Выбрать главу

Ella llevaba un cuenco de barro envuelto en unos trapos de algodón, atole y tortillas recién hechas que se mantenían calientes en el interior de una calabaza.

– Has dormido dos días enteros -le explicó Sac Nicte, mientras descubría el cuenco que contenía habichuelas y carne.

– ¿Dos… días? -Le costaba creerlo.

– Es normal después de haber viajado con el kuuxum. Ahora debes alimentarte bien y recuperar tus fuerzas.

El estómago se le estremeció ante el delicioso olor de aquella comida. Sac Nicte rellenó una de las tortillas con el guiso y se la tendió a Lisán. Él dudó un momento y le preguntó:

– ¿Qué clase de carne es ésta?

– Guajolote.

Era una de aquellas aves grandes y de aspecto un poco repulsivo que correteaban por todas partes. Lisán la probó y la encontró deliciosa, con un sabor que estaba entre el pollo y el faisán. De vez en cuando tomaba un sorbo de atole, una bebida que consistía en una especie de gachas claras de maíz.

– El Uija-tao me ha pedido que te acompañe al Templo de los Escribas. Quería avisarte para que estés preparado.

– ¿Qué asunto tengo yo allí?

– Él quiere que conozcas el Códice de la Vida. Quiere saber si te inspira alguna revelación.

– De acuerdo -dijo Lisán sin dejar de comer-. Iremos más tarde, ¿no?

Ella se levantó y se dirigió hacia la puerta de la choza. Pero antes de salir se detuvo y se volvió de nuevo hacia el andalusí.

– ¿Cómo te encuentras, Lisán al-Aysar?

– Bien. Creo que debo agradecerte eso. Me salvaste la vida.

– Sin embargo, noto que tu actitud hacia mí ha cambiado. ¿Por qué?

Lisán alzó la vista hacia ella.

– Tú me llevaste hasta allí… Vi todos esos cadáveres en el fondo del cenote… Todas esas vidas destruidas inútilmente…

– Ma'. No inútilmente.

– ¿Cómo podéis hacer algo así? -le preguntó él.

– Atravesamos la tierra con nuestros palos y ella nos entrega el maíz. El sacrificio es necesario para que la tierra nos siga concediendo su alimento. Es necesario para devolverle una parte de lo que ella nos da.

– Lo siento -dijo Lisán, bajando la vista para que ella no pudiera ver el odio en su mirada-. Es sólo que pensé que erais diferentes de los cocom.

– No somos diferentes de los cocom, ni de los mexica, ni siquiera de vosotros los dzul, porque todos somos parte del chu'lel.

El andalusí sacudió la cabeza y apartó el cuenco vacío.

– Nada justifica el sacrificio humano.

Ella se sentó frente a él y buscó que sus miradas se encontraran.

– Dijiste que me recordabas… -musitó.

Lisán alzó el rostro y contempló a la mujer.

– Eso es lo que creí. Pero es evidente que mis sentidos me engañaron. A veces, cuando deseas algo con mucha fuerza tus ojos te muestran lo que querías ver. Yo estaba aterrorizado y necesitaba estar frente a un rostro amigo. Y eso fue lo que vi, pero no era real.

Ella colocó su mano sobre los labios del andalusí y cerró los ojos.

– Un rostro amigo. Escúchame. Yo también te recuerdo… girando alrededor de un santuario, un templo de forma cúbica, cubierto por una tela negra… En una de sus esquinas hay un trozo de roca caída de los cielos…

Lisán se apartó un poco, hasta que su espalda chocó con la pared de la choza. Sac Nicte estaba frente a él, la luz que penetraba entre los palos dibujaba líneas brillantes sobre su rostro. Sus ojos estaban totalmente iluminados.

– Tú…

– Dijiste: «Aun perdiendo la vida, mi amor permanecería…». ¿No fue eso lo que dijiste entonces?

– ¿Cómo es posible?

Sus ojos… Ahora volvía a estar todo tan claro… Ella siguió hablando:

– Y también dijiste: «Mi corazón quedó atado a la madeja de tu cabello desde antes de la Eternidad. Nunca se rebelará, ni aun después de la Eternidad; nunca romperá su pacto…».

– Tú estabas allí, en el otro lado del mundo… No es posible…

– Ma', nunca estuve en tu tierra, y esa visión fue siempre un enigma para mí. ¿Qué era ese edificio cuadrado? ¿Por qué tantos hombres caminaban a su alrededor? Todo era extraño y seguramente lo hubiera desechado como un sueño absurdo si no hubiera descubierto tu rostro entre toda esa gente.

– ¿Lo soñaste?

– Beey. Todo era inconcebible, pero tan real… Me costaba seguirte entre aquella muchedumbre, hasta que tú te apartaste de ellos y tomaste un sendero más tranquilo. Entonces te vi con toda claridad, en mi sueño, y escuché tus palabras: «Aun perdiendo la vida, mi amor permanecería…».

Lisán intentó recordar. ¿Él también lo había soñado? ¿Había hablado realmente con la mujer? Recordaba haberse encontrado con ella en aquel callejón, mientras paseaba ensimismado con la casida. ¿De verdad recitaba en voz alta? ¿Ella le había respondido?

Entonces supo cómo había sucedido todo. En su memoria alzó los ojos y éstos se encontraron con los de una mujer cubierta con el velo. No eran los ojos de Sac Nicte y apenas se desviaron hacia él. La mujer siguió apresuradamente su camino, quizás asustada por aquel loco que hablaba solo. Luego sus sueños habían embellecido el recuerdo y habían colocado a Sac Nicte en él. A la mujer a la que no conocería hasta muchos años después, en el otro lado del mundo, en una tierra desconocida.

– No puede ser -musitó-. No puede ser.

– El Mundo es el cuerpo de Nun-Yal-He -dijo ella-. Los dos somos parte de él, y los dos estábamos unidos desde el mismo día de nuestro nacimiento… Desde antes incluso, como Hunahpu y Xbalanque, los Gemelos Héroes, que se enfrentaron a los Señores de la Muerte y fueron cortados en mil pedazos para luego ser restaurados a la vida… ¿Acaso no lo sientes así?

Lo sentía exactamente así. Lo había vivido en el interior del cenote y ahora tenía la prueba. Era imposible que alguien conociera su sueño más querido y oculto… A no ser… Había dormido durante dos días enteros como consecuencia de aquel hongo que había comido… ¿Es posible que hubiera hablado en sueños revelando así todos sus secretos? Se decía que el hachís, utilizado de una forma determinada, podía convertir a los hombres en esclavos. ¿Cuáles serían los poderes de aquella sustancia que había ingerido?

Pero no. No era posible. La mujer que tenía ante él era la mujer soñada. Estaba seguro de esto, tanto como de que se conocían desde siempre. Era difícil de explicar, pero cada partícula de su cuerpo experimentaba una intensa sensación de reconocimiento.

– Beey -dijo emocionado.

Ella introdujo los cinco dedos de su mano derecha en el cuenco de atole. Cuando retiró un poco la mano, aquellas gachas siguieron pegadas a sus dedos y se formaron cinco protuberancias en la superficie blanca del atole.

– Fíjate, así somos todos los humanos. Formamos parte de una misma sustancia, el chu'lel, de la que nacen nuestras almas individuales. Por eso tú y yo podemos compartir nuestros sueños, a pesar de la distancia en el mundo real.

En árabe, el «alma individual» se denomina nafs. Pero Lisán comprendió que el término ruh se ajustaba más a lo que la sacerdotisa estaba tratando de explicarle. El ruh era el principio vital en general, mientras que el nafs era principio vital ya individualizado.

El ruh fecunda el cuerpo, y cada cuerpo genera su nafs.

Es el soplo de vida en el hombre, solía decir su murshid, pertenece a Allah pero vivifica al hombre mientras dura su estancia temporal en el mundo. Pero nunca pasa a ser parte del hombre. Es como la lluvia que cae del cielo y fecunda la tierra a su paso, pero que a su tiempo se evapora de nuevo sin llevarse nada de la tierra que irrigó.