Sujetó el arma con la mano derecha y se puso en pie. Caminó tras el extranjero.
– ¿Eres un brujo? ¿Te envía el Uija-tao?
Kazikli no le contestó hasta que llegaron a las puertas de la empalizada. Éstas estaban abiertas de par en par y los guardias mexica dormían, lo cual contestaba a la pregunta del guerrero.
– ¡Espera! -Koos Ich agarró al brujo dzul por el brazo.
– ¿Qué quieres?
– Debemos liberar a todos los hombres. Sólo así podremos enfrentarnos a los mexica.
– Te equivocas. Ahora hay un ejército bien armado protegiendo Tenochtitlán. Y, además, están los nahual… No habría posibilidad alguna en un enfrentamiento en esas condiciones, como tampoco la tuvisteis durante la batalla.
– ¿Y qué es lo que pretendes entonces?
– Hay un hombre en Tenochtitlán… No, no es un hombre, se trata de una criatura muy poderosa, y únicamente destruyéndola se acabará para siempre el poder de vuestros enemigos.
Dejaron atrás la empalizada y se encaminaron hacia la ciudad. A pesar de lo avanzado de la noche, mucha gente entraba y salía de ella en ese momento. Las calzadas principales estaban atestadas, pero Kazikli condujo al guerrero por un pequeño sendero de tierra aplanada. Caminaron juntos en completo silencio y apenas se cruzaron con unos pocos recogedores de excrementos que limpiaban las letrinas.
Cuando comprobó que nadie podía verlo, Kazikli se acercó a la orilla y saltó a las negras aguas de la laguna. Koos Ich vio cómo el dzul apartaba unos matojos que ocultaban una canoa. Luego se metió dentro y remó para llevarla junto a la calzada.
– Vamos -le dijo.
El guerrero saltó adentro y arrugó inmediatamente la nariz.
– ¡Itzamna! -exclamó-. ¿Ésta es una canoa para transportar excrementos?
– Beey. Con ella no llamaremos la atención. Ayúdame a remar hacia la ciudad.
Koos Ich se acomodó frente al dzul y tomó un remo.
Impulsada por los dos hombres, la pequeña embarcación se separó de la calzada y avanzó silenciosa por el lago, rodeada de centenares de canoas que también se dirigían a la ciudad. La luna parecía inmensa sobre ellos.
– ¿Qué significa que la luna se haya tragado al cometa? -preguntó el guerrero itzá.
– No estoy seguro -le respondió Kazikli-, pero no creo que sea nada bueno.
– ¿No sabes de esas cosas? Pensé que eras un brujo.
– Hay muchos tipos de brujos. Lo mío es matar ÿinns.
– ¿Yinns?
– Teules. La criatura de la que te hablé. El cometa marca un acontecimiento inminente. Los sacerdotes mexica van a necesitar mucha sangre para realizar su magia. Sólo sé que si triunfan será la victoria definitiva de los teules que quieren la destrucción de los hombres.
– ¿Y cuándo se va a producir ese acontecimiento?
– Durante los próximos días. Nos esconderemos hasta entonces. Debemos estar preparados para intervenir en el momento preciso. Por eso te necesito, tú me protegerás mientras yo acabo con el teule.
– ¿Cómo se mata a un teule? Pensé que eran invencibles.
– Tengo a un genio encerrado en una botella -dijo Kazikli de forma enigmática.
Koos Ich no entendió a qué se refería, pero se había cansado de hablar. Los dos siguieron remando hacia Tenochtitlán.
El tlatoani había estado muy ocupado. Casi todos los dignatarios extranjeros eligieron la noche para entrar secretamente en Tenochtitlán. Habían acudido por las amenazas y los ruegos de los embajadores de la Triple Alianza, pero ninguno lo había hecho de buena gana. Para la forma de pensar de sus pueblos, las naciones eran dominantes o sometidas, el concepto de una tregua amistosa no entraba en su ordenación del mundo. Tampoco en la de Ahuítzotl, pero el Mujer Serpiente había insistido en la importancia de que todos acudieran.
El señor de los belicosos tarascos atravesó la sala principal del palacio del tlatoani y se plantó frente a él con descaro.
– Vosotros los mexica debéis de estar locos -le dijo con una mirada despectiva-. Ahora queréis la guerra, ahora queréis la paz… ¿Cómo vamos a sentarnos a comer tranquilamente con vosotros, después de todas las calamidades que han sucedido entre nuestras dos naciones?
– Noble amigo -le dijo Ahuítzotl-, hay un tiempo para solucionar las enemistades y otro para cumplir con las obligaciones comunes que todos tenemos para con los dioses. Hay que solemnizar la gran fiesta de la renovación del Templo Mayor. Acepta pues mi invitación y mis regalos y únete a nosotros en esta celebración.
Así pasó casi toda la noche, recibiendo a una delegación tras otra. Ofreciéndoles su talante más diplomático y su sonrisa más amable. Todo para seguir las indicaciones del Mujer Serpiente -tal era su fidelidad hacia el anciano-, aunque a muchos de aquellos descarados les hubiera dado una lección de cortesía con su propia macana.
Unas horas antes del amanecer, abandonó el palacio y empezó a ascender lentamente los ciento trece escalones de una de las dos escaleras gemelas del Templo Mayor. Su ángulo era demasiado empinado para escalarlas con facilidad y el tlatoani, a pesar de su fuerza y juventud, tuvo que pararse a descansar en mitad del trayecto.
Por un momento se sentó sobre una de las gradas y admiró la impresionante Tenochtitlán tendida a sus pies. Las múltiples calzadas que unían las dos ciudades principales, sus calles rectas; su red de canales, que ahora parecían tensados hilos de plata, las grandes casas de tejados planos con jardines plantados en sus azoteas, la vegetación de brillantes colores; el lago, cuya superficie era como un espejo negro salpicado de canoas, los pueblos situados al otro extremo del lago, los volcanes a lo lejos…
A pesar de lo temprano de la hora, la actividad era frenética; miles de antorchas y braseros corrían de un lado a otro como hormigas de fuego, iluminando a los carpinteros y albañiles que trabajaban día y noche para que todos los edificios estuvieran bien reparados y pintados. Los joyeros, orfebres y artistas de plumería se esforzaban preparando sus obras, para que los bailes y fiestas que iban a celebrarse en cada rincón de Tenochtitlán tuvieran el esplendor apropiado para lo solemne de la ocasión.
Nada podía fallar, porque Ahuítzotl sabía que ésta era una oportunidad de demostrar el verdadero alcance de su poder, tanto a los reinos amigos como a los enemigos. No había escatimado esfuerzos para que asistieran todos los embajadores invitados, incluso había enviado a su propia guardia personal para protegerlos a través de los caminos más remotos de su Imperio. Por eso no había excusa para rechazar su invitación. Pero, durante la desdichada época de su primo Tízoc, el prestigio del Imperio había caído tan bajo que muchos se habían atrevido a hacerlo. Sus vecinos de Tlaxcala, por ejemplo, habían respondido a los embajadores que ellos podían celebrar una fiesta en cualquier momento, en su ciudad y a su propia conveniencia. Esto era un insulto, y también un buen pretexto para una futura campaña de castigo.
Pero eso será después de los festejos, por supuesto, pensó Ahuítzotl mientras se ponía en pie y seguía subiendo.
Al fin llegó a la plataforma de piedra situada en la cima del Templo. Admiró los dos santuarios gemelos, uno al norte, dedicado a Tlaloc y otro al sur, para Huitzilopochtli. La lluvia y el sol, las dos fuerzas que determinaban la prosperidad de la tierra. Frente a los dos santuarios, los jardineros trabajaban dirigidos por el propio Mujer Serpiente. Había tenido un gran cuidado con las decoraciones florales, tanto en el templo donde se celebrarían los sacrificios como en las tribunas desde las que los presenciarían los invitados. Cada detalle, hasta el más insignificante de los adornos, había sido supervisado por el sacerdote en persona.