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¡Sobrevive! Era una señal de Dios, no podía ser otra cosa. Se acercó a uno de los cuencos y estudió su contenido. Introdujo los dedos en él. Era una especie de gacha fría, amarilla y espesa. Se la llevó a los labios y sintió un sabor dulzón, muy aromático, que le pareció delicioso. ¿Cuánto tiempo llevaba sin comer? Rápidamente dio cuenta del contenido de aquel cuenco y tomó otro. Estaba cubierto con una tapa, para que mantuviera el calor. Se lo llevó a la nariz para olerlo. El vientre se le estremeció con una arcada. Arrojó el cuenco bien lejos, que se estrelló contra una de las paredes y se rompió, derramando su contenido. Se tapó la nariz con ambas manos para no olerlo. Era carne. Carne asada. Debía de ser la carne de uno de aquellos pajarracos gordos, pero en realidad a Lisán no le importaba. El olor a la carne humana asándose al fuego se había pegado al interior de su nariz como una costra endurecida. Seguía sintiéndolo, cada vez que respiraba, y el hedor de aquella carne que estaba ahora derramada por el suelo de la choza le parecía insoportable. Intentó taparla, arrojándole puñados de paja, pero seguía oliéndola. Volvió a hacerse un ovillo y a pegar el rostro contra el suelo.

«Sobrevive», le había dicho su hermano.

– De acuerdo, lo haré. Pero dame un poco de tiempo.

Una semana después, los sacerdotes lo condujeron a un edificio anexo a uno de los grandes templos de la ciudad, donde imaginó que iban a prepararlo para su inevitable sacrificio. Caminó con dificultad, pues el golpe que había recibido en los riñones le había hecho orinar sangre durante días, y seguía sintiéndose muy débil. Al atravesar sus puertas de piedra se vio en el interior de un amplio espacio casi vacío. Allí no había muebles de ningún tipo, tan sólo esterillas de algodón donde, como silenciosos buitres, se sentaban otros sacerdotes de rostro arrugado y mirada perdida. Sólo unas tablas de madera decoradas con plumas repartían el espacio interno. El suelo era de tierra rojiza apisonada, y las paredes estaban blanqueadas con cal y decoradas con frescos. A través de las pequeñas ventanas cuadradas apenas entraba la luz, y uno de los rincones estaba iluminado gracias a unas antorchas de madera resinosa. Un sacerdote, casi tan anciano como el Ahuacán, lo esperaba en aquel rincón, sentado tranquilamente sobre una estera. Vestía de negro y tenía los cabellos enmarañados por la sangre seca.

Obligaron a Lisán a sentarse frente a él. El viejo sacerdote tenía en sus manos el disco de oro que un día le diera Baba y que los hombres-tigre le habían arrebatado. Se inclinó hacia Lisán y colgó nuevamente el disco de su cuello. Sin comprender nada de lo que estaba pasando, el andalusí permaneció sentado sobre la estera, con el torso erguido. El sacerdote tenía junto a él un cesto lleno de flores de corola amarilla. Levantó una de ellas ante el rostro del andalusí y dijo, pronunciando muy lentamente, tal y como alguien le hablaría a un niño sordo:

– Lool.

Lisán asintió.

– Lool… Entiendo que significa algo así como «flor»… o quizá «amarillo»… ¿Qué es lo que pretendes hacer? ¿Enseñarme tu idioma?

No podía imaginar para qué, si su destino era el sacrificio. Pero tampoco era comprensible por qué sus hermanos habían sido cuidadosamente curados para luego ser cortados en trozos por aquellos mismos sacerdotes.

– Lool -repitió el anciano. Y con paciencia fue colocando una a una las flores frente al extraño mientras recitaba-: Hun lool, ka'lool, óox lool, kan lool…

Al colocar la quinta se detuvo. Observó el rostro del extraño para comprobar que éste permanecía atento y usó el extremo del mango de su abanico para trazar una línea recta en la arena, bajo las flores.

Y cinco, comprendió Lisán. Bajó la vista hacia su pecho y comprobó que ésos eran precisamente los símbolos grabados junto a las perforaciones del disco de oro. Un punto significaba «uno» y cada raya horizontal tenía un valor de cinco. Miró al anciano y asintió para indicarle que había entendido. El viejo sacerdote apartó las flores y borró con la mano la línea trazada en la arena. Luego, dibujó cuidadosamente una concha y el faquih dedujo, admirado, que aquel símbolo significaba «cero».

Habían empezado a comunicarse.

Más tarde supo que el nombre del viejo sacerdote era Namux, y que era el chilán, el encargado de oficiar las ceremonias de sacrificio. Aquel que embadurnaba con sangre la cara del dios al que se honraba, aquel que tenía derecho a las manos y los pies del sacrificado. Namux pertenecía a la etnia xiu, por lo que a pesar de su gran sabiduría jamás podría llegar a convertirse en Señor Serpiente, ni ocupar un puesto en el Ah Cuh Caboob, el consejo de ancianos. Sin embargo, había sido maestro del propio Halach Uinich, por lo que era respetado por todos. También, y esto era lo extraño, por Lisán, que poco a poco lo fue considerando como una persona llena de dignidad, como un viejo y sabio qadi, que se esforzaba en hacer bien su trabajo. Con el paso de los días, Namux lo fue instruyendo en aquella milagrosa matemática como primer paso para que aprendiera su lengua.

Lisán se entregó en cuerpo y alma a las lecciones. Sobreviviré, Ahmed. Por un tiempo al menos. Mientras estuvieran ocupados enseñándole no lo sacrificarían.

Empezó a vislumbrar el mundo en el que vivían aquellos hombres, y éste era mucho más complejo de lo que pudiera haber imaginado. ¿Cómo había surgido una cultura tan extraña como aquélla? Temible y sanguinaria y, a la vez, sabia y refinada. La sorpresa continuada de aquel mundo le hacía deducir que se hallaba en una tierra desquiciada, donde convivían hallazgos contrapuestos. No había visto, por ejemplo, más que herramientas de piedra, propias de los salvajes más primitivos. Parecían desconocer los metales, excepto el cobre de los collares con que se decoraban. Tampoco había visto ruedas, ni carruajes, ni animales de tiro: los fardos más pesados eran transportados directamente sobre las espaldas. Como sistema de iluminación usaban antorchas, en vez de velas o candiles de aceite. Al mismo tiempo, eran capaces de levantar aquellas increíbles construcciones que desafiaban los secretos de los arquitectos del antiguo Egipto, y sus matemáticas les permitían resolver operaciones que habrían amedrentado a los más sabios de su país.

Además, estaba el recuerdo de lo sucedido aquella noche, tras el sacrificio de sus hermanos, cuando contempló cómo uno de aquellos guerreros cubiertos con la piel de un tigre se transformaba, ante sus ojos, en una bestia. Lisán dudaba de ese recuerdo, no podía creer que fuera otra cosa que una alucinación producida por el terror y la fiebre. Pero si había sido una pesadilla, era tan horriblemente real que esa imagen había quedado marcada en su mente. Casi podía volver a verla cada vez que cerraba los ojos. Empezaba a considerar que quizá fuese cierto todo lo que le había contado Baba sobre demonios que convivían con los hombres.

Y, cuando hubo aprendido lo suficiente de aquel idioma, pudo al fin descifrar las misteriosas palabras que habían sido pronunciadas ante la vista del disco dorado y que él había guardado en su mente. H-uuch-been uinicoob: «Es de los Hombres Antiguos».

El nombre de la ciudad en la que estaba prisionero era Zama, una palabra que significaba «Amanecer»; no en la lengua que estaba aprendiendo, sino en otra más antigua. «Zama» le recordaba el nombre de una ciudad de al-Andalus, pero los hermosos amaneceres que se podían contemplar desde los acantilados le daban la única alegría que tenía cada día: la salida del sol, que le indicaba dónde estaba su mundo, su casa y sus lugares sagrados. El resto del día, las semanas, los meses, se iban desgranando como elotes en las manos de las mujeres nativas. Perdida la esperanza de regresar a su mundo, se fue hundiendo en la monotonía de la existencia. Su mente desconcertada veía pasar los días con indiferencia y aceptaba las lecciones de aquel viejo sacerdote. A veces pensaba en escapar, aunque no podía imaginar cómo. ¿Qué podría conseguir si lograba robar una canoa de entre las muchas que descansaban en la playa? ¿Volver a estar a merced de las olas, cocerse los sesos al sol y morir a la deriva? ¿O escapar hacia la jungla y perderse solo en aquel sudario verde? El mar a la espalda, la selva delante. De aquí no hay huida posible que me asegure el sobrevivir, hermano.