencia a un hombre de un animal, hablar cuando se puede, cuando viene bien traído como anoche venía, de lo que se tercie, aunque sea de que no vale la pena hablar. "No te entrará sueño, ¿verdad?", me decía al principio, pero luego me lo dejó de preguntar porque notaba muy bien que me estaba dando por el gusto, se nos pasó la noche en un soplo, oye, con esos temas del entusiasmo y del hilo, y de vez en cuando también contándonos alguna cosa personal, por ejemplo le estuve hablando de Ester, pero eso menos, más bien fue rollo teórico. Que tenemos perdido el hilo, ése era el estribillo fundamental; se emocionaba con haber descubierto esa verdad que le parecía tan básica, y cuando la conversación languidecía, repetía la palabra casi a secas: "Eso, Germán, el hilo, es eso, el hilo, en el hilo está todo, ¿no te parece?", como si tuviera miedo de que al dejar de pronunciarla se le escapara la posibilidad de agarrar realmente algún cabo de hilo fundamental para nuestras vidas; y yo: "Sí, claro, el hilo", recogiéndole la palabra y metiéndola en la frase siguiente mía, aunque no viniera demasiado a propósito, como una piedrecita blanca de las que dejó de señal Pulgarcito para no perder el camino, porque había acabado por entender que él me lo encargaba así, y al final casi se materializó la tarea, y era exactamente igual, te lo aseguro, que estar agarrando entre los dos un hilo cada uno por el cabo que el otro le largaba "toma hilo, dame hilo", de verdad completamente así, era tejer. Se lo dije, y le hizo mucha gracia, que era igual que estar tejiendo algo en común con aquel fonema que salía y volvía a salir, a tientas, sin saber qué dibujo se está componiendo en la tela ni de qué color es el bordado; eso fue ya al final, muy borrachos, en una taberna del puerto que la abren temprano, viendo cuajarse el sol del día siguiente, vamos, de hoy, y con una resaca que ni saliva teníamos, pero sin darnos por vencidos de sacar algo en limpio tirando del hilo que se había encontrado a base de hablar de aquello del hilo, y que yo le decía que lo veía de color malva, que no podía ser de otro color; y él seguía: "que no, si el color del hilo da lo mismo, no tiene color, se trata de sentir por qué y por dónde están pegadas unas cosas con otras, de que digas: pues mira, lo entiendo, a esto le cojo el hilo, y entonces es igual cometer un crimen pasional que ponerse a cuidar ancianitos o a deshojar flores en un prado, la cuestión está en poder decir: hago esto en vez de aquello porque lo elijo, porque tiro de un hilo que me relaciona con ello y con el señor que yo era antes de quererlo hacer; eso sobre todo, ¿no?, aunque sean las cosas más dispares, entender que a través de hacerlas no se quiebra la persona ni se pierde". Y en esto tiene razón Pablo, no importa que estuviera algo borracho, tiene razón, lo importante es poder elegir. Ahora los alicientes te los inventa la sociedad, montones, pero de tantos como hay se te ha perdido el principal, el de elegir una cosa porque guste más que otra. Y es andar como por una nebulosa, entre pretextos que te arrastran de un lado para otro sin que hayas tenido tú arte ni parte en la decisión, pretextos es lo que no falta, te los encuentras a patadas y más gente rica y mimada como nosotros, venga, de hippy a Marruecos o a ligar una chica y llevársela dos días por ahí, o a hacer de progre, lo que sea, pero lo malo es que te da igual un empujón que otro, así no hay viaje que valga, ni te crees lo que te pasa ni te alimenta, así que para qué tantas imágenes pasando si ninguna te arraiga, puro caleidoscopio, círculos, volutas, abalorios sin enhebrar, luces que se encienden y tú allí, como en el cine, sin intervenir; fascinante de momento, pero a la larga cansa. Yo he llegado de Londres hace poco, ya te digo, y sitios donde largarme para no aguantar a papá y a Colette los encuentro a manta, y me dirían: "Bueno, pues adiós, que te diviertas", como a Pablo, para él menos problema todavía porque su familia apalea el dinero, millones, no sé, y encima se lo dan sin tasa, así que ése ni adiós tiene que decir, ya están acostumbrados. No veas en la de sitios que ha estado ya con veinticinco años que tiene; esta primavera se largó a Indonesia con la idea de hacer cine, pero anoche me decía que es imposible sacar en cine la vida que lleva allí la gente en Bali, por ejemplo, que lo que más le llamó la atención es un ritmo interior especial que tienen, cosa del alma de ellos y que eso cómo va a salir en el cine, no tiene nada que ver con el cine, un aliciente raro en que vive metida toda la colectividad; los niños ya lo traen en la sangre desde pequeños o se les contagia, inventando sus juegos y comiendo a la hora que les da la gana sin que nadie intervenga, y luego, en cuanto crecen, se meten en una serie de labores que no tienen que ver con utilidad práctica ninguna porque el dinero propiamente no existe, es más bien cosa de comunicarse con los dioses por medio del trabajo; dice que a lo mejor se pasan dos semanas haciendo un ex voto tejido con palma y flores de un tamaño enorme, una especie de templete siempre distinto, allí horas y horas embebidos en esa virguería los hombres, los niños y las mujeres, poniendo cada cual su detalle al invento que queda como de museo, pero allí de museos nada, lo cogen, se llegan hasta el mar y lo echan a las olas con toda solemnidad para aplacar a los dioses del mal o como homenaje a los del bien, lo que sea, las razones pertenecen a su texto, a su conversación con los dioses, pero decía Pablo que lo que se ve desde fuera es que les paga el mirar flotar aquel chisme mucho más que a nosotros ganar dinero con las inmobiliarias y los puentes; absortos, embriagados todo el día, atentos a no quebrar el hilo con los dioses, como que todas las religiones tienen mucho que ver con el hilo, religare es volver a atar, vamos, me lo ha dicho ayer Pablo, yo no lo sabía; y cómo no les van a salir maravillas, a base de endiosamiento, de entusiasmo, claro. Y oyendo a Pablo, se nos había olvidado hasta el frío de la playa, le brillaban los ojos y movía las manos continuamente y le digo: "oye, qué entusiasmo le echas a eso, lo que no entiendo es por qué no te quedaste allí" y dice: "tú estás loco, lo que me entusiasma es contártelo, convertirlo en historia esta noche para que se la lleve el mar después de oírla tú como se lleva los templetes de Bali, ¿o no?,