Vio con toda claridad cómo el tentáculo se soltaba, a la vez que oía un chasquido seco mientras el alma de aquel hombre era arrastrada hacia el chu'lel. Al hacerlo, una parte de su energía quedó liberada y se unió como una chispa más al torbellino que los envolvía. Los guerreros mexica siguieron llegando y el itzá golpeó a un lado y a otro con una furia ciega, hasta que se vio rodeado de cadáveres. El sonido de los tentáculos del chu'lel al liberarse se convirtió por un momento en un crepitar continuo, como si alguien hubiera arrojado una mazorca de maíz seco a una hoguera.
De un salto, se plantó en la escalera por la que descendían los cuerpos de los sacrificados y empezó a trepar por su empinada pendiente. Kazikli lo siguió, unos escalones más atrás.
Los prisioneros miraban atónitos desde la otra grada, sorprendidos por la violenta irrupción de aquel guerrero itzá, que resoplaba mientras saltaba de un escalón al otro, con sus músculos tensados y la macana apretada entre sus manos. Los pies del gigante resbalaban sobre la sangre seca de varios días y la sangre fresca que corría ahora hacia abajo como una catarata incesante. Esquivó un cuerpo humano que descendía rebotando por las gradas y siguió subiendo, seguido de cerca por el dzul.
– ¡No! -gritó Ahuítzotl al ver que el Mujer Serpiente quedaba envuelto por las llamas.
Uno de los nahual se volvió hacia Piri e intentó partirlo en dos con su arma, pero el turco interpuso como escudo el brasero de cobre que aún tenía en sus manos. A la vez, el Mujer Serpiente, convertido en una antorcha viviente, alzó un brazo llameante hacia el muchacho. No lo tocó, pero el turco se vio lanzado por el aire como si hubiera sido golpeado por la maza de un gigante. Su cuerpo trazó un impresionante arco y chocó contra uno de los santuarios con techo de paja, reduciéndolo a astillas. Allí quedó inmóvil.
Todos los sacerdotes habían interrumpido los sacrificios y miraban atónitos. Uno de ellos en el instante justo en que su cuchillo de sílex estaba alzado sobre el pecho de su víctima. Talos se arrancó con las uñas la piel ardiente que había quedado pegada sobre su cuerpo. Su pelo estaba encendido, pero gritó:
– ¡No paréis! ¡Seguid con los sacrificios!
Alzó la vista hacia el cielo, que se iba cubriendo rápidamente de nubes sobre el Templo. Luego miró a Ahuítzotl, que estaba mudo de terror. El aspecto del sacerdote era terrible, algunos parches en su piel seguían ardiendo y el resto era una herida abrasada.
– No temas -dijo para tranquilizar al asustado tlatoani-, todo sigue su curso tal y como estaba previsto.
Mantener el equilibrio en aquella resbaladiza pendiente ya era bastante desafío, pero Koos Ich tenía que luchar al mismo tiempo que trepaba. Los nahual que vigilaban que los cuerpos sacrificados no se detuvieran en su descenso por las gradas se dirigían ahora hacia él.
El itzá esperó agazapado la llegada del primero. Según bajaba, el hombre-jaguar le lanzó un machetazo en un amplio arco horizontal. Koos Ich saltó por encima del arma y, mientras estaba en el aire, golpeó a su enemigo en el cuello. Un poco más abajo, en las gradas, Kazikli tuvo que apartarse para dejar pasar los dos bultos que descendían rodando por los escalones: la cabeza y el cuerpo del nahual. Pero su mente estaba concentrada en un único punto y sus labios murmuraban una interminable letanía.
Un segundo nahual cargó contra Koos Ich. El guerrero itzá gritó mientras forzaba sus músculos al máximo y hundió su macana en el vientre de su enemigo. Sujetó con ambas manos el mango de madera y recuperó su arma de un tirón salvaje que lanzó el cuerpo del hombre-jaguar por los aires. Se revolvió sin detenerse, de nuevo al ataque, y levantó su maza ensangrentada sobre su cabeza para golpear al siguiente nahual.
No dejaban de llegar. Avisados de la batalla que se estaba librando en las gradas, muchos hombres-jaguar habían abandonado la plataforma de los santuarios para lanzarse escaleras abajo y enfrentarse con aquel fabuloso guerrero.
– Dzul! -gritó Koos Ich-. ¡Ya no puedo más! ¡No puedo contenerlos!
Por un momento se volvió para mirar al hombre que lo seguía. Los ojos de Kazikli estaban blancos como los de un pez hervido y su pelo parecía agitado por el viento del torbellino invisible que los rodeaba. Su boca abierta emitía un grito interminable y apenas modulado.
Junto a Lisán, el cuerpo de Jabbar sufrió un espasmo. El Mujer Serpiente se volvió para mirar al turco, que había empezado a agitarse violentamente.
– ¡No! -exclamó el sacerdote-. ¡Ahora no!
Como había hecho antes con Piri, pero ahora con una expresión desesperada en el rostro, el Mujer Serpiente alzó una mano y murmuró algo. Jabbar se elevó lentamente en el aire, hasta detenerse a una buena altura sobre sus cabezas. Los espasmos de su cuerpo eran continuos y lo agitaban como si fuera un trapo azotado por el viento.
Talos hizo una señal a los arqueros apostados en el extremo de la plataforma, que empezaron a disparar sus flechas hacia el cuerpo flotante de Jabbar. Éste fue atravesado por decenas de dardos que se abatieron sobre él en un reguero incesante. Algunos chocaban contra otros antes de alcanzarlo y caían al suelo, pero la mayoría se clavaron en su carne, hasta dejarlo con el aspecto de un puercoespín.
De repente, las nubes se abrieron y mostraron un claro agujero circular. Allí el cometa brillaba deslumbrante contra el fondo azul del cielo. Lisán no entendía nada, ni deseaba hacerlo en ese momento, simplemente decidió que no iba a permanecer impasible mientras sus compañeros eran nuevamente aniquilados uno tras otro. No, esta vez no.
Muchos nahual corrían hacia la escalera y dejaban de vigilarlos, sin que Lisán pudiera adivinar la razón de ello, pero era algo que le convenía, de modo que no iba a poner objeciones a su actitud. Los guardias que lo rodeaban parecían tan asombrados por todo lo que estaba sucediendo como él mismo. Eligió al guerrero mexica que estaba más cerca y con todas sus fuerzas le dio un puñetazo en la garganta.
El hombre se echó hacia atrás pero no soltó la macana. Cuando Lisán intentó arrebatársela, la retiró rápidamente, cortándole el dedo índice y el medio de la mano derecha. El andalusí se dobló de dolor y cayó de rodillas mientras se apretaba la mano para contener la hemorragia. El guerrero se dirigió hacia él, dispuesto a acabar de una vez con su vida. Pero Lisán recogió del suelo uno de los dardos que no habían llegado a clavarse en el cuerpo de Jabbar, y se lo arrojó. Se clavó en su costado, pero tan sólo logró herirlo superficialmente. Con un aullido de rabia, el mexica se abalanzó contra él.
En ese momento, el cuerpo asaeteado de Jabbar pareció estallar. Un centenar de chorros de fuego surgieron por cada uno de los agujeros abiertos por las flechas y recorrieron a la inversa las trayectorias de éstas, hasta alcanzar a los arqueros y envolverlos en llamas.
Sobre la plataforma del templo todo el mundo quedó paralizado por la sorpresa y el espanto. Los sacerdotes que seguían practicando los sacrificios abandonaron sus puestos y corrieron despavoridos escaleras abajo, mezclándose en su huida con los prisioneros que estaban destinados a caer bajo sus cuchillos de obsidiana.
Aprovechando aquel momento de confusión, el andalusí recogió otro de los dardos del suelo. El guerrero mexica se había detenido a un paso de él, conmocionado por lo que acababa de suceder, y su expresión de estupor no cambió cuando la flecha le penetró limpiamente en el vientre. Esta vez Lisán sí consiguió apoderarse de su macana. Con ella en la mano fue en busca de Talos.