Los dos puntitos negros bajaron brevemente hasta el disco dorado y luego volvieron a enfocar el rostro del dzul.
– Lo ignoro. Eres tú quien tiene que averiguarlo.
– Déjame comer de nuevo el hongo.
– Eso es imposible. El kuuxum te sumerge por completo en el chu'lel y sin preparación no sobrevivirías a un nuevo encuentro con él. Nuestra mente es demasiado pequeña y tú no has aprendido a protegerla de su poder de absorción.
– ¿Crees que el chu'lel me matará?
– Te abrasará hasta dejarte reducido a cenizas. Ahora te conoce y no te permitirá escapar de nuevo. Mira ese bosque que nos rodea, todo nace de él, pero todo vuelve también a él. Él es el Gran Devorador tanto como es la Gran Madre. Quizá tu Realidad ya ha sido alterada para siempre… Ahora debes buscar el Conocimiento dentro de ti.
– No hay tiempo. La guerra con los mexica es inminente.
El anciano cerró los ojos y permaneció en silencio durante un largo rato. Lisán pensó que se había dormido, pero alzó una mano esquelética y señaló un cajón situado al fondo de la choza.
– Encontrarás allí un objeto alargado, envuelto en una funda de piel de serpiente.
Lisán revolvió durante un momento y alzó lo que el Uija-tao le había indicado.
– Beey. Eso es. Acércate ahora.
Así lo hizo y le entregó el objeto al anciano. Éste retiró la funda, descubriendo una pipa de madera larga, estrecha, con toda su superficie tallada de símbolos y decoraciones. Abrió una bolsa de cuero, que colgaba de un cordel de su cuello, y empezó a llenar la cazoleta con gestos lentos, solemnes.
– ¿Qué es esa mixtura? -preguntó Lisán.
– Es el bosque. Aquí hay pequeñas y escogidas partes de él. De sus maderas, de sus resinas, de sus hojas y sus gusanos. Todo bien triturado…
– ¿Eso me dará respuestas?
– Será tu guía para que tú las encuentres. -Comprimió la mezcla usando su dedo pulgar y luego se lo chupó-. Ahora tráeme un ascua…
Un pequeño brasero ardía a un lado y era la única fuente de luz en la choza. El andalusí se lo acercó al Adivino que, sin inmutarse, tomó uno de los carbones ardientes con los dedos y lo colocó en la cazoleta sobre la mezcla.
Empezó a chupar con fuerza. Sus mejillas se hundían dándole un aspecto cadavérico, y luego expulsaban una bocanada de un humo espeso. Fumó en silencio. Al cabo de un buen rato apartó la pipa de sus labios y la giró para ofrecer su boquilla al dzul.
– Pruébalo -dijo.
Lisán colocó los labios sobre ella y aspiró. Notó el humo penetrando en su boca y expandiéndose dentro de ella. Sintió que presionaba contra su cavidad bucal, contra su cerebro, le aplastaba los ojos desde detrás y salía como vapor por los agujeros de su nariz. Lo tragó. No lo notaba caliente ni frío, sólo denso y áspero. Se pegó a su garganta como si no quisiera descender hacia su pecho y taponó su tráquea por completo. Intentó toser, pero su faringe estaba cerrada. Parecía que se hubiera tragado un trozo de carne sin masticar. Finalmente el humo llegó a sus pulmones y desde ellos empezó a extenderse por todo su cuerpo. Podía notar con claridad cómo iba inundando cada uno de sus órganos, como una marea que se arrastrase por su interior. Volvía a respirar, pero en realidad era el humo quien lo hacía por él. Sintió que se mareaba, que iba a perder el sentido.
El Uija-tao lo observaba con frialdad. Las paredes de la choza empezaron a girar a su alrededor. Giraban muy rápido. Más rápido… hasta que se convirtieron en un borrón.
Oyó la voz débil del Uija-tao susurrarle:
– Los dioses siempre forman medidas armónicas.
Pero no podía estar seguro de si había oído realmente esas palabras o si éstas ya formaban parte de sus sueños.
– Despierta.
Lisán parpadeó. Uno de los sacerdotes que atendían al anciano adivino estaba frente a él. Golpeaba suavemente sus mejillas. El andalusí lo apartó de un manotazo. Se volvió y vio al Uija-tao durmiendo de espaldas a él.
– No puedes quedarte aquí -le dijo el sacerdote-. Debes marcharte, el Uija-tao necesita descansar.
El andalusí asintió y se puso en pie con torpeza. Caminó por la plataforma hasta la escalerilla y empezó a descender por ella. Se bamboleaba de un lado a otro. Sentía que mientras bajaba su cuerpo iba dibujando una mareante espiral en el espacio. Cada dos escalones tenía que detenerse, porque las piernas y los brazos le temblaban. Se abrazaba a la cuerda con los ojos cerrados por el vértigo, colgando en medio de la nada, rodeado sólo por los diminutos puntos de luz de las estrellas y por la Gran Ceiba.
El árbol Yaxcheelcab representaba el eje cielo-tierra, y la espiral que su cuerpo dibujaba podría ser una representación de la idea del descenso-ascenso, el medio de comunicación entre los planos subterráneo, terrestre y celeste, donde se agrupaban todos los seres creados. No era difícil encontrar similitudes con su propia tradición sufí, pero le fascinaba la obsesión de aquella cultura por ordenarlo todo de acuerdo con un eje y un centro. Siempre estaba presente este concepto, formulado con los cuatro ángulos del espacio y el tiempo, y con el quinto punto central en el que se conjugaban…
Quizá tu Realidad ya ha sido alterada para siempre…
Llegó finalmente al suelo y caminó hasta su choza. Estaba muy cansado, no deseaba otra cosa que echarse a dormir. Sin embargo, sus pasos lo llevaron hasta el Templo de los Escribas. Se detuvo frente a él, sin entender qué hacía allí, y descubrió que sentía el fuerte deseo de entrar y consultar el Códice de la Vida.
– ¿Para qué? ¿Qué objeto tiene eso? -dijo, y su voz resonó en el silencio de la noche-. No puede existir un alfabeto con sólo cuatro caracteres. Es demasiado simple, ¿qué puede expresarse con cuatro letras?
El interior del templo estaba completamente a oscuras. Lisán tuvo que subir por la escalera espiral palpando con cuidado el camino. Imaginó con viveza la escalera mientras sus ojos se esforzaban por ver algo en aquella negrura. Una espiral involutiva y otra evolutiva, y ambas se conjugan en el signo de una doble espiral. Y se vio a sí mismo caminando por su interior, dibujando sus huellas en el polvo de los escalones…
Y entonces lo comprendió.
Se detuvo respirando lentamente en la oscuridad. Temía espantar aquella idea que había empezado a formarse en su mente. Sus huellas a lo largo de la espiral eran como letras escritas sobre un papel que no era plano, que poseía tres dimensiones. De esa manera, con sólo cuatro caracteres escritos sobre un lienzo tridimensional, si su posición en el espacio variara su significado, se podría componer un texto muy complejo. Esto era lo que hacían las matemáticas que había aprendido en aquella tierra. Un sistema de numeración vigesimal, basado en la posición de los valores en diferentes columnas, que implicaba el uso de la cantidad «cero» y de dos numerales: un punto y una raya. Y sólo con esto era posible realizar los cálculos más complejos que pudiera concebir la mente humana.
Al llegar a la sala circular de los escribas, tropezó con uno de los códices y se dio de bruces contra el suelo. No intentó levantarse. A través de uno de los ventanucos se veían las estrellas. Los números y los astros siempre seguirían siendo los mismos. Por toda la eternidad. Quizá por eso, el deseo de buscar en los cielos y en las matemáticas las claves para la vida sobre la tierra era algo que compartían todos los pueblos.
Cuatro ángulos del espacio y el tiempo…
Despertó. Miró a un lado y a otro, desconcertado. Ya era de día y los sacerdotes trabajaban junto a él, indiferentes a su presencia. Sintiéndose avergonzado, pidió agua pura a uno de los acólitos y realizó el wudú, luego se arrodilló en dirección a oriente para rezar.