– Beey. En cierto modo. Las playas del sur de ese mar están ocupadas por los creyentes y las playas del norte por infieles que quisieran vernos desaparecer. También hay otros mundos y otras gentes de costumbres casi incomprensibles, pero es posible llegar a ellos tras largos y peligrosos viajes por tierra. El comercio con esos lejanos países ha sido la riqueza para las naciones que bordean nuestro mar. Pero nunca hubiera imaginado un lugar como éste, de no haberlo visto con mis propios ojos. Aquí todo es insólito. El color de los lagartos que corren entre las piedras o el olor de la tierra o el de las diferentes maderas. Nada es lo que te esperas, lo que ya dabas por sentado. Y en mi mundo, millones de personas viven sus vidas sin saber que esto existe, ajenos por completo a esta tierra. Es… desconcertante…
Mientras hablaba, Lisán frotaba una de sus manos contra el costado de su camisola. Notaba desde hacía rato una comezón bastante fuerte en la palma. La alzó a la altura de sus ojos y vio que estaba roja y algo hinchada. Se palpó la inflamación con cuidado.
– Has tocado el árbol del fuego -le dijo la mujer al ver su gesto.
– Beey. Algo he tocado, sin duda. La mano entera me arde.
Sac Nicte caminó hacia dos árboles de la jungla. Uno era de corteza rojiza y el otro la tenía de color claro.
– Ése es el «árbol del fuego» -dijo mientras señalaba el rojo-. Debes evitarlo. Y éste -señaló el otro- siempre crece a su lado.
Usando un pequeño cuchillo de sílex, Sac Nicte arrancó un trozo de corteza del árbol claro y se acercó de nuevo al andalusí.
– Déjame que frote con esto la palma de tu mano…
El andalusí la extendió dócilmente.
– ¿Qué es?
– Siempre crecen juntos. Uno es el veneno, el otro es la cura. Todo tiene aquí un lugar decidido y ajustado por los dioses. ¿Tú sabes cuál es tu lugar, Lisán al-Aysar?
Sac Nicte retuvo la mano del extranjero mientras la frotaba con la corteza.
– Ma' -admitió Lisán, disfrutando de la suave calidez de aquel roce-. Eso es algo que no he sabido nunca.
Un contacto humano que no le asustaba o repugnaba. Sin duda que era algo que representaba un avance en su recuperación. Porque Lisán así lo sentía; que había estado muy enfermo, a las puertas de la muerte, y que un milagro le estaba devolviendo poco a poco la salud. Pero era consciente de que una pequeña zona de su alma seguía dañada, como una mancha en la retina de un ojo que hubiera mirado directamente al sol. Era una zona que se había vuelto dura e insensible, y lo sobresaltaba cada vez que palpaba en ella para comprobar cómo progresaba la cicatrización.
– Dime una cosa, Lisán al-Aysar -dijo Sac Nicte, sin soltar su mano-, las mujeres de tu mundo… ¿tienen el rostro cubierto de pelos como tú?
La sonrisa del faquih se ensanchó y acabó riendo de buena gana.
– ¿Cómo dices? No. Las mujeres no tienen barba… Bueno, casi ninguna la tiene…
– ¿Estás seguro?
– Mi abuela tenía un buen bigote, pero… -No podía dejar de reír. Hizo un esfuerzo por serenarse-. Lo cierto es que muchas sí que lucirían una buena barba, si no tuvieran mucho cuidado en quitarse los pelos de la cara… Y de otras partes del cuerpo…
Ella lo estudió con atención, como si lo viera por primera vez, y dijo:
– Los dioses crearon al primer hombre con maíz rojo, pero a los de tu tierra debieron de crearlos con maíz blanco.
– Conozco otras tierras, habitadas por gentes que sin duda nacieron de maíz negro… Si tal cosa existe…
– Beey. Existe. Maíz rojo, negro, blanco y amarillo.
El andalusí observó cómo el largo cabello negro de la mujer reflejaba la luz plateada y vio sus ojos enmarcados por las sombras. Lo comprendió todo, de repente, con un estremecimiento que sintió en las tripas, no en la mente o en el corazón.
– Es extraño… -dijo lentamente-. Tus ojos…
Sac Nicte cambió su expresión. Su sonrisa se esfumó y dio media vuelta. Iba a marcharse, pero Lisán la detuvo.
– ¡Espera! Yo te conozco… ¡No es posible!
La cabeza le daba vueltas. Sabía que era imposible, pero allí estaba, y lo que le sorprendía era que no lo hubiese advertido antes. Hasta ese punto su mente seguía ofuscada.
– Sé que te conozco… desde hace mucho tiempo…
Aquella mujer cuyo rostro cubierto por un velo no había visto, pero sus ojos… Quizás estaba enloqueciendo por la soledad, el dolor, el miedo a la muerte… Ahora se abría una esperanza ante él y quizás eso enturbiaba aún más sus sentidos y hacía que lo confundiera y lo mezclara todo. Igual que él y sus compañeros confundieron sus intenciones cuando los pajes de los hombres-tigre les cosieron y curaron las heridas.
Alargó su mano libre y acarició los cabellos de la mujer. Ella permaneció muy quieta durante un momento, mirándolo con aire desafiante. Luego se apartó un poco.
Avergonzado de su reacción, Lisán retiró la mano y dijo:
– Lo siento… Quizá sólo fue un sueño.
– Sí -dijo ella-, pero su significado oculto ya me ha sido revelado. Te conozco, sí, desde hace mucho. La diosa Ixchel me mostró el futuro en un sueño y desde entonces sé quién eres y cómo nos íbamos a encontrar.
Lisán la miró fascinado.
– ¿Quién crees que soy? -preguntó.
Pero Sac Nicte no dijo nada más. Dio media vuelta y regresó al campamento, dejando a Lisán solo y confundido. Alzó la vista hacia el cielo. La luna acababa de ser cegada por nubes empujadas por vientos que olían a tormenta y que aullaban entre los mangles.
La noche sufrió entonces un cambio notable, una tempestad se levantó por oriente y la lluvia azotó con fuerza, empapando la tierra. La oscuridad, el bramido del viento, el chasquido de los árboles y el choque furioso de las olas contra la costa, hicieron que el andalusí se sintiera de nuevo perdido en un mundo remoto y olvidado.
8
El viento aún no había amainado a la mañana siguiente, cuando el campamento se despertó. Mientras los itzá lanzaban al mar sus canoas, Lisán observó con preocupación cómo rompían las olas contra los arrecifes, invisibles y cortantes como navajas de barbero.
Las dos canoas se encaminaron lentamente hacia la muralla de coral. Las olas se estrellaban contra ella y lanzaban surtidores de espuma hacia lo alto. Tras cruzarla se vieron sacudidos por el enloquecedor caos de un mar que atacó las frágiles canoas haciéndolas oscilar y cabecear. Las olas los empujaban hacia atrás, obligándolos a retroceder hacia los afilados y amenazadores dientes de los arrecifes.
Lisán estaba harto de hacer el papel de pasajero en aquella embarcación y pidió a gritos que le dieran un remo. Hincó una rodilla en el fondo de la canoa y empezó a paletear con furia y determinación, intentando seguir el ritmo salvaje que marcaban los nativos.
Con un esfuerzo sobrehumano, se encaminaron hacia el mar profundo para evitar los arrecifes que trazaban una paralela a la línea del litoral. A partir de ese momento, y durante las jornadas que duraría el viaje, se verían obligados a navegar a esa distancia de la costa, sin la posibilidad de refugiarse en tierra firme en caso de que la tormenta empeorara repentinamente. Los pasos de la barrera eran muy pocos y estaban cada vez más espaciados. Los itzá los conocían bien, y sabían del peligro que representaba acercarse a aquellos dientes de coral azotados por el viento y el oleaje. El único refugio de los navegantes era la alta mar, allí aquellas embarcaciones parecían insumergibles. Las olas pasaban sobre ellos o las canoas las traspasaban como una flecha atravesaría el vientre de un hombre.
Durante días navegaron resistiendo olas de una altura impresionante, o al menos eso le parecía a Lisán al contemplarlas desde su posición a ras del agua. Llegaban desde detrás, eclipsando el horizonte tras una montaña de agua, y los empujaban hacia su destino. Sólo en dos ocasiones lograron atravesar la barrera de arrecifes para ir a pernoctar en la costa cubierta de mangles. Y a la mañana siguiente, antes de que asomaran las primeras luces, volvían a enfrentar sus canoas con el mar.
Siempre hacia el suroeste, calculaba Lisán. Nubes plomizas ennegrecían el cielo, las olas parecían colinas verdes y cambiantes. Las canoas se deslizaban por sus pendientes para inmediatamente ascender hacia la cresta, desde donde a veces era posible contemplar la línea de árboles de la costa. Muy a menudo la lluvia acribillaba la superficie del agua, pero los itzá y el andalusí seguían remando con tozudo estoicismo. Tenían la única compañía de grandes pájaros, de vuelo algo torpe y con una especie de bolsa bajo el pico, que volaban en formación y se zambullían en picado cerca de las canoas, para emerger al cabo de un instante con un pez debatiéndose en el interior de sus bolsas.
Un día el tiempo mejoró un poco y se vieron remando entre extraños grumos que flotaban por todas partes. Lisán atrajo uno con su remo hasta el borde de la canoa y lo observó con curiosidad. Era una sustancia grasa y gomosa de color gris con estrías rojas.
– ¿Qué es? -preguntó. Aquél era mayor que una cabeza humana, pero los había de todos los tamaños y formas. Su aspecto era poroso y despedía un intenso olor dulzón que no le era desconocido. Intentó recordar dónde había olido algo así antes.
– Espuma de mar solidificada por el sol -dijo uno de los itzá-. A veces aparece por estas aguas… Se dice que posee poderes mágicos.
Lisán arrancó un pedazo con la uña y asomó la punta de un enorme pico, incrustado en aquella sustancia. Intentó imaginar el ave capaz de poseer un pico de ese tamaño y comprendió que podía tratarse del monstruoso pájaro roc, lo que le hizo estremecerse. Un roc no tendría ninguna dificultad en atrapar una de las canoas y echarse a volar hasta su nido, donde servirían de alimento a sus polluelos. Interrogó a Koos Ich acerca de la presencia de aves gigantes en aquellos parajes, pero él no había oído hablar nunca de algo semejante.
Siguieron remando en silencio entre aquellos grumos flotantes, y entonces vieron al primero de los monstruos. Divisaron un surtidor de espuma y vapor surgir directamente frente a ellos en medio del mar. Los nativos dejaron inmediatamente de remar, elevaron sus remos hacia el cielo y permanecieron inmóviles. Lisán no daba crédito a sus ojos cuando vio aparecer un ancho espinazo negro en medio de las dos canoas. Recordó la ballena que había nadado alrededor de la Taqwa y en cuyo lomo el desdichado Yusuf ibn Sarray había enterrado dos flechas. Pero ahora la perspectiva desde aquellas canoas que apenas los elevaban por encima de la superficie del agua era mucho más estremecedora.