Piri se llevó las manos a los labios pidiendo silencio. Los tres escucharon, pero no pudieron descubrir otra cosa que el fondo habitual de aleteos, aullidos y trinos.
– He oído claramente el roce de un cuerpo contra la vegetación -dijo Piri-. Y avanzaba en nuestra dirección.
– ¿Podría ser un animal?
– Sí, podría ser un animal. Pero, en cualquier caso, venía hacia nosotros, no huía de nosotros.
Baba preguntó a Jabbar:
– ¿Tú lo has oído?
– No.
Baba se incorporó y miró alrededor buscando alguna señal, pero era imposible distinguir nada a unos pocos pasos en el interior de aquella jungla tan espesa. Un ejército entero podría rodearlos y no lo verían.
– Bueno, es mejor que sigamos -dijo-. Piri, tú ve a la retaguardia y sigue atento. Sea lo que sea, ya se manifestará.
A partir de ese momento, Jabbar fue abriendo el camino, cortando las lianas con diestros golpes de su cuchillo. De repente se detuvo. Señaló hacia la espesura con los ojos desorbitados y el rostro desencajado de terror.
– ¡Mirad eso! -gritó.
Era una criatura blanca, espeluznante como un demonio. Su cuerpo indescriptible estaba apresado por la vegetación y era una repugnante confusión de rasgos humanos y animales. Su cabeza semejaba la de una serpiente y dentro de sus fauces abiertas asomaba el rostro de un hombre con las facciones retorcidas por el dolor mientras era devorado.
Una estatua, pero la más insana y obscena que ninguno de ellos hubiera visto jamás.
Vieron a sus pies unas grandes losas de piedra, bien alineadas, ligeramente hundidas en el humus, que dibujaban un sendero que se internaba entre los árboles. Caminaron lentamente por él, mientras el terror se iba asentando en lo más profundo de sus almas. En los márgenes fueron apareciendo restos de columnas truncadas y bloques pétreos que apenas asomaban entre la vegetación, labrados con signos desconocidos. Y más figuras pavorosas, semejantes a la que habían visto en primer lugar, representando a serpientes bicéfalas y desconcertantes criaturas híbridas entre lo humano y lo monstruoso.
– Se diría que estamos en las puertas del infierno -dijo Piri-. No hemos encontrado ningún río en esta jungla, ni corriente alguna de agua dulce… y, sin embargo, los árboles crecen tan frondosos que ocultan el sol. Y ahora esas piedras talladas con imágenes hediondas…
Baba se había agachado sobre una de las losas y estudiaba las inscripciones que la cubrían. Pasó los dedos sobre una serie de círculos que habían sido grabados sobre la piedra, con mucha suavidad, como si temiera que pudieran desaparecer.
– ¿Qué significa todo esto? -suplicó Jabbar, más desconcertado que de costumbre-. ¿A qué lugar hemos llegado?
– Al reino de Shaytán -dijo Piri. Se adelantó para señalar a Baba con un dedo acusador. En la otra mano sujetaba el cuchillo de Dragut-. ¡Dínoslo tú, asesino! -gritó-. ¡Tú nos has traído hasta aquí!
– ¿Qué dices? -Baba se volvió, asombrado por la inesperada reacción del muchacho.
– ¡Habla, monstruo! -lo increpó Piri-. ¡Confiesa la verdad, voivoda Kazikli!
Baba alzó las cejas.
– ¿Cómo me has llamado?
– Kazikli. Tu crueldad es legendaria. Se dice que tenías la costumbre de empalar a los prisioneros de guerra junto a sus mujeres e hijos… De organizar comidas a la sombra de los cuerpos mutilados… Tus crímenes son los que te han dado fama, ¡monstruo!
Jabbar miraba a uno y a otro, asombrado por lo que estaba pasando, pero el nombre de aquel odiado enemigo le llegó muy claro.
– ¿Él es el voivoda Kazikli? -preguntó.
Baba miró a su joven capitán a los ojos.
– Hace años que nos conocemos, Piri, y hemos luchado juntos en muchas batallas…
– Siempre pensé que había algo extraño en tu pasado. No le di importancia porque eso es algo habitual entre la gente del mar, pero sabía que mentías sobre tu origen como mameluco. Entonces oí lo que confesabas al faquih tras la tormenta y supe quién eras… Kazikli.
Jabbar reaccionó al fin, y se volvió hacia Piri buscando una explicación:
– ¿Qué estás di…?
Baba aprovechó ese instante. Saltó sobre el corpulento turco y le arrebató el cuchillo antes de que Piri pudiera reaccionar. A continuación, retrocedió unos pasos hasta apoyar su espalda contra una de las columnas de piedra labrada con serpientes y demonios.
– Bueno -dijo-, creo que esto nos iguala un poco.
– ¡Vas a morir, sanguinario! -dijo Piri, y dio un paso hacia él.
– Detente, amigo, porque si te acercas más vas a caer atravesado por este cuchillo. Y te aseguro que puedo vencerte sin dificultad.
Piri apretó con fuerza su arma, pero mantuvo la distancia.
– No me extrañaría nada que intentaras usar trucos mágicos tal y como te vi hacer en la proa de la Taqwa.
– Entonces pretendía salvaros…
– ¡No necesitamos tu ayuda, asesino!
– Pero, no puede ser -dijo Jabbar. Podía recordarlo, pues había sucedido años antes de la batalla de Negroponto-, se dijo que la cabeza de Kazikli fue cortada y exhibida en las murallas del castillo de Topkapi…
– ¡Admite que eres ese sanguinario! -gritó Piri sintiendo que se le revolvía el estómago-. ¡Admite de una vez que eres el voivoda Kazikli!
– Sí -dijo el hombre que tenía enfrente-. Así es como me llamaban los turcos hace años. Pero recuerda que ahora soy Baba ibn Abdullah, tu señor y tu amigo.
– ¡Estás loco!
– No, Piri, no lo estoy. Tú eres el ciego ante el verdadero terror que nos amenaza.
El joven corsario sentía que el suelo se abría bajo sus pies. Había confiado en aquel hombre y, en el mejor de los casos, era un loco. Y en el peor, el mayor asesino que habían conocido los tiempos.
– Nos engañaste a todos durante años -dijo-, pero sabía que había algo muy oscuro en ti. No quise creerlo hasta ahora, pero ya ha quedado muy claro que nos has traído hasta este lugar infernal con engaños.
– Para mí todo esto es tan extraño como para vosotros -dijo Baba-, pero… ¡no des un paso más, Jabbar!
El turco se detuvo. Sus manos estaban extendidas hacia el hombre que le había quitado el cuchillo.
– Escuchad -dijo el voivoda-, vamos a tranquilizarnos todos. Estamos juntos en esto y…
Piri no estaba dispuesto a escucharlo.
– No podrás aguantar así mucho tiempo, Kazikli -dijo-. Tarde o temprano tendrás que dormir.
Baba apoyó un pie contra la columna. Descansó la mano que sujetaba el cuchillo sobre su rodilla. Se sintió más cómodo y siguió hablando:
– Os pido que me dejéis explicarlo todo; luego os devolveré el cuchillo y podréis hacer conmigo lo que os plazca.
– Habla entonces -dijo Piri-, porque me siento impaciente por darte tu merecido.
Baba no se inmutó.
– Sí, soy el voivoda Kazikli. He sido aliado de los otomanos y luego he luchado contra vosotros y he vuelto a ser vuestro aliado… Eso carece de importancia, porque en realidad estoy combatiendo en una guerra mucho más elevada que la que tenéis frente a vuestras narices.
– Sí, eso le contabas al faquih, que luchabas contra los ÿinn… pero fueron turcos a los que torturaste y asesinaste.
– Otomanos, húngaros o la gente de mi país que había sido esclavizada por los ÿinn -dijo el voivoda-. Shaytanes con cuerpos humanos y almas endemoniadas. Pueden cambiar de forma y transformarse en animales, lobos o perros negros preferiblemente, y se alimentan de carne y sangre humana. Vuestro Profeta os advierte sobre ellos, ¿no es así?
– Sí -dijo Piri-, pero eso no significa que toda la gente que tú asesinaste fueran demonios.
– Quizá no toda -admitió-. Pero ellos aprovechan las guerras para confundirse con los combatientes de ambos bandos. ¡Vamos, Piri, seguro que has oído historias sobre esto! Hace doscientos años que vienen atacando vuestra frontera, mezclados con las hordas mongolas.