Otro de los cacalpixque tomó una rodela, adornada con un precioso penacho de plumería, y se la ofreció a Na Itzá, diciéndole:
– Al hacer la guerra los hombres sólo obedecemos la voluntad de los dioses. Que ésta no quede alterada porque no disponéis de armas o no estáis apercibidos de la inminencia de nuestro ataque. Aquí tenéis macanas y escudos para defenderos si persistís en no aceptar la gracia y la amistad de las Tres Cabezas del Imperio.
Algunos guerreros itzá asintieron con la cabeza, satisfechos de que, al fin, llegase la guerra, pero Na Itzá apretó los labios y no dijo nada.
Empezaba a amanecer. Los mexica saludaron a sus anfitriones y se retiraron en silencio. Dejaron sus regalos esparcidos por el suelo.
La sangre coagulada
¡Recita en el nombre de tu Señor, que ha creado,
ha creado al hombre de sangre coagulada!
Al alaq, 1-2
1
En el centro del bosque, en la cima de una colina, se levantaba el templo. El último de una serie casi infinita de santuarios, construidos uno sobre otro desde tiempo inmemorial, pues aquella pequeña montaña era un importante «nudo» que concentraba varias corrientes de la energía del chu'lel.
El Mujer Serpiente trepó por la ladera en compañía de dos sacerdotes y un prisionero tutul xiu. Era un hombre alto, de rasgos marcados y angulosos, que movía sus largos miembros con una asombrosa elegancia. Se detuvo para meditar al pie del templo en ruinas. La visión del horizonte en aquel lugar remoto le recordó el largo camino que había recorrido para llegar hasta allí. Hubo un tiempo en que sus nuevos pupilos eran señalados por las demás tribus como «los que no tenían nada». Eran tan pobres que nunca fueron una preocupación para nadie. Fue entonces cuando él los encontró, y los que habían llegado del norte como un pueblo errante que nada poseía conquistaron en poco tiempo las ciudades más poderosas del valle.
Penetró solo en el viejo templo abandonado. Caminó unos pasos en el oscuro interior y se detuvo frente a la figura de piedra de Tezcatlipoca, erigida en aquel lugar olvidado doscientos años antes por los voluntariosos sacerdotes toltecas. Contempló el rostro del dios, cubierto por innumerables capas de sangre seca, y buscó el parecido con su propio rostro.
– Todo pasa -murmuró con ironía-, las eras y los hombres. Sólo los dioses permanecen.
Pero la amenaza del Final Definitivo volvía a presentarse. Dos años atrás, había presenciado cómo el cielo se iluminaba sobre Tenochtitlán con un gran resplandor, ancho cerca del horizonte y afilado en el cenit, como un fuego blanco que se alzara por el oriente en mitad de la noche. De inmediato interpretó estos augurios para el tlatoani.
– Una vez más el Mundo está a punto de desaparecer -le dijo-. Algún día no habrá sangre suficiente en él para evitarlo.
– ¿Y ese día será el fin de todo? -le preguntó Ahuítzotl.
El Mujer Serpiente siempre había sido su consejero y su ejecutor, como antes lo había sido de su hermano Tízoc, el anterior tlatoani. Y de Moctezuma, el creador del Imperio. Este último había llegado al trono siendo ya un hombre maduro y no había dirigido sus campañas personalmente, aunque fue un excelente administrador y organizador. Ahuítzotl, en cambio, era inseparable de sus ejércitos, por muy remota que fuera la batalla. Era un comandante de campaña dotado de verdadero genio militar y sus hombres lo adoraban. Con la ayuda del Mujer Serpiente, las conquistas no conocerían límites.
Y sólo había una cosa que él le pediría a cambio: chalchihuatl, sangre humana.
– Hay otro mundo al otro lado del mar -le confió en una ocasión a Ahuítzotl-. Algún día necesitaremos también de su sangre para evitar el final.
A su debido tiempo, él les daría la tecnología necesaria para cruzar el mar y apoderarse de los reinos de ese otro mundo que Talos el Rojo había abandonado en un remoto pasado. Quizás, incluso, convirtiera a Ahuítzotl en inmortal para liderar la conquista. Le parecía el hombre adecuado. Tras la elección, el joven tlatoani había emprendido importantes campañas guerreras para extender los límites de la Triple Alianza, para someter al mundo entero en su fervor sangriento. Primero venció la resistencia de la rebelde ciudad de Xiquipilco. Después conquistó Chiapa y Xilotepec, sus aliadas. Tomaron las ciudades y quemaron sus templos. Todos los sacerdotes fueron degollados; todas sus casas, quemadas, y el saqueo fue la recompensa para sus tropas victoriosas. Los rebeldes de Xiquipilco fueron sometidos al más terrible de los castigos, no fueron perdonados ni los ancianos ni los enfermos. Se llegó a arrancar a los niños que dormían al lado de sus madres para ser sacrificados. Todos los prisioneros fueron enviados a Tenochtitlán, donde aguardarían su destino final. Los ensartaron por las fosas nasales y los obligaron a caminar durante semanas, unidos uno a otro, en una interminable fila que desaparecía en la distancia.
Y la guerra continuaba aún, imparable hacia el sur. La sangre no podía dejar de fluir.
El Mujer Serpiente se tumbó para tocar con sus manos y su boca el suelo del templo. En aquel lugar la corriente era poderosa, notaba fluir el chu'lel con una cegadora velocidad bajo él.
– Estoy aquí -le dijo-. ¿Puedes oírme? ¿Puedes hablarme?
Entonces le llegó la respuesta. Pero no fueron palabras inteligibles, como las que pronunciaría una criatura dotada de razón, fue un bramido agónico, desesperado, una mezcla del llanto de un anciano desdentado y el rugido de una bestia sin mente. A su alrededor el templo tembló. Las paredes se agrietaron y el polvo acumulado durante milenios se desprendió como chorros de lágrimas.
«Baal» era el primer nombre que le habían dado los humanos y el que Mujer Serpiente prefería. Según las antiguas leyendas de los tirios, Baal fue destrozado por gigantescos monstruos y sus restos fueron recogidos del desierto por la diosa Anat, quien, a pesar de la tristeza que la embargaba, fue capaz de cavar con diligencia una tumba para sepultarlo. Y, desde entonces, el lugar en el que yacen los restos de Baal dejó de ser arena baldía y tierra yerma, para transformarse en un fértil vergel.
Pero el cuerpo durmiente de Baal necesitaba ser alimentado.
Ordenó a los sacerdotes que esperaban en el exterior que le trajeran inmediatamente al prisionero. Conduciendo al guerrero maniatado, penetraron en el templo. Sujetaron al cautivo por los brazos, mientras el Mujer Serpiente lo miraba directamente a los ojos.
– Eres afortunado -le dijo al tutul xiu-; tu mundo se muere, pero tú no vas a contemplar tanta desdicha…
Extrajo su cuchillo ritual de obsidiana y con un movimiento rápido cercenó la yugular del prisionero. La sangre brotó como de una fuente y el Mujer Serpiente bebió directamente de la herida.
La vida perdura sólo devorando a la vida. Únicamente destruyendo y asimilando a otros seres vivientes es como las criaturas pueden existir.
Ésa era la terrible verdad que encerraba aquel universo.
Cuando se sintió saciado, se apresuró a recoger la sangre que seguía manando y empapó unos trapos de algodón. Acto seguido, salpicó con ella las paredes del templo.
– ¡Salgamos de aquí! -ordenó luego a los sacerdotes.
Éstos dejaron el cadáver en el suelo y obedecieron.
De regreso al campamento, el Mujer Serpiente convocó a su presencia a los embajadores que habían visitado la ciudad de los itzá.
– ¿Los habéis visto? -les preguntó.