Llegaron hasta los pies del árbol más gigantesco que el andalusí hubiera visto jamás. Se levantaba en el centro geométrico de Uucil Abnal, su copa se elevaba a más de trescientos codos de altura y arrojaba su sombra sobre las copas de los otros árboles. Sus ramas se extendían de forma asombrosa: nacían del tronco, muy ordenadas, de tres en tres o más, y se alargaban como un gigantesco parasol, abarcando con su sombra un amplio claro de la selva en el que apenas crecía nada. Al desarrollarse se había engarzado alrededor de un gran templo, que se había mantenido intacto gracias a que las raíces se trenzaron en torno a las piedras como un zarcillo de oro alrededor de un brillante.
– Éste es el Yaxcheelcab, la Ceiba Sagrada, el Árbol Cósmico del Centro del Mundo- le dijo Sac Nicte-. Pero dicen que apenas era una semilla cuando el propio templo fue construido, en este mismo lugar, por los enanos ajustadores. El Uija-tao nos espera en su interior.
Pero antes de entrar, el andalusí volvió a preguntarle por ese «Gran Vidente», y la sacerdotisa le explicó que disfrutaba de un gran poder.
– Semejante al del Consejo -dijo la mujer-. Incluso mi padre, el Ahau Canek, tiene la obligación de acercarse al Uija-tao dando muestras de profunda humildad y veneración. Y debe atenerse estrictamente a sus dictámenes…
Al parecer, entendió Lisán, el Uija-tao estaba íntimamente ligado a una deidad, cuya voluntad conocía al entrar en un estado extático y que comunicaba a su pueblo. A la vez, era una especie de prisionero en su templo arbóreo. Habitaba su palacio en celibato y estricta reclusión. La sacerdotisa y el andalusí atravesaron una amplia plataforma de mármol, incrustada en las retorcidas raíces de la Ceiba Sagrada, y se internaron en un edificio cuadrado rodeado de columnas. Era milagroso que las piedras de aquel templo no resultaran desmenuzadas por el abrazo de las raíces en lugar de mantener su forma y su consistencia.
En el interior ardían unas pocas antorchas colgadas de las paredes, pero apenas conseguían iluminar la turbia oscuridad de la sala. En un brasero cercano a la entrada se quemaba el puk ak, y el humo dibujaba una sinuosa serpiente blanca que empañaba el aire con un intenso aroma a incienso. Varios sacerdotes, desnudos y con sus cuerpos pintados con franjas verdes, se movían confundidos entre las sombras. Lisán se figuró por un momento que eran las raíces de la Ceiba Sagrada que habían cobrado forma humana y escapaban de su abrazo con la piedra. Uno de ellos lanzó al brasero más pastillas de puk ak decoradas de azul turquesa que al arder desprendieron más humo espeso, blanco y aromático. De lo alto colgaban unos tétricos adornos hechos con plumas y huesos humanos, que giraban lentamente.
Cuando sus ojos se acostumbraron un poco a aquella penumbra, vio a un anciano desnudo, tocado con una insólita mitra puntiaguda, sentado sobre las losas del suelo. Su sombra agigantada se reflejaba en el humo y se proyectaba contra las paredes y el techo, pero el Uija-tao era un hombre pequeño y delgado hasta lo enfermizo. Su piel no era tan oscura como la del resto de los nativos, y de su tocado con aspecto de mitra escapaba un pelo negro, largo y encrespado. Sujetaba frente a sí una lámina de cobre cuadrada, de un codo de lado, en cuyas esquinas había sujetos ocho sedales, cuatro blancos y cuatro negros. Mantenía juntos, con los dedos de la mano derecha, los cuatro blancos, uniéndolos en el vértice de una pirámide que tenía como base la lámina de cobre. Los cuatro negros estaban también unidos en su mano izquierda, que estaba por debajo del cuadrado metálico y que formaban, por tanto, una pirámide invertida.
– Acércate, dzul -dijo el anciano volviéndose hacia Lisán.
Colgaban, enredados en sus cabellos, unos grandes cascabeles de metal que sonaron cuando el hombrecillo movió la cabeza. Sus ojos eran turbios, como dos esferas de cristal desgastadas por el roce del tiempo.
Lisán buscó a Sac Nicte a su lado, pero la mujer había desaparecido. Miró hacia la penumbra, donde se alineaban los sacerdotes con sus espaldas pegadas contra la pared, y pensó que se había unido a ellos.
Dio un par de pasos hacia el anciano, que empezó a hablar:
– El Universo es un cuadrado plano, delimitado por un lagarto cuyo cuerpo está cubierto de símbolos mágicos. Dentro de este cuadrado se ubican los diferentes niveles cósmicos. De su centro nace Yaxcheelcab, la Gran Ceiba Sagrada, cuyo tronco y ramas sostienen el cielo y cuyas raíces penetran en el Inframundo.
Lisán se acercó un poco más y miró al Uija-tao con escepticismo.
– ¿Un plano? Ma'. No creo que tal cosa sea posible, pues yo he viajado desde el otro lado del mundo.
El Uija-tao clavó sus ojos en el andalusí.
– ¿Acaso consideras que tu mente es tan grande como para llegar a abarcar el Gran Todo? Existen niveles de la realidad más elevados de lo que imaginas. Un Universo invisible que consiste en una jerarquía de planos entre los que se produce un constante intercambio de energías. Todas estas realidades se tocan como las bases de dos pirámides contrapuestas, son infinitas en energía y durarán desde una eternidad hasta otra… -Dobló entonces los brazos e invirtió la posición de las dos pirámides-. Hoy me vas a acompañar hasta las puertas del Inframundo… y desde ellas te asomarás, por un momento, al Supramundo…
El anciano dejó a un lado la lámina de cobre y, al observar la expresión confusa de Lisán, añadió:
– No espero que lo entiendas todo inmediatamente, dzul.
– ¿Y por qué tienes ese interés en que lo entienda?
El anciano sonrió con su boca desdentada. Abrió una cajita de hueso en cuyo interior había una larga y negra espina de pez raya y un grueso cordón de algodón. Tomó ambas cosas con una de sus manos y se inclinó un poco hacia el andalusí.
– Porque intento averiguar quién eres y por qué te han enviado los dioses. Y creo que tú puedes ayudarme, pero antes debes aprender algunas cosas…
Ante los asombrados ojos de Lisán, el anciano asió su pene con una mano y con la otra se clavó la espina, atravesándoselo de parte a parte. Luego metió el cordón por el orificio que perforaba su carne y lo empujó con los dedos hasta que asomó ennegrecido de sangre por el otro lado. Mientras hacía esto, murmuraba una larga retahíla de palabras incomprensibles. La sangre que manaba del miembro del anciano resbalaba entre sus muslos, lenta, pringosa, y formaba un charco sobre el mármol, pero el Uija-tao no parecía afectado ni molesto por la mutilación que acababa de causarse. Se volvió a un lado y tomó una bandeja de madera con algo pequeño y oscuro troceado sobre ella. Se lo ofreció a Lisán.
– ¿Qué es eso? -preguntó el andalusí, preso de una repugnancia absoluta.
– Esto es Conocimiento, la forma que tienen los dioses de comunicarse con nosotros. Toma uno, pero no lo comas todavía, guárdalo en tu mano.
Lisán tocó uno de los trozos. No tenía intención de comerse aquella cosa. Era blanda y seca, algo esponjosa… Un hongo, comprendió. Lo cogió con dos dedos y lo guardó en la palma de la mano, tal y como el Uija-tao quería.
– ¿Y ahora qué? -le preguntó al anciano.
Al ponerse en pie, el hombrecillo hizo sonar los cascabeles. Apenas le llegaría a Lisán a la altura del pecho. Caminó con los pies descalzos sobre el suelo de mármol multicolor, dejando un rastro de sangre que se escurría desde los genitales. Su piel parecía ajada y enfermiza por la falta de sol, su aspecto le recordó a Lisán el de algunos reos que había visto salir a la luz tras pasar varios años en algún oscuro olvidadero.
– Sígueme, dzul -dijo.
Lisán caminó tras el anciano hasta una cavidad en el suelo, junto a una de las paredes, que formaba la entrada a un pozo. Se detuvo, mientras el Uija-tao cogía una de las antorchas; estaba hecha de palo de higuera y ardía limpiamente, aunque aquel turbio ambiente no permitía que su luz se proyectase hasta muy lejos. Con la antorcha en la mano, el anciano descendió por el agujero. El andalusí permaneció inmóvil, mirando aquel pozo sombrío sin saber qué hacer. Entonces alzó la vista y vio a Sac Nicte, junto a la pared de piedra.