Выбрать главу

Lisán asintió con amargura, pero su pensamiento fue para Ahmed, su hermano, al que había arrastrado a aquella desdichada aventura.

– Están pasando cosas muy extrañas -dijo-, debe de haber una explicación para todo esto. Esta calma, por ejemplo, cuando estamos rodeados por ese torbellino de vientos y lluvia.

– Lo ignoramos todo sobre la naturaleza en esta zona del mundo.

– Te vi durante la tormenta, cuando te situaste en la proa -dijo Lisán-. Ahora sé que eres un brujo. ¿Era ése tu secreto?

Baba lo contempló durante un momento antes de decir:

– No sé a qué te refieres.

– Durante la tormenta. Encaramado en la proa, gritabas algo en una lengua incomprensible. Todos te vieron…

Baba lo interrumpió. Su mirada se perdía en el horizonte.

– Mira -siguió diciendo al cabo de un rato-, la tormenta nos gana terreno, pronto nos alcanzará…

– Ahora no me importa si eres un mago o si tu alma ha sido poseída por un demonio. Sólo me interesa saber si eres o no capaz de sacarnos de aquí.

El mameluco utilizó un tono burlón:

– El sagrado Corán dice: «El mago no prosperará, venga de donde venga». ¿Aceptarías ser salvado por la magia?

– Hay muchos hombres aquí que no merecen morir por mi locura. ¡Ya basta de acertijos y de mentiras! ¿Puedes o no puedes salvar esta nave?

– No. Lo siento mucho, pero no puedo.

– ¿Quién eres? -le preguntó Lisán, desilusionado-. ¿Por qué has querido acompañarme en este viaje?

– Sí, faquih. -Baba asintió-. Es justo que te lo diga ahora.

3

– Como bien has deducido, no soy mameluco. Nací en la Tara Romaneasca, en el seno de la familia boyarda que engendró a los príncipes gobernantes de mi nación. Éramos la frontera y éramos débiles. Tú sabes perfectamente a lo que me refiero porque tu país se encuentra ahora en una situación similar. Sólo gracias a las artes de la negociación podíamos sobrevivir. Mi abuelo Mircea era un maestro en ella, les pagaba tributos a los turcos y, a la vez, intentaba mantener buenas relaciones con los húngaros. Así logró conservar cierta independencia. Para sostener esta situación, cuando yo aún era un niño, mi padre se vio obligado a entregarnos a mí y a mi hermano Radu como rehenes a los otomanos. Fuimos llevados a Egrigöz, una remota fortaleza en las montañas al oeste de Anatolia, en la región de Katahya. Allí aprendí el osmanlí y la lengua del Islam, y muchas otras cosas…

Baba entrecerró los ojos y suspiró profundamente mientras su memoria invocaba imágenes remotas.

Lisán lo estudió en silencio durante un rato, y le preguntó:

– ¿Cuál es tu verdadero nombre?

– Eso carece de importancia. ¿No afirmáis los sufíes que sólo en un papel en blanco se puede escribir un nombre que reconozcas como tuyo? Pues yo tuve que esforzarme en borrar todas las huellas de mi pasado y transformarme en ese papel blanco. Ser Baba ibn Abdullah, el nombre que elegí para ocultarme y que ahora me parece más real que aquel con el que me bautizaron.

– ¿Por qué te escondes?

– Porque el mundo, faquih, vive en guerra desde tiempo inmemorial. Una lucha que tiene poco que ver con los pequeños conflictos entre las naciones de los hombres. Una batalla desesperada contra demonios de aspecto humano, que caminan como nosotros pero que se alimentan de nuestra carne y nuestra sangre… y que adoran a dioses olvidados.

Lisán se estremeció al recordar en ese momento los sangrientos sacrificios a Baal practicados por Talos el Rojo.

– ¿Quiénes son esos seres? -preguntó.

– Siempre los he considerado como simples demonios, pero en el Corán se les da el nombre de «ÿinn», y así es como los denominan los turcos de Egrigöz. Y ellos los conocen bien, pues han sufrido sus ataques durante generaciones, desde que llegaron mezclados con las hordas mongolas y asolaron su país. Ejércitos de criaturas con aspecto de hombres, pero que se transformaban en lobos o en osos. Destruyen aldeas y ciudades, dejando sólo horror y desolación a su paso.

– Tú, personalmente, ¿has sido testigo de esos hechos?

– Con estos ojos. -Los señaló formando una V con sus dedos índice y medio-. Y también he combatido contra los ÿinn y sus siervos humanos. Son muy poderosos, pero incluso ellos pueden morir. Aprendí de los turcos la forma de destruirlos.

– ¿Aprendiste a matar a los ÿinn?

– Ciertamente. La dificultad estriba en que su alma no es como la nuestra, sino de una sustancia extraña y maléfica, semejante a un gran coágulo de sangre… De este tamaño más o menos. -Juntó sus dos puños frente a él-. El cuerpo que envuelve esta sustancia se transforma con los años en algo muy duro, casi indestructible. Pero, si finalmente sucumbe, al corromperse, engendra una peste que se extiende por regiones enteras, arrasando todo rastro de vida. La única forma de destruir sin peligro a estas criaturas es impedir que sus cuerpos toquen el suelo al morir.

– ¿Y cómo se puede evitar eso?

– Los turcos los clavaban en el extremo de largos palos y dejaban que sus carnes emponzoñadas se secaran al sol. De esta manera, sus almas con forma de coágulo no logran arrastrarse hasta penetrar en la tierra, pues sólo pueden sobrevivir un instante fuera de un cuerpo vivo… -Un rápido rictus, que podía ser tanto una sonrisa como una mueca de asco, cruzó por el rostro de Baba-. He averiguado que los romanos también conocían a estas criaturas, a las que situaban en los confines de su imperio, y a las que temían. Quizás ése sea el origen de su costumbre de crucificar a los condenados de más allá de sus fronteras.

Lisán observaba a aquel hombre detenidamente, preguntándose qué había de verdad y qué de falso en sus palabras. Por supuesto, no dudaba de la existencia de los ÿinn, pues el propio sagrado Corán confirmaba la presencia de esas criaturas en la Tierra. Se decía que fueron creadas por Allah antes incluso que los seres humanos. Y que, al igual que los hombres, poseían intelecto y voluntad, pero, además, tenían grandes poderes que les permitían hacer prodigios imposibles para los hombres.

– ¿Qué pasó luego? ¿Te dejaron los turcos en libertad?

– Así es, faquih. Logré regresar a mi patria y, gracias a mis aliados otomanos, recuperé mi posición como príncipe. Entonces tuve ocasión de poner en práctica lo aprendido, pues los ÿinn y sus esbirros humanos ya habían penetrado en la Tara Romaneasca. No me siento orgulloso de muchas de las cosas que hice entonces… Dicen que para vencer a los monstruos debes convertirte en uno de ellos… y yo tuve que enfrentarme a circunstancias extremas: mi patria estaba atrapada en medio de la guerra entre húngaros y turcos, y los ÿinn asolaban mis tierras mezclados con los hombres de ambos ejércitos… Dios me dio la misión de acabar con ellos y tan sólo he cumplido Su Voluntad.

– ¿Qué quieres decir?

– He luchado contra los demonios y lo sigo haciendo. Ésa es la misión para la que he sido elegido…, por la que estoy aquí.

– ¿Qué tiene todo eso que ver con este viaje? -preguntó Lisán, mientras una sensación de profundo terror se iba apoderando de él.

– Tuvo que morir mucha gente inocente -dijo Baba-, pero finalmente logré atrapar a un ÿinn. Era una criatura muy vieja y su cuerpo parecía hecho de cuero seco. Durante años lo mantuve prisionero en la Torre del Ocaso, encerrado en una jaula de hierro.

– ¿Fue esa criatura la que te enseñó la lengua de los antiguos egipcios?

– Sí, ella misma. Me dijo que había visto construir las primeras pirámides y que más tarde, a lo largo de milenios, había sido el mago de interminables generaciones de reyes egipcios… Aprendí muchas otras cosas de él.