Se sentó frente al cadáver del mono y dejó que sus recuerdos fluyesen.
Era sólo un niño cuando fue llevado a Egrigöz, aquella remota fortaleza perdida en las montañas de Anatolia. Allí se vivía aterrorizado por los ataques de las hordas bárbaras. Por los humanos y por los que no lo eran. Allí las gentes habían conocido cientos de años de terror.
Recordó una noche que había pasado abrazado a su hermano Radu, mientras los Engendros de la Noche asaltaban una y otra vez los muros de la fortaleza. Oían los alaridos de dolor de los defensores mientras eran devorados por aquellas criaturas inimaginables que aullaban como lobos pero caminaban como hombres. Finalmente fueron rechazados y Egrigöz se salvó en aquella ocasión. ¿Por cuánto tiempo?
– Pronto os tocará a vosotros -les dijo el enorme turco que era alcaide de la fortaleza y gobernador de aquella remota región-. Los engendros pronto llegarán a vuestra tierra y sabréis lo que es vivir en el terror.
– Pero vosotros podéis rechazarlos -dijo el muchacho al que un día los turcos llamarían Kazikli: «el Empalador»-. Toda la región está en poder de los engendros, pero vosotros os mantenéis aquí. ¿Cómo?
El alcaide lo miró divertido y dijo:
– Pequeño infiel, deberías aprender a tener fe en Allah y rezar.
Pero, esa noche, el turco se acercó a su litera y le susurró:
– Dime, ¿de verdad deseas aprender a luchar contra los ÿinn?
– No deseo otra cosa -dijo él incorporándose.
– ¿Estás dispuesto a todo, a cualquier cosa? Debes saber que únicamente hay una forma de combatir a la magia… y es con la magia. Quizá no desees entrar en ese lugar. Te conducirá por senderos de los que jamás podrás desviarte.
– Quiero que me enseñes. Quiero aprender a defender a mi patria de los demonios.
El alcaide apoyó su manaza en la mejilla del chico y dijo:
– ¡Valiente muchacho! Yo te enseñaré, hijo, vas a ser mi alumno… Ahora, ven conmigo.
Él se dispuso a seguirlo. Entonces su hermano Radu lo llamó:
– Vlad… ¿qué vas a hacer?
– No te muevas de aquí, hermano. Cierra los ojos y duerme, porque aquí estás seguro.
Se entra paso a paso en la oscuridad… Un pie primero, luego el otro…
Baba parpadeó. Los gusanos realizaban una preciosa danza sobre el cuerpo del mono muerto y por un instante no acertó a distinguir si lo que estaba contemplando realmente era el pequeño cuerpo de un niño empalado. Pero recordó dónde estaba. En el presente, las llamas iluminaban de rojo el horizonte y el humo se filtraba por la jungla.
Se puso en pie y siguió corriendo.
La canción era muy hermosa y las voces le sonaron a Lisán como un coro de ángeles, aunque no podía entender las palabras:
In zan o ihui tinemi zan cuel achic in motloc monohuac in ipalnemohuani.
Ni hual neiximacho tlalticpac ye nican.
Ayac mocahuaz.
Quetzalli ya pupuztequi in tlacuilolli zan no pupulihui xochitl a cuitlahui.
Ixquich ompa ya huicalo ye ichan.
Intentó abrir los ojos poco a poco. Apenas una rendija al principio, por la que entró un destello de luz y dolor. Un tambor redoblaba dentro de su cabeza, como una ola de sangre que chocaba contra las paredes de sus oídos.
– No intentes levantarte aún -le susurró una voz aún más hermosa que aquellas que cantaban.
Era Sac Nicte. Lisán obedeció y le dijo:
– Esa canción… Es tan bella…
– Es náhuatl.
– Parece muy triste. ¿Qué es lo que dice?
– «Así es como vivimos, un breve instante a tu lado, junto a ti… Vine a que me conozcan aquí, sobre la Tierra. Nadie habrá de quedarse. Las plumas de quetzal se harán trizas, las pinturas se irán destruyendo, las flores se marchitarán. Todo será llevado más allá de la casa del Sol…»
Se detuvo para escuchar otra estrofa y añadió:
– «¿Es que en verdad se vive? No para siempre, apenas un momento en la Tierra. Si es jade, se hace astillas; si es oro, se destruye; si es un plumaje de quetzal, se rasga…»
– ¿Quién está cantando?
– Los guerreros mexica… Ellos lloran así a sus muertos.
– Somos sus prisioneros…
– Beey.
Lisán logró abrir los ojos y tardó un instante en ajustarse a la luminosidad. Vio el rostro de la mujer rodeado de un halo tan intenso que ocultaba sus detalles. Parpadeó e intentó enfocar la vista. Una mano suave le acarició la frente.
– Estás bien -dijo Sac Nicte-. No temas.
La luz blanca que la rodeaba empezó a atenuarse y a tomar un color azul claro.
– No, no estoy bien. Sentí cómo mi espalda se rompía cuando me golpearon.
Sac Nicte rió. Colocó un objeto delante de los ojos del andalusí para que éste pudiera verlo. Era la pipa que le había entregado el Uija-tao y que él había llevado colgada a la espalda. Estaba partida en dos.
– Esto te salvó. Absorbió gran parte del golpe.
– Entonces ¿hemos sobrevivido?
– Beey, Lisán al-Aysar -dijo ella-, los dos seguimos en este mundo. No sé si para nuestra desgracia… No, no… No intentes incorporarte.
El andalusí desistió de hacerlo. Estaba tumbado boca arriba sobre la hierba y ahora podía distinguir, tras Sac Nicte, un cielo azul y limpio. También las copas de algunos árboles.
– He cosido tu herida con mis cabellos. No es grave, pero lo mejor es que duermas un poco más. No nos pondremos en marcha hasta dentro de un par de días. Los mexica deben esperar a que sus heridos también puedan andar.
– Dos días.
– Beey. Los que para entonces no puedan andar serán sacrificados aquí mismo.
– Piri, Dragut…
– Piri y Jabbar están aquí con nosotros. Están bien, pero Dragut murió en el combate. Tampoco sé nada de Koos Ich.
– Allah sea misericordioso -musitó Lisán-. Nos barrieron.
– No pienses en nada ahora. Duerme, recupérate. Nos espera un largo viaje hasta Tenochtitlán.
Sac Nicte le ofreció un poco de agua en la que había hervido alguna hierba y el andalusí se sintió inmediatamente relajado. El dolor de cabeza desapareció casi por completo y poco después se durmió.
¿Habían pasado horas o días? Había soñado que dormía abrazado a Sac Nicte… y de repente ella había desaparecido. Se había esfumado entre sus brazos, como si nunca hubiera existido. Miró a su alrededor, buscándola desesperado, y no la vio. Utz Colel conversaba con su padre unos pasos más allá. Ambos tenían una expresión desolada en el rostro.
– Tranquilízate. No temas. Todo está bien.
Sac Nicte estaba tumbada junto a él y sus palabras lo llenaron de paz.
– Pensé que…
– Sólo has tenido una pesadilla.
Estaban sobre la colina que según Sac Nicte era un gran templo enterrado, junto al campamento de los mexica. Bajo ellos se extendía la explanada donde se había celebrado el combate. Los prisioneros itzá y tutul xiu estaban diseminados por ella. Lisán calculó que cada grupo de veinte o treinta estaba custodiado por un par de guardias mexica. Pero su pequeño grupo se encontraba separado de los otros y rodeado por una guardia mucho más numerosa. Sólo una pequeña empalizaba los separaba de las tiendas de los nobles.
Sac Nicte se levantó y fue a reunirse con su padre. El andalusí pudo ver cómo intentaba consolarlo, aunque ambos formaban una imagen desesperada de la terrible derrota que había sufrido aquel pueblo.
– Al fin despiertas -dijo Piri, que yacía a su derecha.