Pero Koos Ich los sorprendió.
Brincó fuera de la piedra del sacrificio, por encima de sus cabezas, un salto impresionante que lo llevó a aterrizar sobre la arena de la plaza, justo detrás de ellos. Sin detenerse, se lanzó hacia delante hasta que el salvaje tirón de la cuerda al tensarse lo retuvo.
El gladiador del tocado de quetzal fue el primero en reaccionar. Giró sobre sus talones y cargó contra Koos Ich. Una borrosa figura de rutilantes plumas verdes que descargó un feroz mazazo en cuanto lo tuvo a su alcance. El itzá intentó desesperadamente pararlo, interponiendo su macana de madera y plumas, pero el golpe fue tan violento que el arma rebotó contra ella y únicamente consiguió desviar un poco su trayectoria. Los filos de sílex lo alcanzaron y le abrieron varios tajos paralelos, muy profundos, en el pecho.
La primera sangre salpicó y se oyó un alarido de júbilo surgir de los presentes al ver al extranjero herido. Sin embargo, Koos Ich había conseguido lo que buscaba a cambio de esa sangre. Ahora estaba en la posición correcta para realizar la maniobra que había planeado. Esquivó sin dificultad un nuevo golpe lanzado por su atacante verde y, sin molestarse en responderle, giró a su alrededor, lo enredó con la cuerda y lo derribó.
El júbilo de los espectadores se transformó en un murmullo de sorpresa. El otro gladiador tardó un instante en reaccionar. Perdió un tiempo valiosísimo intentando advertir a su compañero cuando comprendió lo que el itzá se proponía. Más que suficiente para que Koos Ich rodeara el cuello del guerrero verde con la soga y lo obligara a ponerse en pie. Se apretó contra su espalda e interpuso su cuerpo como escudo frente al azul.
El cocom que se había transformado tan inesperadamente en prisionero del hombre que pretendía sacrificar parecía desesperado. Soltó la rodela y la macana y se llevó las manos a la garganta intentando introducir los dedos entre cuerda y piel para aflojar el lazo y respirar.
– Relájate -le susurró Koos Ich al oído-. Esto va a acabar pronto.
La tranquilidad de sus palabras aun enfureció más al gladiador, que se debatió con todas sus fuerzas y lanzó patadas hacia atrás intentando alcanzar las espinillas de Koos Ich.
El gladiador azul miraba a los dos hombres, pegados uno contra otro en una extraña danza que parecía casi obscena. No sabía qué hacer. Cómo enfrentarse a aquella situación tan inesperada. Lanzaba titubeantes golpes con su arma, pero Koos Ich interponía con destreza el cuerpo del gladiador verde. A la vez, retrocedía lentamente y obligaba a su presa a seguirlo alrededor del disco de piedra, al que seguía unido por la soga. Los dos gladiadores cocom sentían la mirada de todos los presentes, y la vergüenza y la rabia de haber sido puestos en esa situación.
Hubo un largo intervalo de silencio en el que nadie parecía saber qué hacer a continuación. Todo se había detenido de momento. Koos Ich podía oír la sangre de su pecho salpicando sobre la arena, como las primeras gotas de un chaparrón.
De repente, un feroz alarido de guerra rompió aquel momento de silencio y el gladiador azul arremetió lleno de rabia. Descargó un golpe salvaje, que buscaba partir en dos el cráneo de Koos Ich. Pero éste interpuso a su prisionero y fue él quien lo recibió entre el cuello y el hombro. Un solo golpe, pero que le desgarró las arterias e hizo brotar de ellas un violento chorro de sangre.
El guerrero itzá tuvo una breve visión mientras aquel hombre moría entre sus brazos, lo había visto en un par de ocasiones y lo imaginó allí mismo con nitidez: el tentáculo del chu'lel soltándose de su punto de anclaje en la espalda del agonizante y replegándose a toda velocidad como un luminoso miembro amputado.
El gladiador azul dio un respingo y retrocedió, asombrado por lo que acababa de pasar. Su compañero arrojaba sangre por la boca y su vida se extinguía ante sus ojos. No podía ser. Se quedó mirando el cuerpo derribado, temblando de rabia. La multitud también miraba asombrada, casi en silencio. La respiración agitada de los dos combatientes y el jadeo del moribundo eran el sonido más fuerte.
Koos Ich se deshizo del cuerpo inerte y reculó alrededor del disco de piedra. El gladiador azul saltó sobre el cadáver y se abalanzó tras él. Le dio alcance y le atravesó con un golpe de derecha a izquierda. Los dientes apretados, la hiel en la garganta: ¡Muere!
El itzá levantó la mano izquierda y contuvo el descenso del arma en el aire, sujetándola por el mango. Al mismo tiempo, golpeó con la derecha el costado de su enemigo, con la mísera macana de plumas, por lo que no consiguió hacerle ningún daño. El gladiador se zafó y, con toda la rabia acumulada empujando su brazo, descargó un nuevo machetazo directamente en la garganta del extranjero. La pala de madera trazó un arco silbante y se estrelló contra la macana de plumas interpuesta como escudo.
Esta vez el choque fue tan violento que el arma del itzá se partió en dos. Koos Ich se deshizo de aquel trozo de madera astillado y siguió retrocediendo hasta que sus piernas tropezaron con el borde de la piedra del sacrificio y no pudo seguir haciéndolo. El cocom embistió entonces, con el rostro desencajado. Sus ojos relucían con una maníaca alegría tras la máscara de plumas azules. Había comprendido que el itzá ya no tenía escapatoria.
– ¡Ahora muere, maldito! -gritó.
Pero Koos Ich no estaba dispuesto a ponérselo tan fácil. Se inclinó hacia un lado y dejó que la macana pasara rozándole el costado desnudo. Luego, flexionó las piernas para tomar impulso y dio un espectacular salto. El siguiente tajo del gladiador sólo pudo cortar el aire, mientras el itzá, desequilibrado, caía de espaldas sobre la superficie plana de piedra.
Inmediatamente, rodó para alejarse de su enemigo que ya estaba sobre el disco del sacrificio, dispuesto a perseguirlo hasta el fin. Mostrando los dientes con un gruñido y con los ojos llameantes, el cocom lanzaba machetazos que arrancaban esquirlas de la piedra. Golpe. Golpe. Intentaba cazar a su escurridizo y desarmado oponente, que giraba sobre sí mismo, a toda velocidad, para esquivarlos.
Koos Ich alcanzó el otro extremo del disco y se dejó caer al suelo. Se arrastró frenético sobre el polvo. Su objetivo era la macana con filos del gladiador muerto. La tenía casi al alcance de la mano. Estiró un brazo todo lo que pudo… pero era imposible. No llegaba. Por sólo un palmo, la cuerda se lo impedía.
Tras él aterrizó su implacable perseguidor. Avanzó lentamente, sin prisas, con cierta solemnidad. Sabía que esta vez el itzá iba a morir y quería recuperar un poco de la dignidad que había perdido durante aquel estrafalario combate.
El cocom estaba casi sobre él. Koos Ich se volvió y lo miró directamente a los ojos. Pudo ver los restos de la furia irracional que se había apoderado de aquel hombre, que no esperaba ver morir a su compañero a manos de un sacrificado. Y también observó otra cosa: la cuerda que ataba su cintura estaba ahora entre las piernas del cocom…
La ira te reduce a un ciego manojo de reflejos.
Agarró la soga con las dos manos y tiró de ella con todas sus fuerzas.
La cuerda se tensó y golpeó al gladiador en los testículos. Paralizado por el dolor, cayó de rodillas, sin respiración, con los dientes apretados y las dos manos en la zona dolorida.
Koos Ich se incorporó con calma. El gladiador se retorcía en el suelo. Le robó su macana y de un tajo puso fin a su sufrimiento. Después, cortó la soga que todavía lo mantenía unido a la piedra del sacrificio y se volvió hacia sus enemigos, desafiante, con el arma firme entre sus manos.
A su alrededor se había producido un silencio mortal. Nadie quería creer lo que acababa de suceder. El guerrero itzá no soltó la macana. Avanzó con ella en la mano, lentamente, entre las filas de nativos que se apartaban a su paso, y se dirigió a donde estaban los nahual. La sangre le resbalaba por el pecho hacia el estómago. Ni siquiera miró a los engendros cuando le hizo una seña a lo'k'in putum y le dijo: