Bajó la vista. A su alrededor la plataforma estaba casi vacía, los sacerdotes habían huido aterrorizados. Unas figuras encorvadas se iban acercando a ellos, como tigres agazapados… Eran los nahual, que empezaron a transformarse en ese mismo instante.
Jabbar entró en su campo de visión y caminó lentamente hasta situarse junto a Baba.
¿Realmente era Jabbar? El enorme turco también había cambiado para transformarse en algo mucho más temible que un jaguar. En la superficie parecía el mismo hombre que había conocido, pero ahora avanzaba erguido, emanando poder con cada paso. La tremenda herida de su cráneo había desaparecido… Y sus ojos…
Sus ojos no podían ser los de un humano.
Pasó junto a Lisán sin mirarlo siquiera y se lanzó contra los nahual. Dos jaguares saltaron a la vez contra él y Jabbar los atrapó en el aire. Los destrozó entre sus manos. Luego lanzó sus cuerpos contra los de las otras bestias.
Kazikli se detuvo para contemplar cómo el ÿinn aniquilaba a los engendros.
– ¡No lo mataste! -le gritó Lisán-. ¡Lo has mantenido con vida y cautivo de un hechizo, durante todo este tiempo!
El mago se volvió hacia él y dijo:
– Así es, faquih. Un hechizo muy poderoso que mi maestro de Egrigöz me enseñó. Pero también muy difícil de lograr. Necesité mucha sangre para atraparlo y era necesaria mucha sangre para despertarlo y que siguiera sometido a mi voluntad…
La imagen de un campo atestado de cuerpos empalados se superpuso ante los ojos de Lisán con más nitidez que el mundo que lo rodeaba.
Kazikli cenaba junto a un prisionero turco cuyo cerebro había sido herido por un hachazo. Lo oía hablar aterrorizado, suplicando que lo dejaran ir, pero sus guardias lo tenían bien sujeto y con el rostro vuelto hacia aquel macabro espectáculo.
Frente a él, en la primera fila de empalados, el ÿinn agonizaba lentamente. Era casi un esqueleto viviente, piel y huesos; la estaca le atravesaba el pecho y lo mantenía suspendido a cuatro codos de altura. Se retorcía como un insecto clavado en un palito.
Kazikli llevaba el disco dentado colgando de su pecho. Siguió cenando con tranquilidad, tenía todo el tiempo que fuera necesario.
Cuando el cuerpo del ÿinn empezó a morir, algo se escurrió lentamente sobre el tronco en el que su cuerpo estaba empalado. Parecía sólo un gusano hecho con gelatina y babas, pero Lisán supo que en su interior había algo infinitamente valioso: el alma de un ÿinn.
Kazikli ordenó a sus hombres que llevasen al turco prisionero hasta el tronco y que presionaran su rostro contra la madera. El desdichado gritaba sin imaginar qué era todo aquello, hasta que aquel gusano llegó hasta su cráneo y penetró rápidamente por uno de sus oídos.
El turco gritó una vez más y enmudeció de repente. Sólo entonces Lisán pudo ver con claridad el rostro de Jabbar.
Una mente dañada, la jaula perfecta para un ÿinn.
La imagen de los empalados desapareció y Lisán volvía a estar en lo alto del Templo Mayor de Tenochtitlán. Comprendió que durante todos esos años, el ÿinn había olvidado sus poderes y quién era, encerrado en el círculo interminable de los recuerdos rotos de Jabbar. Ahora podía recordarlo al fin, pero gracias a la magia que emanaba de toda aquella sangre derramada seguía prisionero de Kazikli.
El ÿinn había acabado con el último nahual. Se apartó de los cuerpos destrozados de aquellas criaturas medio bestias medio hombres y caminó junto a su amo hacia el santuario de Huitzilopochtli. Los dos desaparecieron en su oscuro interior.
El andalusí oyó, aunque no vio, a Sac Nicte que le gritaba:
– ¡Lisán, salgamos de este lugar terrible!
Se volvió hacia la voz de la mujer e intentó enfocar la vista para distinguirla a través de la bruma roja que lo rodeaba. Ciertamente hubiera deseado correr muy lejos, con ella, pero sabía que eso era ya imposible.
– Ya no hay adónde ir -dijo-. El cometa caerá sobre nosotros en unos instantes y todo habrá acabado. Quizás una nueva raza habite después ese Sexto Mundo y se pregunte sobre cómo fue nuestro final.
Empezó a caminar hacia la entrada del templo de Huitzilopochtli.
– Lisán… -oyó decir a Sac Nicte.
– Espera aquí. Hay algo que debo hacer antes de que todo acabe.
En el interior del templo había dos altares, uno de ellos presidido por Huitzilopochtli y el otro por su temible hermano Tezcatlipoca. Frente a los ídolos ardían unos braseros en los que se calcinaban los últimos corazones sacrificados. Las paredes y el suelo estaban tan salpicados e incrustados de sangre que parecían de color negro.
El hedor era tal que Lisán apenas podía respirar.
Estaba muy oscuro y su vista seguía siendo un estrecho túnel de nitidez rodeado por paredes de niebla roja. Vio los ojos brillantes de Huitzilopochtli, hechos de piedras preciosas que relumbraban en la penumbra. El dios estaba sentado sobre un banco de madera teñida de azul, llevaba un arco en la mano izquierda y flechas en la derecha, todo ello de oro. De su cuello colgaba un collar de joyas de diorita y jade que representaban cráneos y corazones humanos. Se acercó y tocó la extraña textura de la estatua. Había sido modelada con semillas amasadas con sangre humana.
El vendaje que le había puesto Sac Nicte le molestaba. Se lo quitó y aferró con ambas manos una de las flechas de oro de Huitzilopochtli. Tiró con fuerza y el brazo del ídolo se partió, pero Lisán pudo conseguir el dardo dorado. Con él entre las manos siguió avanzando hacia el interior del santuario. Detrás de las efigies de los dos dioses hermanos se agazapaba una figura de granito, pequeña y encorvada, cubierta por una manta de piedras preciosas. ¿Uno de los enanos ajustadores?
Avanzó un paso más y se encontró con la escena más extraña de todas.
Al principio pensó que eran las estatuas de otros cuatro ídolos, porque estaban perfectamente inmóviles, vueltos unos hacia otros. Pero se trataba de seres de carne y hueso.
Al fondo, Ahuítzotl se había desnudado de cintura para arriba. Talos estaba junto a él, con un cuchillo de obsidiana en la mano, tenía la piel roja y abrasada, colgando en jirones de sus brazos descarnados. Estaba a punto de sacrificar al tlatoani cuando Baba y su ÿinn esclavo habían irrumpido en el interior del santuario. Ninguno hacía el menor movimiento, vigilándose unos a otros, esperando que el contrario sufriera la menor distracción.
– Baba -dijo Lisán intentando que su voz sonara clara-. Estábamos equivocados. Ellos no han atraído al cometa. Al contrario… intentan destruirlo.
– Vete, faquih -dijo Kazikli sin mirarlo.
– Ven tú conmigo. Salgamos de aquí y dejémosles hacer. En sus manos está la única oportunidad de sobrevivir que tiene nuestro mundo.
El mago seguía sin apartar la vista de Ahuítzotl y el sacerdote.
– Has sido hechizado, faquih -dijo-. Tu mente ha sido poseída por el ÿinn.
– Lo he visto. -Lisán habló rápidamente, mientras caminaba hacia Kazikli-. Necesitaban obtener un poder inmenso para saltar el espacio que nos separa de esa montaña de hielo que cae hacia nosotros. Pero yo he visto cómo el chu'lel del cometa se está vaporizando bajo este poder.
– Tú has visto lo que él quería que vieras.
– Los seres del hielo intentaron que los humanos olvidáramos esta amenaza, que estuviéramos desprotegidos frente a su ataque… Acabaron con la religión primitiva de los hombres, que mantenía vivos esos conocimientos. Pero esa religión sobrevive aquí gracias a Talos.
– ¡No te acerques ni un paso más, faquih!