El Mujer Serpiente alzó la vista hacia Jabbar, que seguía junto a la canoa. El turco tomó impulso y lanzó su remo certeramente dirigido a la cabeza del sacerdote. Pero se desvió misteriosamente de su trayectoria y fue a clavarse en la arena unos pasos más allá.
Una docena de guerreros se abalanzaron entonces sobre él y lo sujetaron por brazos y piernas. Pero no consiguieron derribar al enorme extranjero, que en aquel momento estaba casi enloquecido de furia. Jabbar giró sobre sí mismo y lanzó por los aires a varios de los hombres que lo apresaban. Los que quedaron se apretaron contra él todo lo que pudieron, conscientes de que no podían vencer a aquel gigante y conformándose con entorpecer sus movimientos. Esto le dio la oportunidad al Mujer Serpiente de plantarse frente a Jabbar. Los dos hombres se miraron a los ojos durante un largo intervalo de tiempo; los del turco llameaban de ira, mientras que los del sacerdote parecían llenos de fuerza y confianza. Y esa mirada fue más demoledora que el peso de todos aquellos hombres sobre su cuerpo.
Finalmente, Jabbar cayó de rodillas y permaneció en esa posición, sollozante, con los ojos clavados en el suelo, sin resistirse mientras le ponían el cepo.
Conducidos de regreso al campamento, Piri se sentó en un rincón con una expresión hosca. El andalusí se acercó a él y observó el cepo que sujetaba su cuello y su mano.
– Al menos lo he intentado -dijo Piri con mal humor-. Ahora déjame en paz.
A partir de entonces reforzaron la guardia alrededor de ellos.
9
El terreno ascendía con rapidez y se volvía más salvaje y quebrado. El clima se iba tornando más seco. Estaban en una región dominada por dos grandes montañas. El nombre náhuatl de la de mayor altura era Cilatepetl, y la otra era Nauhcampatepetl.
Se desviaron a fin de eludir la punta más escarpada del Nauhcampatepetl y llegaron a Xicochimalco, una ciudad fortificada construida en una buena posición defensiva. Eran sirvientes de los mexica y llevaron víveres al grupo de prisioneros.
Descendieron de las montañas hacia una impresionante llanura, que empezaba en ese punto y se perdía en unas brumas polvorientas, de modo que parecía extenderse hasta el infinito. Grandes jirones de niebla blanca se deslizaban montaña abajo, como espectros de ríos. Lisán pudo ver entonces, por primera vez, la verdadera dimensión de su caravana. Ellos iban en la retaguardia de la formación, rodeados por numerosos guardias mexica. A partir de allí se prolongaba una larguísima fila de hombres hasta una distancia de media legua. El andalusí calculó que estaría formada por al menos cinco mil prisioneros.
– En algún momento han debido de unírsenos otras caravanas de cautivos -supuso Sac Nicte cuando él le señaló esto.
En la cabeza de la procesión, Lisán divisó los colores y los destellos dorados de las lujosas literas donde eran transportados los nobles mexica y el tlatoani. Prisioneros, sacerdotes y nobles formaban una larga serpiente con el cuerpo sombrío y la cabeza de oro reluciente.
Atravesaron la llanura y llegaron a un gran lago salado, que tuvieron que bordear. Los mexica lo llamaban Matlalcueye. Lisán pensó que era el lugar más desolado que había visto nunca. La tierra estaba resquebrajada y casi sin árboles, una llanura donde el calor era abrasador porque las montañas que habían atravesado la privaban casi por completo del acceso de los vientos del mar. El sol había abierto hondas fisuras en el barro seco junto al lago y, para no caer en ellas, la caravana se vio obligada a describir curvas sinuosas.
La gente que habitaba aquel lugar parecía tan marchita como el suelo. Contemplaban mudos aquella interminable cuerda de prisioneros que atravesaban sus tierras arrasando lo poco que tenían para subsistir.
– ¿Qué ha sucedido aquí? -preguntó Lisán volviéndose hacia los miserables campos que bordeaban el camino-. No se ven animales y la gente parece enferma.
– Hace miles de años que esta región es esquilmada por un imperio u otro -le dijo Sac Nicte-. Primero fue Tula y ahora es Tenochtitlán, antes fueron los sacerdotes de Tezcatlipoca y ahora son los de Huitzilopochtli. Pero el resultado es el mismo: absorben la savia de la tierra y la sangre de los hombres con sus trucos mágicos, hasta dejarla seca y sin vida. Descubrirás que la carne humana es muy popular por aquí.
En Huehuecalco había grandes cantidades de alimento almacenado para uso exclusivo de los mexica en su camino hacia sus guerras floridas. Las mujeres de la ciudad les trajeron la comida. Llevaban una falda de fibra de maguey y los brazos y el pecho pintados de azul.
Lisán escarbó en su tazón con aprensión. Hacía mucho que sus escrúpulos halal habían quedado atrás, pero comer carne humana era algo a lo que no estaba dispuesto. Encontró un pedazo de carne en su sopa de maíz, lo cogió con los dedos y se lo mostró a Sac Nicte.
– ¿Qué crees que es esto?
La mujer le echó un vistazo.
– Debe de ser lagarto. No te preocupes, la carne humana es demasiado valiosa, no se la darían a unos prisioneros.
Tiene sentido, pensó Lisán. La carne humana es la más difícil de conseguir de todas…
¿O no?
Arrojó a un lado el pedazo de carne.
– No he visto animales de tiro. Tampoco grandes animales de carne, ni caballos, ni vacas.
Lisán tuvo que pronunciar sus nombres en árabe, porque no conocía el equivalente en la Lengua Sencilla. Como la sacerdotisa no entendía, él los dibujó con un palo en el suelo.
– No sé qué son estas criaturas -dijo-. Quizás ésta se parezca a un venado…
– ¿No tenéis animales grandes?
– Los hombres son el animal de mayor tamaño. En las selvas del sur la vida es abundante, pero en estos parajes la carne humana es lo más apreciado.
– ¿Por eso necesitan tantos prisioneros?
– Beey. Por eso los mexica exigen la Guerra Florida. Las ciudades sometidas a su poder son obligadas a pelear una y otra vez para conseguir más y más víctimas para el sacrificio, para que la carne y la sangre fresca no falten. Tenochtitlán es como una gran criatura hambrienta que tiene que devorar inmensas cantidades de hombres para alimentarse.
Ella mantuvo la mirada horrorizada del andalusí y añadió:
– Ya sé que eso es algo incomprensible para tu cultura.
– Lo es. Es un pecado contra Dios.
– Quizá para tu dios, pero no para el nuestro. ¿Tu pueblo nunca ha probado la carne de otros hombres?
– Sólo durante el Jahiliyya, la era anterior a la llegada de los profetas de mi religión…
Lisán se asombró una vez más de cómo aquel mundo había permanecido en el tiempo con las mismas creencias de sus antepasados. Los antiguos celtas practicaban el «culto de la cabeza cortada», los fenicios, los nórdicos, las gentes de la India en honor de Varuna… Todos los pueblos de la Antigüedad practicaban sacrificios humanos, hasta que Abraham acabó con ellos… Sí, todo cambió cuando el santo padre Ibrahim encontró una piedra…
Un pedazo de roca caído del cielo…
Una pregunta le desgarró la mente: ¿algo enviado por un cometa?