– Este hombre ha venido a ofrecerse en sacrificio, Halach Uinich, pero desconfío de él. Su pueblo es bárbaro. Los itzá queman puk ak para alimentar a los dioses, un humo miserable, mientras que ellos se atracan de manjares y se embotan la mente con el licor de pulque. El sacrificio es un deber sagrado, sin él la vida misma del universo se detiene.
El «Hombre Verdadero» alzó una mano para pedir a su sacerdote que guardara silencio y se dirigió al guerrero:
– Habla, itzá. Cuéntame qué es lo que te ha traído hasta aquí.
– Yo soy Koos Ich -dijo el gigante-. Soy un guerrero famoso entre los míos. Mi xtol che' jamás ha rehuido beber la sangre de un enemigo.
– He oído hablar de ti y de tus hazañas -dijo el Halach Uinich-. Por favor, acepta mi hospitalidad.
Invitó al guerrero a sentarse junto a él y pidió a las mujeres que le trajeran otro cigarro encendido. Era una delgada caña rematada por un nudo de hojas de tabaco bien apretadas a la que los mexica llamaban acáyetl. Las mujeres trajeron también un gran tazón de fresco chocolatl, con casi dos dedos de espuma. Pero Koos Ich rechazó aquellas golosinas extranjeras y permaneció en pie.
– Halach Uinich -dijo-. He venido libremente para luchar sobre la piedra de los gladiadores. No soy un prisionero de guerra, por tanto, tengo derecho a elegir la forma y el momento del sacrificio.
– Beey. Ésa es tu prerrogativa.
– Hoy mismo, al mediodía, pues los dioses así me lo han demandado. Si su voluntad es que sobreviva al combate, deseo que me entreguéis al lo'k'in putum que tenéis prisionero.
– ¿Esperas sobrevivir al sacrificio, gladiador? -le preguntó el Halach Uinich, algo irritado por la presunción del guerrero.
– Con la ayuda de Itzamna. Pero debo enfrentarme a tus guerreros y no a los mercenarios mexica que ya he visto que habitan en esta ciudad de piedra. ¿Encontrarás guerreros entre los tuyos con suficiente valor como para luchar contra un itzá desnudo y desarmado?
El Halach Uinich sonrió con desdén y se volvió hacia el sacerdote:
– ¿Qué opinas tú de la extraña petición de este bravo?
El Ahuacán soportó sin pestañear la mirada de su señor. Le estaba demandando una profecía, la obligación formal para iniciar sus acciones. El anciano sacerdote llamó a uno de sus acólitos y le pidió que registrara sobre papel sagrado sus palabras. Cortó un pequeño fragmento de una de sus orejas, dejó que la sangre goteara sobre el papel y dijo:
– El Universo se muere, el Sol agoniza, y el lo'k'in putum, es el mensajero del final. La sangre debe correr para que el Universo siga existiendo y vosotros, los itzá, debéis colaborar con vuestra carne y vuestra sangre para satisfacer el hambre de los dioses. Quizás el sacrificio de un solo itzá ya no sea suficiente, pero es aceptado.
Koos Ich se mostró impasible ante la amenaza del sacerdote, e hizo una petición más:
– Deseo ver al lo'k'in putum antes del combate.
– ¿Por qué motivo? -preguntó el Halach Uinich.
– Así debe ser. Estoy en mi derecho.
El señor de Amanecer se volvió entonces hacia su sacerdote y ordenó que se cumpliera la petición del guerrero.
Cuando el itzá se hubo marchado, el Halach Uinich volvió a concentrarse en el impresionante panorama. El sol trepaba por la pirámide del cielo e iluminaba el mundo. No podía comprender los mecanismos de los que se servían los dioses para mantenerlo en lo alto, pero tampoco había podido descubrir en qué consistía la naturaleza de aquellos extraños que habían sido empujados hasta su costa. El día que llegaron, los estudió con frialdad y atención, pero no supo decidir si eran animales de dos patas, con falso aspecto de hombres, o seres de madera o de maíz blanco como los que habían habitado los mundos anteriores al suyo. Intentó interrogarlos, pero en seguida comprendió que no hablaban una palabra de su idioma. Repitió sus preguntas en la lengua secreta Zuyua, con el mismo resultado descorazonador. No entendían, y esto era en sí mismo asombroso. ¿Mandarían los dioses como mensajeros a hombres de madera, salvajes, extraños, incultos, bárbaros, incapaces de comunicarse de alguna forma? Quizá sí, hacía mucho tiempo que él había renunciado a comprender a los dioses.
Pero en ningún caso osaría enfrentarse a sus designios.
Lo'k'in putum, «hombres de madera». Porque, como se lee en los textos antiguos, en el tercero de los mundos los hombres fueron creados de madera. No sabían pronunciar palabras y por eso mismo fueron destruidos por el Gran Formador. Entonces le mostraron el disco de oro que llevaba uno de ellos, grabado con los caracteres de los dioses, y comprendió el significado de todo aquello, antes incluso de que el Ahuacán se lo interpretara: los dioses habían enviado a aquellos hombres extraños como víctimas para el sacrificio, pero habían preservado a uno de ellos para que les comunicara su voluntad.
Cosa que haría, sin duda, cuando él quisiera.
Había pasado un año tzolkín desde entonces, y el lo'k'in putum aún no había dicho nada de interés, pero la llegada del guerrero itzá abría nuevos interrogantes.
– ¿Qué opinas de ese guerrero? -preguntó al Ahuacán cuando éste regresó.
– Es un hombre osado y valeroso…
– Es un guerrero águila. Un luchador del Sol.
– Eso es evidente, Halach Uinich.
– ¿Qué puede buscar aquí?
– La muerte. Sin duda resulta una víctima muy apropiada para la piedra de los gladiadores. Dejémosle que muera en ella.
– ¿Y si sobrevive? ¿Debemos entregarle al lo'k'in putum?
El anciano hizo un gesto de distensión acariciando los abalorios de jade de su collar, y dijo lentamente:
– Dejemos que los dioses hablen.
3
– Yo soy Lisán al-Aysar ibn al-Barrayan ibn Xahin al-Jatib.
Cada día se obligaba a pronunciar su nombre en voz alta, pues el temor de olvidarse de quién era, de su pasado, era cada vez mayor.
Sus maestros decían que el hombre fuerte es aquel que se regocija de ver cómo su mundo se le escapa entre las manos.
Él no se sentía fuerte en absoluto, pero seguía viviendo.
Los primeros días parecían haberse estirado hasta el infinito. ¿De verdad habían sido días? A Lisán le habían parecido meses, años… En realidad tenía un recuerdo muy vago de ellos. Después de la ceremonia lo habían encerrado, solo, en una choza. Recordaba haber pasado las horas tumbado sobre la paja que cubría el suelo y las lágrimas escurriéndose sin ningún esfuerzo de sus ojos. Habían entrado en la choza para traerle comida en cuencos de barro que habían dejado frente a su rostro. Luego habían regresado a retirar los cuencos, que no había tocado. Y apenas se había movido, con la mejilla pegada al suelo, respirando el polvo mezclado con sus lágrimas y rogándole a Dios que lo librara de una vida que ya no deseaba seguir viviendo. No con el recuerdo de ese día…
– ¡Sobrevive!
Lo había oído con claridad. No podía ser un sueño, Lisán aún sentía en sus oídos el eco de la voz de Ahmed gritándole:
– Sobrevive, hermano. ¡Sobrevive!
Lisán se había incorporado un poco y había aguzado el oído. El interior de la choza seguía oscuro y sólo unos trazos de luz se colaban entre los palos que formaban las paredes. A lo lejos se oían algunas voces parloteando en aquel idioma incomprensible y el cloqueo de las aves gordas que correteaban libres por el poblado… No, él lo había oído claramente. A Ahmed, a su hermano…