Descendió con auxilio de las raíces de la ceiba, que le sirvieron de escalones, hasta una plataforma de roca donde lo esperaba el Uija-tao.
La bóveda plana, formada por la cara inferior de las grandes losas del suelo del templo, estaba entrelazada de raíces que colgaban sobre ellos.
Bajaron por un angosto conducto natural cuyas paredes eran de piedra calcárea. Una fuerte corriente de aire llegaba desde las profundidades y mantenía en constante agitación las raíces del interior de la cavidad. La llama de la antorcha que llevaba el anciano se agitaba, pero parecía arder mucho mejor con aquel vendaval.
– Yo era un muchacho cuando el ejército tolteca vino para conquistar nuestra tierra… -parloteaba mientras tanto el Uija-tao-. Yulu uayano! Los irrefrenables lujuriosos del día, los irrefrenables lujuriosos de la noche, los bribones del Mundo que tuercen los cuellos, guiñan los ojos, sueltan sus babas por la boca… ¡Ay! Uno Imix fue el día en que cayó Chichén Itzá… y todo nuestro pueblo se dirigió entonces hacia el destierro, como animales amansados.
El viento que azotaba el interior de la caverna fluía a tanta velocidad por aquel estrecho pasadizo que Lisán apenas podía respirar.
– Hablas de esos acontecimientos como si los hubieras presenciado… -consiguió decir entre jadeos. ¿Cómo se las arreglaba aquella momia para caminar tan rápido contra aquel vendaval?-. ¿No sucedió hace muchos años?
– Yo apenas era un niño en Chichén Itzá, y mi cuerpo ha madurado y degenerado muchas veces desde entonces, pero mi alma se mantiene por encima del tiempo, como el pájaro Pujuy vuela sobre las copas de los árboles, anidando en un cuerpo recién nacido tras otro.
Lisán guardó un silencio de incredulidad. Quizás aquel tipo era un embaucador, pensó, aunque ya no podía estar seguro de nada. Observó en el suelo un rastro solitario, gastado hasta una profundidad de dos o tres pulgadas por las continuas pisadas de los que por allí pasaron. Y el techo cubierto por una costra de hollín del humo de las antorchas. Muchas generaciones habían recorrido antes que él aquel camino descendente.
– ¿Éste es un lugar de culto? -preguntó.
– Es uno de los cenotes sagrados. Sólo yo puedo bajar hasta aquí.
A la distancia de unos ciento cincuenta codos el pasadizo se ensanchó y tomó la forma de una amplia caverna. Ya no se sentía allí la corriente de aire, y las paredes y el techo abovedado estaban formados por una piedra tosca e irregular. Por el centro continuaba el mismo rastro gastado. De esta caverna se desprendían a derecha e izquierda varios pasadizos. El Uija-tao iluminó uno de ellos con su antorcha para que Lisán viera un trozo de piedra labrada con extraños y complejos jeroglíficos.
– Teotihuacan -dijo señalando uno de ellos-. Este nombre, en la lengua náhuatl significa: «La ciudad en la que te conviertes en un dios». Nuestros antepasados viajaron desde Teotihuacan siguiendo el mandato de los trece dioses y fundaron la ciudad de Chichén Itzá. Allí vivimos en paz hasta la llegada de Espejo Humeante y su ejército nahual. Decían que este mundo ya había cumplido su tiempo, y que sólo éramos espectros a los que los dioses concedían unos pocos latidos más de vida a cambio de que ofrendáramos nuestros corazones en un banquete sin fin… Pero ellos también se habían acostumbrado al sabor de la carne humana y su ansia de sangre aumentaba día tras día.
Siguieron descendiendo por uno de los pasadizos, por escalones labrados en la misma roca y de un ancho apenas suficiente para asentar el pie. Hasta que llegaron a un cantil que por el lado derecho se elevaba hasta una gran altura y por el otro se hundía formando un impresionante despeñadero. El único puente tendido sobre aquel abismo estaba hecho con palos atados toscamente unos con otros. Dieron unos pasos por aquella insegura pasarela. El precipicio que se abría bajo sus pies apenas podía vislumbrarse a la luz de la antorcha.
Lisán se asomó con precaución y vio brillar el agua al fondo, reposando en el lecho profundo y rocoso de la gran cúpula de piedra.
– Fíjate -dijo el anciano alzando la antorcha.
El andalusí miró hacia arriba y distinguió cientos de cables que descendían rectos, como líneas perfectamente trazadas, desde la bóveda rocosa hasta la superficie del agua.
– ¿Qué es eso? -preguntó.
– Silencio -ordenó el Uija-tao-. Es ahora cuando debes comer el kuuxum. ¡Hazlo!
– ¿Qué?
Con un gesto teatral, el anciano dejó caer la antorcha. Ésta descendió flameando y se apagó al tocar la superficie líquida. Quedaron en la más absoluta oscuridad, en medio de aquel incierto puente de palos y con el abismo bajo ellos.
Lisán, aterrorizado, maldijo al anciano. Sintió la vibración del puente a través de sus pies y dedujo que aquel loco estaba caminando en la oscuridad. El puente se bamboleaba bajo él y sus rodillas temblaron.
– ¡Ya basta! -gritó-. ¡Detente!
– No hay otra luz, dzul -dijo el Uija-tao soltando una carcajada-. Será mejor que comas el kuuxum.
– ¡Estás loco! ¿Te das cuenta de lo que has hecho? ¿Cómo vamos a encontrar la salida en medio de esta oscuridad?
– No hay oscuridad. Son tus ojos los que no pueden ver, pero tu visión se basa en un engaño de tus sentidos. Únicamente si comes el kuuxum verás el Mundo Real.
En medio de aquella negrura total, colgado sobre un abismo, Lisán creyó que iba a empezar a gritar de terror. Intentó desesperadamente conservar la calma, y a su mente acudió una antigua oración sufí:
El Mundo que concebimos como exterior a nosotros existe tanto dentro de nosotros como fuera. Porque sólo hay Un Mundo y es Allah.
Lo que vemos como el Mundo Sensible o el Mundo Finito no son más que un conjunto de velos que ocultan el Mundo Real. Son los velos de nuestros propios sentidos: los ojos son los velos de la verdadera visión, los oídos son los velos de la verdadera audición…
Para tomar conciencia del Mundo Real es necesario que apartemos esos velos…
Incluso en su terror no pudo dejar de advertir la similitud entre las palabras de sus maestros y las de aquel anciano enloquecido. Y eso tenía algún significado, sin duda. Pero no se sentía con ánimo para buscarlo.
Con resignación, se llevó a la boca aquel repugnante trozo de hongo y empezó a masticar.
11
Pasó un tiempo. No podía calcular cuánto, estando como estaba plantado en medio de la oscuridad. Pero empezaron a suceder cosas. Sensaciones…
Al principio fueron náuseas y extrañas impresiones físicas. Frío. Calor. Sentía que su piel se estaba transmutando en un humor viscoso. Que las proporciones de su cuerpo experimentaban distorsiones, de modo que las manos y los pies parecían estar cada vez más alejados del torso. Sus dedos extendidos se retorcían como los pámpanos de una vid…
No pudo contener la orina y ésta resbaló suavemente entre sus piernas. Tuvo una erección y al instante un orgasmo interminable que, en lentas pulsaciones, fue vaciando su cuerpo de semen. Se estaba hundiendo dentro de sí mismo, como si su cabeza cayera lentamente hacia el interior de sus intestinos y rebotara contra ellos.
Entonces empezó a ver pequeños chispazos de colores que flotaban frente a sus ojos e iluminaban poco a poco la oscuridad de la caverna. Aquellos átomos fueron formando un mosaico de destellos rojos, verdes y azules, como una malla fina superpuesta a su campo visual. Empezaron a agruparse para formar imágenes y descubrió que podía ver de nuevo.
El Uija-tao caminaba tranquilamente delante de él, por el puente, y su trayectoria dejaba estelas de gran colorido. Sin volverse dijo:
– Vamos, dzul.
Lisán lo siguió como en un sueño, abstraído por todo lo que veía. Llegaron a suelo firme. Pero a su alrededor todo se distorsionaba, fluía y ondulaba en una especie de danza pulsante y sensual. Apenas quedaban ya unas pocas zonas oscuras en aquella inmensa caverna, pero incluso las sombras mostraban su propio tipo de luz, que parecía emanar de ellas.
Veía la nuca del anciano frente a él. Un grueso tentáculo luminoso surgía entre los hombros del anciano y se perdía en el suelo de la caverna.
Partículas diminutas, siguiendo un patrón que parecía vivo, como hormigas rojas ardientes, circulaban a toda velocidad desde el suelo de roca hasta la espalda del Uija-tao, y lo envolvían por completo en una compleja red de vasos sanguíneos que bombeaban la sangre por el interior de su cuerpo y su cerebro. Era bastante terrorífico, pero tan fascinante que no podía dejar de mirar. No lograba imaginar lo que eran. En un principio pensó que se trataba de algún tipo de insecto, pero eran demasiado pequeñas.
Acercó su propia mano a sus ojos y escrutó detenidamente la palma. Brillaba. Pequeños puntitos de luz, casi inapreciables, se escurrían por entre sus dedos. Se trataba de las mismas criaturas minúsculas que también correteaban por toda la piel del anciano. Eran menores que las ínfimas impurezas que rodeaban sus poros, pero sin duda se movían como lo hacen los insectos. ¿Acaso eran los átomos de los que hablaban los griegos? Giró su cabeza todo lo que pudo. Un tentáculo semejante al que llevaba prendido el Uija-tao también surgía de su espalda, y aquellas motas luminosas iban y venían frenéticas por él.
– ¿Qué son estas cosas? -preguntó estremeciéndose.
El Uija-tao se volvió y Lisán observó que la sangre que fluía de la herida en su pene -que seguía abierta gracias a la mecha de algodón- era tan brillante que lastimaba los ojos al mirarla directamente. La sangre resbalaba por las piernas del anciano trazando ríos de luz y se amontonaba en charquitos refulgentes en el suelo.
– La vida no se detiene al nivel que pueden distinguir tus ojos. La vida sigue y sigue, en una complejidad creciente hasta conformar la propia textura de la realidad -dijo-. Eso que puedes ver ahora es el chu'lel.
Lisán desconocía la palabra.
– ¿El chu'lel? ¿Esa especie de tentáculo prendido a nuestra espalda… y esas… esas motas luminosas que circulan por su interior? ¿Qué son?