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– Por favor, inténtalo -le rogó el turco, que ni sabía ni le importaban esas cosas. Tan sólo deseaba saber lo que Utz Colel había dicho.

– De acuerdo -aceptó Sac Nicte-. El poema dice: «Subo, llego hasta aquí; el inmenso lago azul verdoso, ya permanece apacible, ya se agita, ya hace espuma y canta entre las piedras; yo ando volando sobre él, cual ave de bello plumaje azul…». -Se interrumpió desanimada-. Es inútil, la Lengua Sencilla no puede reflejar la belleza de esas palabras…

– Continúa, te lo ruego -insistió Piri-. A mí me parece muy hermoso.

– «Llego hasta la mitad de las aguas: aguas de flores, aguas de oro, aguas de esmeralda, por donde va y viene nadando, graznando, el ánade reluciente, que pasa ondeando su brillante cola…»

– ¿Qué significa?

– Habla de Tenochtitlán, la ciudad de los mexica que está construida sobre una inmensa laguna, rodeada de montañas que arrojan fuego. El poema está destinado a traerles gratos recuerdos a nuestros invitados.

– Pareces conocer bien a los mexica.

– Es una vieja idea de mi padre. Siempre ha tenido el deseo de alcanzar un acuerdo pacífico con ellos. Desde pequeña aprendí su idioma, su música y la poesía náhuatl. -Sonrió con tristeza.

– ¿Con qué objeto?

– Mi padre pensaba ofrecerme en matrimonio a algún Señor Principal de Tenochtitlán. Mi matrimonio me liberó de esa obligación.

– Koos Ich te salvó de casarte con un mexica -comprendió Lisán.

La expresión de ella no dejó traslucir nada, excepto cierto grado de resignación. Lisán alzó la vista y sus ojos se encontraron con los de Koos Ich. Los apartó rápidamente. Pensó que el guerrero, al influir en la decisión de los sacerdotes, había evitado el matrimonio de Sac Nicte con un extranjero que algún día podría convertirse en enemigo de su pueblo.

– ¡Tanto mejor entonces! -dijo Piri con súbita devoción-. ¡No necesitáis sacrificaros entregándoos a esas fieras! Nosotros estamos aquí para evitar que los mexica representen alguna amenaza para vosotros.

Lisán miró perplejo al joven corsario y éste se limitó a encogerse de hombros.

Mientras tanto, uno de los dignatarios mexica se había puesto en pie con solemnidad. Empezó a hablar. Una interminable retahíla de palabras incomprensibles pero musicales.

– Es mucha vuestra amabilidad -dijo Sac Nicte, traduciendo-. Grande es la hospitalidad de que hacéis gala. A vosotros llegamos cansados; a vuestras tierras llegamos agotados del camino y nos habéis dado cobijo, y nos habéis dado alimento. Deseamos agradeceros vuestra bondad para con nosotros…

El embajador mexica hizo un gesto hacia los tlamacazqui y uno de ellos se adelantó arrastrando a uno de los esclavos que habían traído con ellos. El desdichado estaba completamente desnudo, con el cuerpo y el rostro pintado con franjas horizontales blancas y negras. Uno de los sacerdotes lo sujetó por los pelos, tiró con violencia de su cabeza hacia atrás, y, con un cuchillo de obsidiana que de repente brilló en su mano, lo degolló con limpieza.

El sacerdote siguió sujetando al esclavo por el pelo mientras éste se estremecía y con los espasmos arrojaba borbotones de sangre sobre la manta y los alimentos que había sobre ella. La música cesó de repente y hubo un estremecedor silencio sólo roto por los estertores del moribundo. El embajador mexica se situó junto al impasible sacerdote y se dirigió a la enmudecida audiencia. Los musicales sonidos del náhuatl sonaron ahora siniestros y amenazantes a los oídos del andalusí.

Sac Nicte, impresionada por lo que acababa de suceder, se olvidó de la traducción hasta que Lisán se lo recordó con un gesto.

– Está diciendo: «La sangre es el único regalo precioso, lo único que ansían los dioses para seguir viviendo, para seguir manteniendo el Sol en el cielo, para que el Fin del Mundo no nos alcance a todos. Todos tenemos el deber sagrado de procurarle alimento a los dioses, todos tenemos el deber sagrado de mantener el mundo con vida, pero vosotros os desperdiciáis con ociosas fiestas llenas de lujuria y embriaguez mientras los mexica amamantamos con nuestra propia sangre al Sol para que siga caminando por el cielo. ¿No sería más sencillo y más justo que vuestro soberano admitiera la amistad y protección de la Triple Alianza?».

El mexica enmudeció por un momento. El tiempo parecía haberse detenido. El esclavo recién sacrificado había dejado por fin de moverse, colgaba, sujeto por los pelos por el sacerdote, como una marioneta con los hilos enredados. De repente, la cabeza del cacalpixque giró y sus ojos, por primera vez, se cruzaron con los de Lisán. No había ninguna expresión en aquel rostro altivo, sólo la evidencia de que era consciente de la presencia de los dzul. Y el andalusí sintió cómo se le erizaban los pelos de la nuca. El mexica desvió la vista de inmediato y siguió hablando. Sac Nicte tradujo:

– Para satisfacernos debéis aceptar en vuestro templo las imágenes de nuestros dioses, Huitzilopochtli y Tezcatlipoca, y situarlas en plano de igualdad con vuestro supremo dios local. También debéis enviar a Tenochtitlán un regalo anual en forma de cacao, que es abundante en vuestras tierras, pedrería, plumas y mantas de calidad…

Na Itzá se puso dificultosamente en pie. Su voz temblaba ligeramente:

– Nobles señores, amables invitados nuestros, será muy grato para mi pueblo enviar esos regalos para nuestros hermanos de Tenochtitlán, pero debéis entender que esto es una muestra de nuestra buena voluntad, sin que aceptemos ninguna obligación al respecto. En cuanto a vuestros dioses, Huitzilopochtli y Tezcatlipoca… Bueno, ésta no es una decisión que yo pueda tomar. Antes tendría que consultar con mis sacerdotes…

El cacalpixque alzó una mano y dijo:

– Nuestro ciclo ya cumplió su tiempo. El final tuvo que llegar pero no llegó, los dioses aceptaron los ruegos de los mexica para que la vida siguiera existiendo. A fin de que el sol prosiga su marcha por el cielo, para que las tinieblas no queden pesando definitivamente sobre los cuatro ángulos del mundo, es necesario procurarles cada día a los dioses su alimento, «el líquido precioso», el chalchihuatl, la sangre humana. Lo que es verdadero para el Sol lo es también para la tierra, para la lluvia, incluso para vuestros árboles sagrados… para todas las fuerzas de la creación. Nada nace, nada vive si no es por la sangre de los sacrificados. Los itzá debéis colaborar con vuestra sangre para satisfacer el hambre de los dioses. Eso es lo justo.

El cacalpixque hizo una pausa en su discurso, para lanzar una mirada desafiante a su alrededor, y continuó:

– Nosotros también os hemos traído regalos.

A una señal suya, los porteadores que habían llegado con ellos atravesando las marismas, se aproximaron y extendieron en el suelo, frente a Na Itzá, los bultos envueltos en tela de algodón. Con cuidado y precisión los desempaquetaron descubriendo su contenido: rodelas, macanas y diversas armas guerreras. Entonces, uno de los sacerdotes mexica se acercó a Na Itzá con un frasco de jade en una mano. Al llegar frente a él, embadurnó su otra mano con el ungüento blanco que contenía el frasco y dibujó unas líneas paralelas y horizontales en el pecho del Ahau Canek.

– Señor, te ungimos con blanco tizatl, que es el color de los huesos, para simbolizar que ya te damos por muerto.