Los sacerdotes salieron de la cocina con un cuenco repleto de aquella grasa y se dirigieron a la sala común. Los guerreros-águila se practicaron pequeños cortes por todo el cuerpo, luego tomaron aquella sustancia con las manos y se la frotaron sobre sus heridas sangrantes. Cuando Lisán preguntó por qué hacían esto, uno de los sacerdotes le explicó que la yerba xulub les daba grandes poderes, los volvía más fuertes y les permitía desplegar sus alas y elevarse hacia los cielos como un águila.
Pero el andalusí no pudo ver que sucediera nada semejante. Después de embadurnarse con aquella grasa, simplemente empezaron a entrenarse en el patio central del templo. Todos formaban un círculo alrededor de dos de ellos que se enfrentaban con sus armas de madera y sílex. Pero sus movimientos no parecían más vigorosos ni les crecían alas en la espalda.
Lisán intentó pasar lo más inadvertido posible y se sentó en una esquina del patio para observar los combates. Koos Ich luchaba contra otro guerrero águila en el centro del círculo. Los dos vestían únicamente el taparrabos ritual y sus cuerpos estaban engrasados por la sustancia mágica. Se lanzaban golpes y fintaban con maestría.
Acosado por Koos Ich, el otro guerrero retrocedió jadeante hasta el límite del círculo. Allí intentó contraatacar, pero el nacom lo desarmó con un seco cintarazo. Entonces, respirando pesadamente por el esfuerzo del combate, Koos Ich se volvió para mirar a Lisán. Sus ojos parecían enturbiados, como los de un hombre que hubiera tomado demasiado hachís. Le sonrió y, con el pie, empujó hacia él la macana rendida de su contrincante. Lisán miró el arma, pero no hizo el menor movimiento para recogerla. Apartó la vista y se volvió hacia los guerreros allí reunidos.
– Si he interrumpido vuestro entrenamiento… -se disculpó-, lo siento.
El andalusí se dirigió hacia la salida del templo, mientras los guerreros-águila reían a su espalda. Koos Ich alzó una mano pidiéndoles silencio.
– Dime, hombre de madera -dijo-. ¿Eras un guerrero en tu mundo?
Lisán se detuvo y se volvió para mirar a los ojos del impresionante nativo.
– Ma' -dijo-. No soy un guerrero.
– ¿Pertenecías a una familia noble?
– Beey.
– En ese caso… ¿Cómo es que no escogiste el arte de las armas? ¿Tan distinto es tu mundo del nuestro? ¿O eres tú quien es diferente?
– Yo escogí el arte de la ciencia y la búsqueda del conocimiento.
– Pero tampoco eras un sacerdote…
– Ma'. Era un faquih, un erudito, y mi único interés era aprender.
– Entonces deberías aprender a luchar. Para defenderte y defender a los que amas.
– Ya sé lo suficiente sobre eso.
– Quizá con las armas de tu mundo, pero no con las nuestras. Recoge la macana, hombre de madera.
A regañadientes, Lisán obedeció la orden del guerrero. Se agachó y la aferró en su mano. Apretó la empuñadura hasta que los nudillos se le pusieron blancos y estudió su extraño aspecto, sin saber qué haría con ella. Era extraordinariamente pesada e incómoda. Se consideraba muy bueno con el alfanje, incluso, durante el viaje, había experimentado un poco con las cimitarras de abordaje, pero comprendió que nada de lo que sabía le serviría para manejar aquel pesado trozo de madera con piedras incrustadas.
Sin embargo, alzó su arma e hizo un gesto desafiante hacia Koos Ich, que sonrió ante el ingenuo descaro del extranjero. Agitó su macana frente a él, mientras decía:
– Todos nosotros hemos jurado morir en defensa de nuestra tierra. Y hemos hecho voto de no huir jamás, aunque estemos desarmados y nos acometan diez o doce enemigos a la vez. El Sol es nuestro dios, nuestro caudillo y nuestro patrón. He visto cómo le rezas, hombre de madera, pero nosotros somos los guerreros-águila, los fieles Señores del Sol. Cuando partamos hacia la guerra te será fácil reconocernos, porque siempre verás nuestra divisa alada avanzar al frente de todas las demás.
– Si conocieras mis pensamientos -dijo Lisán-, sabrías que no le temo a la muerte, pues yo también tengo un Dios, y a Él es a quien rezo cada día.
El guerrero itzá se puso en guardia y gritó:
– ¡En ese caso, atácame ahora, hombre de madera! ¡Venga, atácame!
Lisán miró a su alrededor y únicamente encontró miradas hoscas por parte de los nativos que lo rodeaban. Comprendió que no le quedaba más remedio que seguir su juego, fuera éste el que fuera.
– De acuerdo -dijo-, si con eso me gano el privilegio de que dejes de llamarme «hombre de madera».
Lanzó un grito y cargó contra Koos Ich. Éste lo esperó, agazapado como un jaguar a punto de saltar, y detuvo su golpe sin dificultad. Luego giró sobre sí mismo y alcanzó a Lisán en un costado, con el plano de su macana.
El andalusí retrocedió un par de pasos. Por un momento sintió que se le nublaba la vista. Se llevó la mano a la zona dolorida y comprobó que no estaba herido. Koos Ich podría haberlo partido en dos si ése hubiera sido su deseo, pero se había contentado con humillarlo.
Bueno, pensó mientras la rabia se apoderaba de su ánimo. No creas que esto va a ser tan fácil para ti. Ahora tendrás que decidir si realmente quieres herirme.
Sujetando la macana sobre su cabeza, tal y como haría con una cimitarra de abordaje, se lanzó contra el itzá como un lobo furibundo y le descargó un golpe frenético tras otro, sin tomarse la molestia de protegerse, dejando tantos espacios abiertos en su defensa que el contraataque del guerrero águila hubiera podido reducirlo a pulpa en un instante. Pero Koos Ich se limitó a ir parando sus golpes, mientras retrocedía poco a poco. Lisán lanzaba machetazos, el guerrero los rechazaba sin dificultad, y el andalusí volvía al ataque. Animado por el terreno ganado, se abalanzó ciegamente hacia delante, agitando frente a sí aquel pesado bastón de combate como si del palo de un ciego se tratara. Pero lo cierto era que su oponente tan sólo estaba jugando con él mientras probaba su habilidad. Cuando ya tuvo la información que deseaba, empezó a responder de verdad a sus ataques. Entonces su macana se abatió con fuerza contra el arma de Lisán. Una y otra vez, haciendo saltar astillas. Un golpe, otro, mientras el andalusí retrocedía, forzado a devolver rápidamente lo ganado.
– La única pauta del guerrero es ser siempre implacable -le dijo Koos Ich con voz solemne-. Cuando luchas tienes la obligación de ser libre, de ser fluido, de ser imprevisible. Como un recién nacido. Sin rutinas… Sin historia… Sin apegos… Sin amores…
Con cada frase, mascullada entre sus dientes apretados, el itzá descargaba un mazazo salvaje, que obligaba a Lisán a retroceder. Éste, sin embargo, disputaba con inusitada fiereza cada paso que daba hacia atrás, hasta que tropezó con la base de una columna y cayó de espaldas, despatarrado, frente a Koos Ich. Los otros guerreros-águila que observaban el enfrentamiento estallaron en risas ante su rápido desenlace.
El andalusí arrojó a un lado la macana y se puso en pie furioso. Se dio la vuelta, sacudiéndose el polvo de la ropa, dispuesto a marcharse de inmediato. Pero Koos Ich recogió rápidamente el arma tirada en el suelo y se la devolvió a su oponente.