El jefe de los nativos se volvió hacia los suyos. Agitó su arma y su escudo sobre su cabeza y, ante esta señal, varios nativos se lanzaron a la vez contra el apretado grupo de náufragos. Así empezó un combate individual tras otro. Los hombres-tigre penetraron en las filas de los Sarray y turcos, mezclándose las brillantes plumas y pieles amarillas de su atuendo con las ropas desgarradas y oscuras de éstos.
Lisán miraba a su alrededor, extendiendo el cuchillo del infiel frente a sí, intentando comprender lo que estaba sucediendo en medio de aquella gran confusión de cuerpos y armas, golpes y contragolpes, arena y sangre.
Los Sarray demostraron ser unos dignos rivales. A pesar del agotamiento de sus cuerpos, peleaban con maestría haciendo buen uso de sus jinetas. Los turcos, en cambio, armados tan sólo con cuchillos y palos, resultaron una presa fácil para los atacantes. Fueron rápidamente derribados, y los pajes de los hombres-tigre corrieron entre los guerreros para atar a los caídos y arrastrarlos fuera de la zona de combate. Lisán observó que, aunque se produjeron heridas muy aparatosas, nadie había caído muerto hasta el momento. Los hombres-tigre se cuidaban de no golpear con los filos cortantes de sus armas en las zonas vitales de sus oponentes, tan sólo intentaban dejarlos sin sentido y a merced de los pajes.
– No están guerreando con nosotros… -dijo Ignacio con voz tétrica-. ¡Nos están cazando!
Lisán se volvió brevemente hacia él y comprendió que el vizcaíno estaba en lo cierto.
En medio de la confusión, Yusuf buscaba un oponente. No lo vio hasta que un hombre-tigre lo atacó, silencioso pero exudando violencia y furia. Se trataba del líder, aquel que llevaba el estandarte a la espalda y que había peleado con Hubal.
Yusuf esquivó su embestida y retrocedió rápidamente. No estaba dispuesto a cometer los mismos errores que su primo. Se tenía por uno de los mejores espadachines de Granada y estaba dispuesto a demostrarlo allí mismo. Para empezar, era absurdo intentar parar con su espada el golpe de una de aquellas pesadas mazas de madera y trozos de piedra. Tanto como enfrentar un delgado alfanje a una cimitarra de abordaje. El resultado ya lo había experimentado Hubal para su desdicha: su espada se partió y fue rápidamente derrotado.
El guerrero prudente jamás embiste a su enemigo.
Lo observa, avanza y cede…
Hasta que encuentra el hueco para vencer.
El Sarray colocó sus pies en posición; el derecho delante y el izquierdo detrás, con los talones tocándose. Alzó su jineta nasrí hasta alcanzar un ángulo recto con su cuerpo. Poco a poco fue apartando un pie de otro, mientras flexionaba la rodilla derecha y mantenía la pierna izquierda estirada y firme. Levantó su mano izquierda y le ofreció graciosamente a su enemigo un hueco en su defensa.
El salvaje miraba asombrado la planta del andalusí. Ahora era él quien no entendía la estrategia del extranjero, pero vio claramente aquel hueco y acometió dispuesto a acabar rápidamente con él. Yusuf dio un saltito hacia atrás y fintó hábilmente hacia su izquierda. Con su espada desvió con suavidad la macana de su oponente, que buscaba el centro de su pecho. De inmediato, respondió a su ataque y lo hirió en un costado.
– ¡Te atrapé! -exclamó el andalusí sin poder contener su alegría.
Retrocedió y volvió a adoptar su posición de defensa. Trazó un molinete en el aire con la punta de su jineta e invitó al nativo a que atacara nuevamente.
El hombre-tigre cargó ciegamente contra él. Intentaba alcanzar al Sarray, mientras que éste se limitaba a retroceder y a sortear con asombrosa flexibilidad, esperando el momento apropiado para volver a situar una estocada. Pero, mientras retrocedía, tropezó con un madero y cayó de espaldas. Su oponente saltó sobre él, Yusuf rodó por la arena para esquivarlo y luego gateó hasta donde había caído su espada. La cogió justo cuando el hombre-tigre le descargaba un nuevo golpe. Lo evitó y lanzó arena hacia los ojos de su contrario.
Tuvo el tiempo justo para ponerse en pie. El salvaje se sacudió, atacó con saña silenciosa y Yusuf se vio obligado a recular un poco más. Su enemigo intentó llegarle con un amplio machetazo y puso al descubierto un hueco en su guardia. El Sarray aprovechó para lanzarle otra cuchillada certera que desgarró el peto de piel moteada y la carne del hombre-tigre, hasta dejar el blanco de una de sus costillas al descubierto.
– Esta vez te he tocado bien -dijo el andalusí respirando pesadamente. Ya no había alegría en sus palabras, tan sólo alivio de que el combate fuera a acabar.
Pero aquella herida tremenda no causó ninguna reacción en su enemigo, que continuó atacando. Yusuf se defendió atónito, pensando que quizás aquel hombre estaba bajo una emoción tal que le impedía sentir dolor. En ocasiones había visto este tipo de sucesos en el campo de batalla, pero finalmente la pérdida de sangre siempre obligaba al herido a reaccionar como tal. Siguió sorteando los golpes del nativo, con la esperanza de que cayera al suelo de un momento a otro.
Un hombre-tigre chocó contra Ignacio y lo derribó de un mazazo. El vizcaíno, sangrando por la sien y la boca, gateó hacia Lisán.
– ¡Hazlo ahora! -gritó-. ¡Acaba conmigo, sarraceno!
Lisán se apartó de él y abrazó a Jamîl. En aquel momento de absoluta tensión, no tenía otro pensamiento que proteger al muchacho.
El hombre-tigre puso un pie sobre la espalda de Ignacio y lo dejó sin sentido de un garrotazo con el plano de su macana. Luego, pasó sobre el cuerpo del vizcaíno y se enfrentó a Lisán. Éste alzó torpemente su cuchillo con una mano mientras sujetaba al muchacho con la otra. Con una mueca de desprecio, el hombre-tigre lo golpeó en la muñeca y el cuchillo voló lejos. Lisán se apretó con fuerza los labios de la herida. Su enemigo saltó junto a él y le asestó un puñetazo en el vientre. El faquih se dobló, derrotado y sin respiración.
Yusuf se había cansado de esperar a que el jefe de los hombres-tigre se derrumbara. En realidad, parecía tan fresco como al inicio del combate, mientras que él respiraba con dificultad y notaba las piernas como pesados rollos de trapo. Pasado el primer momento de euforia por la batalla, el cansancio de los días de lucha contra el mar se apoderaba de su cuerpo. Y la furia primitiva del nativo igualaba su destreza con la espada.
Sus movimientos se tornaron más lentos y torpes, y el hombre-tigre estuvo a punto de alcanzarlo. A Yusuf no le quedó más remedio que interponer su acero para detener un golpe que iba dirigido contra su rostro y, tal y como le había sucedido a Hubal antes, su jineta se partió. Yusuf retrocedió, aturdido, sosteniendo la inútil empuñadura de la que sobresalían dos pulgadas de acero. Era el único náufrago que seguía en pie. El resto de sus compañeros yacían sobre la arena, inconscientes o heridos, pero todos atados como borregos. Poco a poco, los salvajes habían ido formando un círculo alrededor de los dos únicos hombres que seguían luchando.
Desconcertado y furioso, arrojó hacia su enemigo la empuñadura con el trozo de espada rota. El nativo la esquivó sin dificultad y contempló al desarmado Yusuf, mientras ladeaba la cabeza con una actitud semejante a la de un lobo asombrado ante el extraño comportamiento de un conejo. Luego le lanzó su macana, que voló por el aire para ir a clavarse en la arena, justo frente al Sarray. Miró fijamente el arma, medio enterrada junto a sus pies, y se agachó lentamente para recogerla. La sopesó: grande e incómoda como había supuesto.
Mientras tanto, otro de los guerreros-tigre le había entregado otra macana a su jefe. Cansado de esperar el ataque de Yusuf, el salvaje le lanzó un patadón de arena y soltó una carcajada desafiante. El andalusí cargó contra el nativo, que detuvo sin dificultad su embestida, interponiendo su pequeño escudo, y respondió con un mazazo demoledor al pecho del Sarray. Yusuf cayó hacia atrás y quedó sentado sobre la arena, tosiendo.