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– Mis compañeros también tenían barba y rasgos parecidos a los míos. Sigues sin explicarme por qué sólo yo me salvé.

– No lo sé, Lisán al-Aysar, quizá tuviste suerte, quizá vieron algo en ti que te diferenciaba de los demás.

El andalusí se llevó la mano al disco de oro que guardaba bajo su túnica y comprendió que eso era precisamente lo que lo había salvado. Pero ¿por qué? ¿Qué significado tenía?

– Ese guerrero, Koos Ich, puso en juego su vida para rescatarme…

Sac Nicte entrecerró los ojos.

– Beey -dijo-, y no sabes hasta qué punto lo que hizo fue memorable. No hay muchas noticias de hombres que hayan sobrevivido al duelo gladiatorio.

– No me sorprende -dijo Lisán-, pero, en ese caso, ¿por qué se arriesgó por mí?

– Nuestros sacerdotes también hablan con los dioses -dijo la mujer-. Cuando lleguemos a nuestra ciudad, a Uucil Abnal, todos sabremos por qué era tan importante que vivieras, Lisán al-Aysar. De momento, alégrate de tu buena fortuna y dale gracias a ese dios tuyo.

7

Antes de partir, Sac Nicte celebró un breve sacrificio. Sobre una de las canoas, quemó incienso de copal en honor al dios negro Ek Chuah, el protector de los viajeros y de la estrella polar. Después todos ocuparon su lugar en las estrechas embarcaciones.

Lisán se aferró con ambas manos a la quilla tallada en curva. Aquello le parecía tan inseguro como cruzar el mar Tenebroso a bordo de un barril de cerveza. Koos Ich se colocó tras él y tomó uno de los remos.

– No sientas temor, hombre de madera. Sólo mantente dentro de la embarcación.

Sac Nicte abordó la otra canoa. Cuando los remeros se pusieron en pie para iniciar la marcha, se volvió brevemente y sus ojos se cruzaron con los del aterrorizado Lisán, que ni siquiera intentó disimular el miedo que aquellas barquichuelas le producían. La mirada de la mujer fue fría, como la de quien se asegura de que una valiosa pieza de su equipaje está en su lugar.

Los itzá acompasaron con habilidad los rítmicos chasquidos de los remos. La brisa marina alejó los mosquitos que infestaban la playa cuando las canoas empezaron a alejarse de la orilla. Aquellas embarcaciones eran lentas y pesadas, pero sorprendentemente estables. Estaban construidas con un único tronco ahuecado de madera brillante y roja. Parecían más una escultura tallada por un artista que una barca.

– Cada una de ellas es una ceiba sagrada -le explicó Koos Ich sin dejar de remar-. Es necesario buscar los mayores árboles para obtener troncos aprovechables como éstos.

El andalusí iba a preguntar cómo se las arreglaban para talarlos sin herramientas de metal. Pero las olas rompiendo contra unos arrecifes frente a ellos hicieron que su atención se concentrara en lo que tenían delante. El agua parecía tranquila, pero en realidad aún no estaban en mar abierto. Una extensa barrera de coral corría paralela a la costa, protegiéndolos de las olas y encerrando esa zona que era semejante a una gran laguna. Había albergado la esperanza de que fuera posible realizar todo el viaje al abrigo de aquel parapeto, pero ahora observaba que esto era imposible. El espacio entre la línea de arrecifes y la costa era demasiado angosto. Además, en algunos puntos, los corales se fundían con los bancos de arena de algún cabo y cortaban cualquier posible paso. Comprendió que era necesario atravesarlos para poder navegar libremente por alta mar, y ésa parecía ser la intención de los remeros que se dirigían en línea recta hacia la barrera. Lisán se incorporó un poco en su sitio para ver mejor. Las olas rompían frente a ellos contra los arrecifes y no se distinguía ningún paso.

Cuando estaba seguro de que la canoa se iba a estrellar contra el coral, cruzaron milagrosamente por una abertura estrecha y casi invisible para él.

Tal y como había afirmado Koos Ich, aquellos hombres parecían conocer cada palmo de la costa. Tras atravesar el estrecho canal entre los corales, el andalusí observó cómo el agua cambiaba bajo ellos de la tonalidad gris amarillenta al azul profundo del abismo. Ahora no había duda de que estaban en alta mar. Fueron alcanzados por una serie de olas gigantescas que las canoas remontaron con desenvoltura, subiendo y bajando de aquellas colinas líquidas.

La canoa donde viajaba Sac Nicte se perdía de vista una y otra vez para aparecer al cabo de un instante en lo alto de una onda, cabalgando con elegancia sobre la espuma. El mar estaba algo picado y, una tras otra, las olas se precipitaban contra ellos. Pero los itzá remaban sin descanso, puestos en pie, con una perfecta sincronía que no se veía alterada por los embates del mar ni por lo precario de las plataformas sobre las que se mantenían.

Así transcurrió el día y, al atardecer, Lisán distinguió de nuevo la línea azul de la costa. Se estaban acercando a tierra. Atravesaron sobre las espumosas olas que rompían contra la barrera de coral, por un paso que seguía siendo perfectamente invisible para él, y se encaminaron hacia un litoral rebosante de mangles blancos. Aquellos árboles tendrían más de cuarenta codos de altura y sus raíces asomaban rectas sobre la superficie del agua, como un enrejado que formara una barricada infranqueable para las canoas. Unas cintas de algodón rojo estaban atadas a una de aquellas raíces, y el andalusí comprendió que era una señal dispuesta por los itzá para encontrar el paso a un canal que conducía a tierra firme.

Acamparon sobre una tierra viscosa, rezumante de humedad. El aire estaba repleto de mosquitos, que se abalanzaron de inmediato sobre la tierna piel de Lisán. Éste empezó a darse palmadas y bofetones a sí mismo, mientras los itzá no podían parar de reír al ver la irritación que aquellos seres minúsculos le causaban al hombre de madera.

La cena estuvo compuesta principalmente por frutos de los mangles recién recogidos por los guerreros itzá. Lisán sostuvo uno en su mano durante un buen rato, mirándolo con escepticismo. Era una vaina alargada llena de una pulpa amarillenta. Comió un poco y le pareció que era la cosa más amarga y asquerosa que hubiera probado nunca.

– ¡Esto es repugnante! -exclamó.

– Es bueno -le dijo Koos Ich-. Cómelo, porque no hay otra cosa.

– Eso no es cierto -protestó el andalusí-. Tenemos las canoas cargadas de provisiones.

Koos Ich masticó un trozo de pulpa de mangle y dijo:

– Olvídate de ellas. La costumbre es reservarlas mientras vayamos encontrando alimentos frescos.

– ¿A esto le llamas alimento? En ese caso debes saber que mi costumbre es no comer algo con un sabor tan horrible.

– No hay otra cosa, hombre de madera. Lo tomas o lo dejas.

Lisán arrojó a un lado el fruto y se tumbó sobre el lecho de húmedas hojas muertas. Para protegerse de los mosquitos, que zumbaban sin descanso junto a sus orejas, intentó meter la cabeza en el interior de su túnica. Se sentía cansado y miserable. Dio media vuelta e intentó dormir.

Mientras dos itzá establecían un perímetro de guardia, Lisán no dejaba de girar a un lado y a otro, acosado por los mosquitos. Finalmente, comprendió que le iba a ser imposible descansar y se puso en pie. Los guardias lo observaron con curiosidad mientras caminaba hacia la linde del campamento, pero no dijeron nada.

Buscando un poco de soledad, y también para comprobar hasta qué punto se estiraban los límites de su libertad, se internó en la selva. Al alejarse un poco de los mangles el aire empezó a oler mejor y despejó un poco su cabeza. La luna asomaba entre las copas de los árboles y Lisán añoró su lejana ciudad de Granada. Consideró todas las circunstancias que lo seguían arrastrando por una aventura cuyo curso no acertaba a predecir. Se preguntaba si era ya dueño de su destino o si seguía siendo un esclavo con unos dueños distintos, pero no menos crueles. Consideró la posibilidad de huir hacia el sur en una de aquellas canoas. Quizás él fuera capaz de gobernarla en solitario, pero únicamente si podía permanecer al abrigo de la barrera de arrecifes. Enfrentado a las olas de alta mar no duraría ni un instante.

Un suave roce contra las hojas lo hizo volverse rápidamente y vio a alguien acercándose desde la oscuridad. La luz de la luna le descubrió que era la sacerdotisa.

– ¿Los hombres de allí de donde vienes no necesitan dormir? -preguntó Sac Nicte con un susurro.

– Necesitamos dormir, igual que aquí. Pero a veces el sueño nos rehúye…

La sacerdotisa llegó a su altura y se detuvo. Su rostro estaba medio en sombras y sólo se distinguían claramente sus ojos, que parecían sonreír. La luz de la luna creaba una especie de aureola al iluminar sus cabellos.

– Hubo una época en la que no había noche en el mundo -dijo-, hasta que un sabio soñó con la noche porque su corazón necesitaba reposo. Entonces una lechuza le trajo una semilla de cacao y le dijo: «Aquí está encerrado lo que deseas. Arroja la semilla a un cenote y así, por una sola vez, vendrá la noche». Pero el sabio abrió la semilla de cacao para descubrir su secreto y las tinieblas se extendieron por todo el Mundo. Entonces, al verse rodeado de oscuridad, deseó que volviera el día. Se dice que así es la vida de los hombres: viven en el día y sueñan con la noche; tienen la noche y sueñan con el día.

Lisán sonrió.

– A menudo yo también pienso que todo es un sueño -dijo- del que habré de despertar en algún momento para encontrarme de nuevo en mi mundo.

– ¿Cómo es tu mundo, Lisán al-Aysar?

Había una sincera curiosidad en su voz. El andalusí inspiró profundamente aquel aire húmedo, cargado de aromas extraños. Señaló hacia el oriente.

– Mi mundo está en esa dirección. Tiene la forma de un mar ovalado, en cuyas costas han nacido y muerto civilizaciones desde que los hombres tienen memoria. Las aguas de ese mar son cruzadas en todas direcciones por canoas que son mayores que uno de vuestros templos. Porque sobre las aguas de ese mar, y en sus costas, comerciamos, vivimos y luchamos. Sobre todo luchamos, porque, ciertamente, la guerra no es extraña en mi mundo.

– ¿Jugáis al juego de los dioses?

Lisán hizo un gesto de desconcierto.

– Perdona, no te entiendo.

– ¿Peleáis por vuestros dioses?