Y un cocom se derrumbó a sus pies con una jabalina clavada en la garganta.
Otro guerrero de Amanecer apareció junto a Sac Nicte. Durante un instante, la mujer no lo vio. Sus ojos lagrimeaban a causa del humo de chile, estaba preparando otro dardo cuando fue sorprendida por su ataque.
– ¡Nicte! -gritó Lisán.
Ella intentó volverse para acuchillarlo con el dardo, pero no tuvo tiempo. Se vio obligada a lanzarse al suelo para no ser alcanzada por el arco que trazó el arma de su enemigo. Sin pensarlo dos veces, el andalusí cargó contra él. Pasó sobre Sac Nicte, que gateaba para alejarse y, levantando su arma por encima de su cabeza, intentó descalabrar al cocom de un mazazo. Éste lo paró, interponiendo su macana, y luego golpeó a Lisán en el pecho con el escudo. El andalusí cayó hacia atrás y, por un momento, todo se volvió turbio. El humo se le metía por la nariz y hacía que los ojos le ardieran. Tosió con fuerza intentando despejar sus pulmones. A través de la humedad que empañaba su vista vio al guerrero correr hacia él.
Alzó la macana en un desesperado intento de protegerse, pero no fue necesario. Uno de los dardos de Sac Nicte se clavó en la espalda de su atacante. Y, al instante, antes de que alcanzara el suelo, otro se clavó junto al primero.
Se había levantado una brisa que arrastraba de nuevo el humo de chile hacia la colina.
Los sacerdotes de Uucil Abnal agitaban con fuerza unos braserillos de jade e invocaban a sus dioses silbando sus nombres. Era el último y desesperado esfuerzo para vencer la magia de sus enemigos, pero varios nahual saltaron sobre ellos, les arrancaron incensarios y amuletos, para luego derribarlos a puñetazos. Los mexica y sus aliados cocom dominaban ya el campamento, y sus esclavos corrían de un lado a otro arrastrando por el pelo a los guerreros itzá y tutul xiu maniatados como corderos.
Los tres turcos y un puñado de itzá corrieron hacia Lisán y Sac Nicte perseguidos por una tropel de enemigos. La expresión de la mujer era de fría determinación mientras colocaba un nuevo dardo en el propulsor. Realizó varios lanzamientos e hizo blanco en cada ocasión.
– Sabes manejar eso, mujer -dijo Piri con admiración.
Lisán contó a los guerreros que acompañaban a los turcos: nueve.
– ¿Sois todos? -preguntó.
– Todos los que quedamos en pie -le respondió uno de los itzá.
– ¿Qué va a pasar ahora? -preguntó Jabbar.
– Primero acabarán con nosotros -le respondió Sac Nicte-. Bueno, intentarán capturarnos con vida. Luego se dirigirán hacia Uucil Abnal para destruir nuestra ciudad.
– Te aseguro, mujer, que mí no me van a capturar vivo -dijo Dragut.
Jabbar miró a un lado y a otro buscando al siguiente enemigo con el que combatir. Mexicas y cocom formaban un gran círculo a su alrededor. Alguien se abrió paso entre aquellos guerreros cubiertos de sangre y penetró en el interior. Era un hombre grueso, vestido con el atuendo de un alto dignatario.
– Por fin volvemos a encontrarnos, dzul -dijo señalando a Lisán.
Lisán reconoció al Halach Uinich de Amanecer, el hombre que había ordenado asesinar a sus compañeros.
– Yo también te recuerdo -dijo el andalusí entre dientes.
– Tenemos órdenes de capturaros con vida, dzul. Se os tratará bien. Debes saber que…
El Halach Uinich enmudeció súbitamente y bajó la vista hacia su pecho. Miró con una expresión de incredulidad el dardo que se había clavado limpiamente en el centro de su esternón. Cayó de bruces, como un árbol cortado de raíz, y el sonido seco de su cuerpo estrellándose contra el polvo pareció ser la señal que esperaban sus guerreros para atacar. Sac Nicte ya había colocado una nueva flecha en el propulsor. Dragut saltó fuera del grupo y se adelantó hacia la aullante oleada que se les venía encima. Detuvo un golpe que a punto estuvo de arrancarle la macana de los dedos y lanzó uno que el guerrero mexica bloqueó con facilidad. Pero antes de darle tiempo a replicar desenvainó el cuchillo de acero que aún llevaba al cinto y, sin miramientos, lo clavó bajo la barbilla de su enemigo. Un movimiento rápido y preciso, un giro de derecha a izquierda, y un borbotón de sangre escapó por la boca y congeló en un rictus de sorpresa la mirada del mexica. Dragut escupió a un lado, asqueado. Dos cocom lo rodearon, rugiendo como fieras auténticas, pero manteniéndose a distancia. Se encogió de hombros y se limpió en el peto el filo ensangrentado de su cuchillo. Luego, agazapado como un león al acecho, esperó el ataque final.
– Olvidaos de atraparme vivo -siseó.
Dragut estaba agotado, pero se defendió con bravura de los cocom, y de tres guerreros mexica que acudieron para rodearlo. Fue una hazaña increíble que entre los cinco no pudieran capturarlo con vida. El turco se debatía y se escurría como una anguila entre ellos, su cuchillo era rápido y certero como la uña de un escorpión, y dejó a los dos cocom sangrando en el suelo antes de que uno de los mexica lo alcanzara en el vientre, con tanta fuerza que a punto estuvo de partirlo en dos.
Desde el suelo, boca arriba, Dragut aún intentó alzar su cuchillo para seguir defendiéndose. El mexica se puso sobre él y estudió la herida que le había infligido. Comprendió que no tenía ninguna posibilidad de recuperarse y le aplastó el cráneo con su maza.
Como había dicho Piri, la guerra no era un juego. No había reglas, no había alegrías. Sólo cansancio y muerte.
Lisán, Sac Nicte y los dos turcos supervivientes luchaban espalda contra espalda, junto a los últimos guerreros itzá, en el centro de un torbellino de confusión y sangre. Pero uno a uno iban cayendo. Los pajes sujetaban por los tobillos a los vencidos y los arrastraban rápidamente fuera del círculo. Los mexica y los cocom acosaban sin descanso al cada vez más reducido grupo de defensores. Proferían rugidos y aullidos salvajes, que los llenaban de espanto mientras tenían que parar un golpe tras otro.
Lisán vio cómo Jabbar se desplomaba mientras se llevaba las manos a la garganta víctima de un salvaje tajo, que le había abierto una segunda boca por donde la sangre, mezclada con aire, burbujeaba. Al menos, pensó, aquel desdichado no tendría que pasar por el horror del sacrificio.
Después fue abatido Piri, de un golpe en la cabeza; de inmediato, los pajes lo sacaron de aquel hervidero.
El andalusí se volvió hacia Sac Nicte y le dijo:
– ¿Es esto el fin?
– Recuerda: búscame en la siguiente vida -dijo ella, mirándolo intensamente. Y, acto seguido, intentó clavarse uno de sus propios dardos en el vientre.
Pero una mano cubierta de piel de jaguar se lo arrebató, luego la sujetó por el pelo y la lanzó contra el suelo empapado de sangre.
Lisán golpeó al hombre-jaguar que había atacado a Sac Nicte en el hombro, con todas sus fuerzas, de tal modo que le desgarró el brazo hasta el codo, dejando el hueso al descubierto. El nahual se volvió hacia él con una sonrisa maligna asomando entre sus dientes afilados, indiferente ante la herida que acababa de recibir, y unos ojos tan inhumanos que hicieron que el andalusí se estremeciera de pies a cabeza. Los pelos de la nuca se le erizaron dolorosamente.
Entonces alguien descargó una macana contra su espalda, y Lisán notó claramente cómo su columna vertebral se partía en dos.