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—De sobra sabía que eras tú —le dijo Martha, y, por cierto, era la pura verdad.

Franz llevaba algún tiempo tratando de dominar una sensación de náusea, pero ahora se dio cuenta de que iba a vomitar y salió apresuradamente de la estancia. A sus espaldas continuaba el alboroto: todos reían y gritaban, probablemente agolpándose en torno a Dreyer, apretándole, apretándole, apretándoles a él y a Martha, que se agitaba. Con el pañuelo en los labios, Franz fue derecho al recibidor y abrió de golpe la puerta del retrete. La vieja señora de Wald llegó corriendo como una bomba y desapareció detrás de la curva de la pared.

—Dios mío —murmuró Franz, arrojándose contra el retrete.

Se puso a emitir horribles sonidos, reconociendo en el torrente intermitente una mezcolanza de bebida y comida, de la misma manera en que el pecador, en el infierno, vuelve a gustar el picadillo de su vida. Jadeando pesadamente, limpiándose pulcramente la boca, esperó un momento y luego tiró de la cadena. De vuelta a la sala se detuvo en el recibidor y escuchó. Por la puerta abierta vio reflejado en un espejo el árbol de Navidad, que llameaba siniestramente. El gramófono cantaba de nuevo. Y, de pronto, vio a Martha.

Se volvió rápidamente hacia él, mirando por encima del hombro, como un conspirador de comedia. Estaban solos en la estancia, brillantemente iluminada; del otro lado de la puerta llegaba ruido, risas, los chillidos de un cerdo indefenso, el graznar de un pavo torturado.

—No hubo suerte —dijo Martha—, lo siento, querido.

Sus ojos penetrantes le miraban y miraban al mismo tiempo en torno a él. Luego Martha comenzó a toser, cogiéndose los costados y dejándose caer sobre una silla.

—¿Qué quieres decir, que no hubo suerte?

—No podemos seguir así —murmuró Martha, entre toses—, no puede ser. Fíjate la cara que tienes, estás pálido como la muerte.

El ruido crecía en intensidad y se acercaba a ellos, como si el enorme árbol gritara a través de sus luces.

—... como la muerte —remató Martha.

Franz sintió otro ataque de náusea: las voces avanzaban; Dreyer, sudoroso, pasó a toda prisa junto a ellos, escapando de Wald y del ingeniero, detrás de éstos iban los otros, entre carcajadas y confusas exclamaciones, y Tom, encerrado en el garaje, ladraba a todo ladrar. Y el ruido de la cacería parecía perseguir a Franz, que vomitaba en la calle desierta e iba a su casa haciendo eses. En la esquina de la plaza el andamiaje que protegía como una crisálida al futuro Kino-Palazzo estaba adornado en su cima por un luminoso árbol de Navidad, que también se veía, pero sólo como un diminuto manchón coloreado en el cielo estrellado, desde la ventana del dormitorio de los Dreyer.

—Cualquiera de las dos sería una maravillosa mujercita para el bueno de Franz —dijo Dreyer, desnudándose.

—Eso te parecerá a ti —dijo Martha, hincando una aviesa mirada en el espejo de su tocador.

—Ida, por supuesto, es la más guapa —continuó Dreyer—, pero Isolda, con ese pelo pálido y suelto que tiene, y esa forma suya que parece que jadea cuando uno le está contando algo divertido...

—¿Por qué no la pruebas tú? ¿O a las dos juntas?

—Pues te diré —meditó Dreyer, quitándose los calzoncillos. Se echó a reír y añadió—, amor mío, ¿qué te parece esta noche?, ¡qué diablos!, es Navidad.

—Ni hablar, después de tu estúpida broma —dijo Martha—, y si me cansas con tu lujuria me llevo la almohada al cuarto de los invitados.

—Te diré —repitió Dreyer, metiéndose en la cama y riendo de nuevo.

Nunca las había probado juntas a las dos. Podría ser divertido. Por separado las había probado en dos ocasiones solamente: a Ida hacía tres veranos, de manera completamente inesperada, en los bosques de Spandau, durante una excursión; y a Isolda un poco más tarde, en un hotel de Dresden. Pésimas taquígrafas, pensó, las dos.

Era la primera vez que Franz se acostaba a las cuatro y media de la madrugada. Se despertó a la mañana siguiente con mucha hambre, lleno de bienestar y contento. Recordó placenteramente cómo le había arrancado la máscara al intruso. La estruendosa oscuridad que le había perseguido como una pesadilla se transformaba, ahora que se había rendido a ella, en zumbido de euforia.

Comió en la taberna vecina y volvió a casa a esperar a Martha. A las siete y diez todavía no había llegado. A las ocho menos veinte comprendió que no iba a venir. ¿Esperaría hasta mañana? No se atrevía a telefonear: Martha se lo tenía prohibido, por miedo a que acabara convirtiéndose en una dulce costumbre que, a su vez, podría conducir a que oídos inadecuados captaran alguna frase descuidadamente acariciadora. La urgencia de decirle lo fuerte y lo bien que se sentía, a pesar de tanto vino y tanta carne de venado, y tanta música y tanto terror, era más fuerte en él incluso que el deseo de averiguar si se le había pasado ya el resfriado.

Al llegar a la calle de los Dreyer, un taxi vacío pasó junto a él y se detuvo ante el chalet. Pensó que su visita era inoportuna: probablemente estaban a punto de salir. Se detuvo ante la valla del jardín, pensando que iba a verlos aparecer en el llano del portaclass="underline" ella envuelta en sus bellas pieles, él con su abrigo de pelo de camello. Luego, volviendo a cambiar de idea, corrió hacia el portal.

La puerta estaba entreabierta. Frieda tiraba del collar de Tom, medio estrangulándole, para hacerle subir las escaleras. En el recibidor Franz vio una pequeña maleta de cuero y un magnífico par de esquíes de nogal, de un modelo que no se vendía en la tienda. En la sala, marido y mujer estaban frente a frente. El hablaba con rapidez y ella sonreía como un ángel, asintiendo en silencio a sus palabras.

—Ah, vaya, aquí está Franz —dijo Dreyer, volviéndose y cogiendo a su sobrino por el hombro almohadillado—, llegas justo en el momento oportuno. Voy a estar fuera tres semanas o así.

—¿Para qué son esos esquíes? —preguntó Franz, y, diciendo esto, se dio cuenta con sorpresa de que Dreyer ya no le asustaba.

—Son míos. Me voy a Davos. Ah, toma, para a ti (dándole cinco dólares).

Besó a su mujer en la mejilla:

—Ten cuidado con tu resfriado. Diviértete estos días. Dile a Franz que te lleve al teatro. No te enfades conmigo por dejarte aquí sola, querida, ya sabes que la nieve es para hombres y chicas solteras. Eso tú no lo puedes cambiar.

—Vas a perder el tren —dijo Martha, mirándole con los ojos entrecerrados.

Dreyer echó una ojeada a su reloj de pulsera, haciendo como que se asustaba, y cogió su maleta. El taxista le ayudó a llevar los esquíes. El tío, la tía y el sobrino cruzaron el jardín. ¡Por fin, después de tanta helada, comenzaba a lloviznar! Sin sombrero, envuelta en su abrigo de topo, Martha fue hasta el postigo con indolente cimbreo de caderas, las manos cogidas invisiblemente dentro de las mangas, juntas, del abrigo. Tardaron bastante tiempo en acomodar los esquíes en el techo del taxi. Por fin se cerró la portezuela. El taxi arrancó y Franz anotó mentalmente el número de la matricula: 22221. Este «1» inesperado le pareció extraño después de tantos «2». Volvieron juntos a la casa por el sendero crujiente.

—Vuelve a deshelar —dijo Martha—, hoy ya no tengo la tos tan áspera.

Franz lo pensó un momento y finalmente dijo: —Sí, pero todavía quedan días fríos. —Es posible —dijo Martha.