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Ahuítzotl miraba hacia el cielo que parecía desgarrarse en ese instante. En sus labios había una exclamación de terror. El agujero entre las nubes se estaba abriendo aún más y el cometa parecía crecer a cada instante. Junto a él, el Mujer Serpiente seguía con su brazo alzado hacia Jabbar. El turco flotaba sobre sus cabezas y seguía lanzando dardos de fuego por cada una de las heridas de su cuerpo.

Lisán se plantó frente al sacerdote y alzó la macana con las dos manos, concentrando en ella todo lo que le quedaba de fuerza y toda su ira. Pero, un instante antes de que lo golpeara, los ojos de Talos se encontraron con los del andalusí.

– Ayúdame -le suplicó. Su pelo había desaparecido y su piel achicharrada aún humeaba.

Lisán lo alcanzó en el centro del pecho y el golpe hundió el esternón del Mujer Serpiente. Una exhalación escapó por su boca como un largo eructo y sus ojos se enturbiaron.

Lentamente, Jabbar empezó a descender hasta que sus pies tocaron las losas de la plataforma superior de la Gran Pirámide. Aquel contacto fue como el epicentro de un terremoto que sacudió el suelo hasta que nadie quedó en pie. Víctimas y verdugos cayeron unos junto a otros. La larga fila de condenados que ascendía por una de las escaleras se derrumbó como un castillo de naipes. Los cuerpos chocaban unos contra otros y caían rodando por los escalones.

Los nahual que atacaban a Koos Ich perdieron el equilibrio mientras corrían hacia abajo por la empinada pendiente y cayeron de bruces. El guerrero itzá se echó hacia delante y soportó el terremoto con el pecho pegado contra las gradas.

Sintió la mano de Kazikli que lo empujaba desde abajo.

– Vamos -dijo-, aún no hemos terminado.

Treparon juntos el último tramo y llegaron a la explanada de los santuarios. Koos Ich alzó la vista hacia el cielo y descubrió que el cometa se había transformado en una nube luminosa que parecía expandirse rápidamente. Aquella aureola incandescente los iluminó con una luz espectral, mientras un grito de terror surgía de cada una de las gargantas de los miles de personas congregadas en la plaza frente al templo. Los nobles invitados de otras ciudades, mezclados con la gente de Tenochtitlán, los señores principales y los más pobres, corrían de un lado a otro derribando los tenderetes y las tribunas llenas de flores.

– El mundo se acaba -musitó Koos Ich.

El Mujer Serpiente metió una mano en su propio pecho abierto y tomó un puñado de su sangre con ella. La salpicó hacia el rostro de Lisán. El andalusí se cubrió los ojos y empezó a gritar como si le hubiera caído aceite hirviente en ellos. Talos pasó junto a él y se dirigió hacia el santuario de Huitzilopochtli.

Los sacrificios habían terminado y los sacerdotes habían huido. La plataforma superior del Templo Mayor estaba inundada de sangre y los pies desnudos del Mujer Serpiente chapoteaban al andar sobre ella. Ahuítzotl se cruzó en su camino.

– Es el Fin del Mundo, el final del Quinto Cielo -dijo.

El Mujer Serpiente siguió avanzando mientras con una mano apretaba la herida de su pecho.

– Yo te diré cuándo ha terminado todo -le susurró casi sin fuerzas-. Ahora acompáñame.

Los dos entraron juntos en el santuario de Huitzilopochtli.

15

– ¡Lisán!

Era la voz de Sac Nicte, pero el andalusí no lograba ver a la mujer. La negra sangre del ÿinn se había pegado a su rostro como si fuera limo y lo que sus ojos captaban entonces era una alucinación semejante a las que le habían provocado las distintas mixturas del Uija-tao.

Estaba sobre la Tierra, a una altura tan impresionante que ésta se veía como una gran esfera azul y blanca. El cometa se alzaba frente a él, como una flotante isla de hielo que se precipitara implacable hacia su mundo. Lisán se acercó a su superficie y distinguió las diminutas partículas rojizas que cubrían la nieve. Eran tan pequeñas que lo que llegaba a ver como un simple punto sin dimensiones estaba formado por la agrupación de muchos millones.

Y estaban incinerándose, ardían una tras otra en una oleada continua que recorría el hielo a gran velocidad. ¿Qué estaba provocando aquello?

Entonces, como si fuera una respuesta a su pregunta, vio aparecer un gran cono de luz roja que salía de algún punto de la Tierra para ir a envolver el cometa. Pero no era una luz, era un mensaje, como una voz convertida en energía que decía: ¡Destruíos! Las partículas del cometa eran engañadas por aquella voz, que les hacía creerse parte del chu'lel de la Tierra y les ordenaba suicidarse. Esa misma voz estaba en su mente. Era Talos explicándole aquello que veía, aunque la ciencia de Lisán era tan limitada que apenas comprendía una pequeña parte de todo lo que oía.

La vida no se detenía en el límite que los ojos humanos podían captar. Descendía hasta el fin de la materia, hasta conformar la propia piel del Universo. A esa escala, la textura de la realidad era imprevisible y caótica, y sólo la vida tenía el poder de ordenar ese caos para que el cosmos siguiera funcionando. Era el Nous imaginado por el sabio jónico Anaxágoras, el principio del orden que imponía la vida a la propia naturaleza.

Y este poder, esa ingente energía que estaba concentrada en cada partícula de materia viva, era lo que la ciencia de Talos había dominado y lo que ahora era usado para controlar y destruir a la criatura cuya voluntad había dirigido al cometa contra la Tierra.

El cono de luz carmesí seguía irradiando sobre la isla flotante de hielo, envolviéndola en furiosas llamas que iban arrancando grandes pedazos de su superficie.

Al acercarse, Lisán fue absorbido por aquel cono y se precipitó por él como si cayera por el interior de una inmensa caña de luz. Vio la Tierra acercarse a toda velocidad, y tuvo un instante para reconocer el lago, la ciudad de Tenochtitlán, el Templo Mayor, a sí mismo tirado en el suelo, y a Sac Nicte arrodillada junto a él. Abrió los ojos.

– ¿Puedes ver? -le preguntó la mujer.

– Creo que… -Parpadeó intentando enfocar la vista, desorientado aún por el vértigo de la caída.

Alzó la mano derecha frente a sus ojos. Estaba cubierta por un paño de algodón bastante apretado y manchado de sangre con el que Sac Nicte había intentado contener la hemorragia. Le faltaban dos dedos, estaba entumecida y sentía un palpitante dolor en ella.

Todo había sucedido realmente, no había sido una pesadilla.

– ¿Dónde está Talos… el Mujer Serpiente? -preguntó a Sac Nicte.

– Él… entró en el santuario de Huitzilopochtli, junto a…

Se detuvo y alzó la vista, muda por la sorpresa.

– ¿Qué sucede? -le preguntó Lisán.

Ella se puso en pie, lentamente, sin poder creer lo que estaba viendo.

El andalusí entrecerró los ojos. A cierta distancia todo era turbio, como si la sangre de Talos siguiera pegada a ellos, pero vio aparecer a Koos Ich en el borde de la plataforma. Detrás del guerrero, con una inhumana tranquilidad reflejándose en su rostro, distinguió al hombre que había conocido como Baba.

– Volvemos a encontrarnos, faquih, tal y como te prometí -dijo el mago.

Lisán se puso en pie. Todo lo veía borroso, como a través de una niebla muy espesa en la que apenas había un estrecho túnel de nitidez. Su visión periférica había desaparecido casi por completo y tenía que mover rápidamente la cabeza para concentrarse en cada uno de los dispersos elementos que lo rodeaban. Notó que Sac Nicte ya no estaba a su lado y supuso que había corrido para reunirse con su esposo. Miró hacia el cielo. El cometa era lo único que distinguía con toda claridad. Estaba rodeado de un halo de fuego que se expandía lentamente, con pequeños núcleos que eran como explosiones silenciosas. Y seguía cayendo hacia ellos.