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Un embarcadero apareció ante ellos tras doblar un recodo del canal. En él, la piedra labrada con motivos florales se enredaba con las raíces de los troncos milenarios hasta resultar inseparable lo uno de lo otro. En su superficie aguardaban una docena de sacerdotes ataviados con capas de plumas verdes y tiaras de jade y esmeraldas; sus rostros y sus manos estaban pintados también de verde.

– Nos esperaban -comprendió Lisán-, han debido de vigilarnos durante todo nuestro trayecto por el canal.

La canoa de Sac Nicte atracó y los hombres del embarcadero ayudaron a la sacerdotisa a saltar a tierra. Después echaron sobre sus hombros una capa de plumas y una tiara verde semejante a la que ellos lucían. Mientras ella hablaba con uno de los sacerdotes, Koos Ich y Lisán desembarcaron, pero se mantuvieron a distancia. Cuando la conversación terminó, el sacerdote saludó respetuosamente a la mujer y se marchó a toda prisa.

– Ve ahora a su lado -dijo Koos Ich al andalusí.

– ¿Vuestra ciudad está cerca? -preguntó Lisán, mientras caminaba junto a Sac Nicte.

– Ésta es nuestra ciudad -respondió la mujer señalando a su alrededor-, la piedra y el árbol forman nuestros hogares, nuestro corazón y nuestra sangre.

Se adentraron juntos en la floresta. Una suave bruma se elevaba desde el suelo, lo que le daba al aire un aura de irrealidad. Lisán observó que no había ramajes ni lianas que entorpecieran el paso por los zigzagueantes senderos. Tal y como había intuido en el canal, aquél era un inmenso bosque cultivado, cuidado y desbrozado por expertas manos humanas. Abundaba un árbol de tronco amarillento, ligeramente parecido a la encina. Y otro lleno de espinas largas y duras que surgían a pares por todo el tronco, de modo que era imposible acercarse sin resultar ensartado. Descubrió unos ajenjos frescos y olorosos, de hojas más largas y delgadas que los de al-Andalus, y muchas otras hierbas que le recordaban a especies conocidas, mientras que otras le resultaban completamente extrañas.

Muchos árboles tenían pequeños cortes en sus troncos, por los que se derramaba, gota a gota, su resina para ir a parar a un receptáculo de jade sujeto al tronco con cintas.

– La sangre de estos árboles es sagrada -le explicó la sacerdotisa cuando Lisán le preguntó por esto-, de ella extraemos el puk ak para ofrendarlo a los dioses.

Lisán miró a un lado y a otro sin conseguir ver nada semejante a un edificio o una choza.

– ¿Es que vivís a la intemperie? -preguntó.

Sac Nicte sonrió y dijo:

– Cuando nuestros antepasados fueron expulsados de Chichén Itzá, nuestro pueblo cayó en el desánimo, pues para nuestros sacerdotes aquélla era una prueba irrefutable de que los dioses nos habían vuelto la espalda. Deambulamos entre ciudades en ruinas buscando un nuevo lugar donde asentarnos, y así llegamos a una ciudad abandonada, en cuyo centro se elevaba el árbol Yaxcheelcab, la Gran Ceiba Sagrada. Llamamos Uucil Abnal a la ciudad bajo la ceiba, pues éste era el nombre original de nuestra Chichén Itzá.

Mientras decía esto, fue apareciendo la ciudad. Primero un edificio a la izquierda, con viejas paredes de piedra labrada que asomaban a través de los árboles. Luego otros más. Sus muros, los escalones, la plataforma en la que se asentaban, y el área circundante, estaban cubiertos de una frondosa vegetación verde oscura, lo que le daba un asombroso aspecto lleno de misterio.

Los árboles habían crecido durante milenios a través de Uucil Abnal. Las piedras labradas por los antiguos habían sido apresadas por los troncos de árboles gigantescos que, al alzarse sobre el suelo, las habían arrastrado con ellos, hasta que sus sombrías columnas se perdían entre las hojas. Templos abrazados por raíces que, como una serpiente de mil cabezas, se enredaban entre sus losas ciclópeas. La ciudad estaba dispersa por la selva, con sus piedras engarzadas en la madera hasta que era imposible distinguir dónde acababa la roca y dónde continuaban las ramas que se extendían de un edificio a otro, como las arterias en un cuerpo humano.

– ¡Allah es grande! -exclamó Lisán-. ¿Qué lugar mágico es éste?

– Ésta es una tierra muy antigua -dijo la mujer-. No olvides esto nunca. Las piedras de esta ciudad fueron labradas en la oscuridad por los saiyam uinicoob, los enanos ajustadores, antes incluso de que el Sol y la Luna ocuparan su lugar en el cielo.

Na Itzá esperaba sentado frente a su casa. Por las mañanas le gustaba desayunar allí, a la vista de todos, y animaba a los hombres que cruzaban, de camino hacia sus milpas, a sentarse un rato con él y compartir sus tortillas calientes, mientras le contaban sus problemas o preocupaciones. Na Itzá significaba «la casa de los Itzá», y era uno de los linajes más antiguos y nobles de aquel pueblo. El señor de Uucil Abnal, el Ahau Canek, era un hombre respetado por todos, con fama de equilibrado y justo, que había sido un gran guerrero en su juventud. Aunque desde entonces había pasado mucho tiempo. Miró hacia el cielo y comprobó que el día había amanecido magnífico. La idea dominante entre los ciudadanos de Uucil Abnal era que los dioses llevaban una larga temporada favoreciéndolos, con buenas cosechas y maíz abundante que llenaba los silos hasta la misma embocadura. Y la buena dirección del Ahau Canek no era ajena a esta prosperidad. Aunque el adivino, como el pájaro de la desdicha, se empeñara en anunciar malos augurios y guerras cruentas que enturbiaban el futuro, Na Itzá permanecía tan imperturbable como su pueblo esperaba de él. Siempre con el mismo rostro amable ante la dicha o la calamidad. Y era esa serenidad lo que les traía la tranquilidad a todos.

Por el camino del embarcadero vio llegar a su hija, acompañada por el hombre extraño: alto, demacrado, vestido de negro y con el rostro cubierto de pelos oscuros. Na Itzá se puso en pie y salió al paso para recibirlos.

Cuando era niña, Sac Nicte había admirado sin resquicios a su padre. Podía percibir con claridad el profundo amor y el respeto que su pueblo le profesaba. «Tu padre es un gran hombre», le decían una y otra vez, y eso la llenaba de un orgullo tan grande que no lo podía expresar con palabras. Solía escabullirse entre las raíces de la Ceiba Sagrada para contemplar a su padre presidiendo el Consejo de la ciudad. Pasaba así las horas, mirándolo hablar, embobada. Si alguien hubiera intentado arrojar la más leve duda sobre las actuaciones y decisiones del Ahau Canek, lo habría tomado por un demente. Era paradójico que ahora estuviera tan cerca de cuestionar todo lo que su padre había significado para ella y para su pueblo. Todo. Ahora pensaba que había confundido los miedos que entonces no podía entender su mente infantil con esa integridad que siempre creía ver en él. Se decía que todos los hijos acaban por juzgar a sus padres, pero el juicio de Sac Nicte iba más allá de los límites de lo familiar; si Na Itzá se equivocaba, ese error podía ser el fin de su pueblo.

El Ahau Canek se volvió hacia el dzul y lo saludó formalmente, cruzando el brazo derecho sobre su pecho. Preguntó a su hija:

– ¿Puede entender nuestras palabras?

– Beey. Los cocom le enseñaron bien.

– Sé bienvenido a nuestra ciudad y acepta la hospitalidad de los hombres de Uucil Abnal -dijo Na Itzá.

Lisán se inclinó ante aquel hombre que lo miraba fascinado. Iba vestido con un taparrabos, con dos largos adornos muy elaborados que colgaban por delante y por detrás, hechos de plumas y pedrería. Se apoyaba sobre un báculo rematado con una figura humana tallada en obsidiana. Debía de ser un símbolo de mando, porque no parecía necesitarlo como apoyo. Parecía fuerte y seco como un viejo árbol. Cuero tensado sobre un armazón de duro roble. Su pecho y sus hombros estaban cubiertos de cicatrices coloreadas que trazaban complejos dibujos. Su pelo blanco lucía una tonsura semejante a la de Koos Ich.

Na Itzá cambió entonces a un antiguo dialecto xiu, incomprensible para Lisán, y continuó hablando con su hija: