La esfera azul que era la Tierra siguió creciendo ante sus ojos. El andalusí intentaba no perder detalle de aquella fantástica visión. Las manchas de nubes que salpicaban la atmósfera, formando delicados remolinos blancos. El preciso dibujo de los límites entre la tierra y el mar. La línea de sombra que marcaba el paso del día a la noche…
Y, mientras contemplaba todo esto, sucedió algo estremecedor.
El cometa continuó imperturbable su camino y Lisán comprendió que iba a chocar contra la superficie del mundo. Y así fue. El impacto se produjo casi al instante. No se oyó ningún ruido cuando la montaña de hielo estalló en una inmensa bola de fuego.
Con el corazón acelerado por lo que acababa de suceder, el andalusí vio cómo la luminosa esfera de luz azul quedaba pronto cubierta por un sucio velo gris oscuro. Recordó la destrucción de Thera y su Imperio del Mar: una bola de fuego caída del cielo los había aniquilado.
Recordó las palabras del sagrado Corán:
Cuando el Cielo se hienda,
cuando las estrellas se dispersen,
cuando los mares sean desbordados…
Cuando el Cielo se desgarre
y escuche a su Señor -como debe ser-,
cuando la tierra sea allanada,
y vomite su contenido, vaciándose…
– ¡En el nombre de Allah, el Compasivo, el Misericordioso!
El andalusí abrió la boca para gritar y engulló un trago de agua. Tosió y se debatió desesperado en la oscuridad, sin saber dónde estaba el «arriba» ni el «abajo», completamente desorientado. El líquido lo abrazaba y tiraba de él hacia el fondo, donde un ejército de muertos lo esperaba ansioso, con los brazos descarnados tendidos hacia él, intentando sujetarlo por las piernas.
Entonces, todo había sido un sueño, una alucinación de la mente, y ahora estaba de nuevo en las negras aguas del cenote… Y se estaba ahogando. Tras tantos meses de penalidades, su destino lo había alcanzado al fin. O quizá la realidad era que aún seguía junto a la Taqwa, en el momento justo de su hundimiento, en medio de la tormenta, y su infierno consistiría en revivir el horror de la muerte por toda la Eternidad.
Pero no. Estaba en el fondo del cenote, rodeado de cadáveres que se habían corrompido en aquellas aguas. Sin duda, los restos de aquellos que habían sido sacrificados antes que él y que llevaban mucho tiempo olvidados allá abajo, aunque las manos sin carne ni tendones de muchos de ellos todavía se abrían, implorantes, hacia una luz a la que ya no podrían regresar jamás. Había cráneos grandes y otros que parecían de niño, algunos reventados por el impacto contra las paredes de la oquedad. Sobre el pecho de uno de los cadáveres distinguió un medallón de jade, donde uno de sus monstruosos dioses sacaba la lengua.
El Uija-tao no le había dicho toda la verdad cuando le aseguró que aquel camino hacia el interior de la caverna sólo lo recorría él. Sin duda, siempre había descendido acompañado por una víctima para el sacrificio y luego había regresado solo. Tal y como había hecho con él. Y allí estaban sus predecesores. Mientras se hundía de nuevo hacia el fondo, vio las macabras carcajadas en cada una de aquellas bocas y la mirada burlona de sus cuencas vacías.
Unas manos lo sujetaron por el pelo. Un cuerpo vivo se pegó al suyo, notó su calor a través de la ropa mientras lo arrastraba con él hacia la superficie. Al fin logró sacar la cabeza y aspiró una bocanada de aire que se mezcló con el agua de sus pulmones. Empezó a toser de un modo angustioso, como si el pecho se le estuviera desgarrando por dentro. Su salvador estaba sujeto por una cuerda. Tiró de ella y lo remolcó hacia la orilla del cenote. Lisán no dejaba de toser, tenía la vista nublada y sólo alcanzó a distinguir unos ojos negros rodeados de sombras. Pero fue suficiente para reconocerla.
– Sac Nicte… -musitó antes de perder el sentido.
12
– ¿Cómo estás, faquih?
Lisán parpadeó varias veces seguidas, intentando centrar las imágenes que danzaban frente a sus ojos.
Baba estaba frente a él.
– ¿Estoy muerto y esto es el infierno? -preguntó.
– Ni una cosa ni la otra.
Al respirar profundamente sintió una punzada de dolor en las costillas, y recordó la agonía de notar sus pulmones llenos de agua.
– Si estoy a tu lado, esto puede ser sólo el Yahannam.
– Hieres mis sentimientos, faquih. Y ya te he dicho que no estás muerto.
Lisán miró a su alrededor y comprobó que se encontraba en el interior de la choza que Sac Nicte le había mostrado a su llegada a Uucil Abnal. Estaba tumbado sobre la litera, así que se incorporó y se enfrentó a Baba.
– Entonces tú eres un espectro.
El aspecto de Baba había cambiado. Ahora lucía una melena que le llegaba hasta los hombros y una barba tupida; y no llevaba otra cosa sobre el cuerpo que uno de aquellos taparrabos de algodón adornados con plumas.
– No, faquih, sobreviví al naufragio, igual que tú, junto a Piri, Dragut y Jabbar. Al parecer, nosotros cinco somos los únicos que quedamos de la desdichada tripulación de la Taqwa.
– Piri y… ¿también viven?
– Sí.
– ¿Dónde están?
– Oh -Baba agitó una mano, señalando hacia el exterior-, por ahí andan. Ya tendrás oportunidad de verlos.
– Pero ¿dónde habéis estado durante todo este tiempo? -preguntó Lisán-. ¿Cómo llegasteis hasta aquí?
– El Uija-tao mandó buscarnos, igual que hizo contigo. Pero tu rescate fue muy difícil, porque ya eras prisionero de los cocom, y hubo que esperar uno de sus años sagrados de doscientos sesenta días a que la disposición de los cielos fuera propicia para celebrar el sacrificio gladiatorio, la única forma en que podían sacarte de allí.
El recuerdo de sus compañeros asesinados hizo que Lisán se sintiera mareado de nuevo. Se inclinó a un lado como si fuera a vomitar, pero sólo eran arcadas. El esfuerzo hizo que el dolor de sus costillas se intensificara.
– Ahora debes descansar, faquih -dijo Baba mirándolo con expresión preocupada-, estuviste a punto de ahogarte…
– Lo recuerdo. -Lisán se pasó una mano por el rostro-. Y también recuerdo otras cosas… Me siento muy extraño, pero…
– Lo sé. Ya he pasado por eso.
– También viste…
– Sí. Y los turcos también. Pero creo que tu experiencia resultó más larga de lo normal.
– El fondo estaba lleno de cadáveres… -Lisán aún tenía en la mente esos últimos y agónicos instantes-. ¿Qué pretendían con todo eso?
– Creo que la idea al arrojar a alguien a un Cenote Sagrado, es que los dioses lo devuelvan con algún mensaje importante. Pero si éstos no están muy habladores, el sujeto se ahoga…
¡Habían intentado sacrificarlo! Como a sus compañeros, aunque por un sistema distinto. Pero lo importante era que aquella gente también había intentado acabar con su vida para satisfacer sus demenciales rituales de idólatras. Su situación no había mejorado, seguía prisionero de unos seres sanguinarios que acabarían con su vida tarde o temprano.
¿Jugáis el juego de los dioses?, le había preguntado la sacerdotisa. Y ahora esa pregunta parecía cargada de amenazas. El juego de los dioses…
– Dime -siguió diciendo Baba-, ¿llegaste a ver algo?
– No lo sé. Todo era muy confuso.
– Los efectos te van a durar unos días. Durante ese tiempo te va a resultar difícil concentrarte en las cosas y evitar que tu mente se disperse.
– ¿Es lo que vosotros sentisteis?