Asombrado por la perfección de aquel mapa, Lisán siguió el trazado de la costa con su dedo.
– Pero…
– Efectivamente, amigo mío -rió Piri-. No estamos en una isla, sino en un continente inmenso. Y mira esto… al otro lado del océano están nuestras tierras, nuestro mar y nuestras costas… ¿Las reconoces?
– Sí. Aunque nunca había visto un mapa tan detallado.
– Observa esta otra tierra ignota… -Piri pasó las páginas plegadas como un biombo del códice-. Un inmenso continente al sur, cubierto por completo de hielo.
– Es asombroso.
– ¿Puedes imaginar el valor de estas cartas para un navegante? En la práctica, esto representa tener el mundo en tus manos. No hay nada que no pudiera hacer un buen piloto con mapas como éstos, ni lugares que no pudiera alcanzar.
– Estás muy emocionado, amigo mío -dijo Lisán-, pero debo recordarte que somos prisioneros de estas tierras y que sin una nave adecuada de nada nos valen todas esas cartas.
Piri lo miró fijamente y dijo:
– No tengo intención de quedarme aquí para siempre. Estos hombres son expertos navegantes, conocen esta costa como la palma de su mano…
– ¿No pretenderás que crucemos el mar Océano a bordo de uno de esos troncos ahuecados?
– Escucha, esto es más importante que tu vida o que la mía. ¿Es que no lo ves?
– No entiendo a qué te refieres.
Piri golpeó el primer códice con el dorso de la mano.
– Esto, faquih. Tú debes comprenderlo mejor que nadie. Esto va a cambiar las artes de navegar. Nuestras naves recorrerán el mundo entero, conquistándolo e incorporando tierras sin fin a la Verdadera Fe. Ninguna nación de infieles podrá oponérsenos. El dominio del mar será nuestro para siempre…
– Pero… ¿cómo esperas regresar a nuestro mundo? ¿Has pensado en eso?
– Construiremos un barco. Un barco de verdad. Estas gentes saben trabajar la madera, hagamos que ensamblen una nave de tablas, algo menor que un jabeque si quieres, pero lo bastante grande para que nos transporte con seguridad a través del mar.
– ¿Tú conoces los procedimientos? Yo no. No sabría por dónde empezar. No soy carpintero y necesitaríamos uno bastante bueno, con el gálibo necesario para construir un batel o una chalupa.
Piri miró con asombro al andalusí. Se había acostumbrado a consultarle cada vez que se tropezaba con algo que no comprendía, y había llegado a creer que no existían límites para su ciencia. Pero, en aquel momento, Lisán advirtió la decepción en el rostro del turco y recordó el día que se habían reencontrado, poco después de su experiencia en el cenote. Dragut y Piri le pidieron que les contara cómo habían muerto el resto de los náufragos de la Taqwa. Pero, mientras les relataba el sacrificio, Lisán se sintió sobrecogido por aquel terrorífico recuerdo, se derrumbó y empezó a llorar ante los dos asombrados turcos, que no supieron cómo reaccionar. Desde su punto de vista, el hecho de que un hombre hiciera semejante demostración era incomprensible y les resultaba turbador. Pero los andalusíes no parecían sentir ningún pudor en mostrar sus sentimientos.
Los turcos habían aceptado el naufragio, y su experiencia en el cenote, como un descenso al infierno del que habían conseguido salir milagrosamente con vida. El mundo era diferente de lo que siempre habían supuesto y ellos no tenían palabras para definir lo que habían visto, ni emociones para sentir aquel abismo que se había abierto con su pasado. Eran conscientes de que, para la tierra de la que procedían, cuantos habían tenido la desdicha de viajar a bordo de la Taqwa estaban muertos y olvidados.
A Lisán le hubiera gustado saber lo que opinaba Baba de todo esto, pero él era cada día más difícil de ver. Solía permanecer encerrado en su choza durante semanas, visitado sólo por las mujeres que le llevaban la comida. Seguramente era mejor así, pues los turcos siempre parecían nerviosos en su presencia. Era evidente que ahora lo odiaban y que sólo su condición de huéspedes de los itzá había impedido que la venganza se consumara.
– Él no es mejor que los que asesinaron y devoraron a nuestros hermanos -le dijo Piri al andalusí en una ocasión.
Lisán no había oído hablar nunca del voivoda Kazikli y de sus innumerables crímenes, pero el joven corsario se ocupó de explicárselos minuciosamente.
– ¿De verdad que deseas regresar? -preguntó Lisán sin apartar su vista de aquellos asombrosos mapas-. En ocasiones, cuando recuerdo nuestro mundo me parece aún más extraño que todo lo que nos rodea ahora.
Aquel Otro Mundo los estaba transformando poco a poco. A todos menos a Jabbar, que seguía viviendo en ese mismo día de la batalla de Negroponto.
– Es posible -admitió Piri-, pero sigue siendo nuestro mundo.
– ¿Crees que también lo sigue siendo de Dragut?
Piri no respondió. Todos estaban cambiando, pero la transformación más inesperada se estaba produciendo en Dragut. A diferencia del resto de los náufragos, que habían escogido las ropas nativas que más se asemejaban a aquellas a las que estaban acostumbrados, Dragut llevaba el taparrabos al que los itzá llamaban ex, perfectamente anudado a la cintura. Se adornaba con plumas y brazaletes de cuero, y había cubierto su piel con aquellas cicatrices coloreadas con las que los guerreros-águila decoraban sus cuerpos.
Cuando Lisán le preguntó por qué hacía todo eso, él respondió simplemente:
– Aquí no hay nada escrito sobre nosotros. Nada.
En ocasiones, Lisán lo envidiaba. El destino les había venido de cara, pero él parecía haberse adaptado perfectamente bien a los cambios. Sin duda, Dragut era un superviviente.
Se apartó de Piri y de los mapas, y se sentó en el suelo, frente a uno de aquellos códices. Estaba decidido a concentrarse en sus propios estudios, pero no podía dejar de pensar en Sac Nicte. Si el proyecto de Piri salía adelante y lograba construir ese improbable navío con que regresar a su mundo… ¿lo seguiría? Le pareció asombroso que se le planteara una duda como ésa, cuando estaba tan cerca el momento en que había deseado despertar en su casa de Granada y que todo aquel viaje hubiera sido una horrible pesadilla. Pero ahora Sac Nicte había aparecido en ese sueño y lo había transformado en algo muy distinto. Aunque no sabía exactamente en qué.
Pero había algo más, ¿no es cierto? Algo que tenía que ver con su descenso al interior del cenote, y con las imágenes que había visto allí. Y con los códices y la sabiduría que se guardaba en ellos. Tenía la sensación de que allí estaba en contacto con el Verdadero Conocimiento, algo que en su mundo apenas era un recuerdo enturbiado y que allí brillaba con una desconcertante pureza.
Consideró que, quizá, Dragut no había sido el único de ellos con capacidad para adaptarse a aquel Otro Mundo.
Esa misma tarde, Lisán se dirigió al templo de los guerreros-águila, adonde Dragut solía acudir de vez en cuando para contemplar sus entrenamientos.
Era un edificio de piedra, profusamente labrada con estrafalarias decoraciones. Con muchas salas y aposentos, donde se recogían y ofrendaban los sahumerios a los dioses. Todos los guerreros-águila estaban casados, tenían sus viviendas y haciendas particulares en Uucil Abnal, pero el templo era como una casa comunal, donde también disponían de aposentos privados y donde eran servidos por un gran número de mancebos que profesaban la vocación de tomar los votos en aquella extraña orden de caballeros.
Mientras durase su período como nacom, sería también la vivienda habitual de Koos Ich. Lisán lo vio al fondo de la sala de entrenamiento, cubierto sólo por un ex y con los músculos brillantes de sudor, mientras se ejercitaba con una pesada macana.
En la cocina, dos de los sacerdotes que servían en el Templo de las Águilas terminaban de preparar un curioso mejunje. A Lisán le llamó la atención de inmediato y les preguntó sobre su elaboración. Los sacerdotes le explicaron que extraían las raíces de una planta, a la que llamaban «yerba xulub», y la colocaban sobre una gran piedra ahuecada, donde la golpeaban con palos durante horas. Lavaban la piedra constantemente y recogían el agua en un caldero de barro que ponían al fuego. Dejaban que hirviera hasta evaporarse y, en el fondo, siempre quedaba una capa muy fina de una grasa amarillento-verdosa. Su olor y textura le recordaron a Lisán la pócima que le habían aplicado en Amanecer en las ingles y los sobacos.