Выбрать главу

Lisán caminaba ahora junto a los turcos. Había decidido no contarles nada sobre la última conversación con su antiguo jefe. Las cosas se habían precipitado y ni siquiera él había tenido tiempo de poner en orden sus ideas.

– No lo sé -dijo.

– Quizás haya huido a través del mar con uno de esos comerciantes.

El andalusí anduvo en silencio un buen trecho, rumiando lentamente sus pensamientos. No deseaba enfrentarse a la muerte. No ahora. Quizás esto no le hubiera importado demasiado unos años atrás, pero en ese momento no quería otra cosa que estar lejos de allí, junto a Sac Nicte. Quería tener la oportunidad de vivir con ella en algún lugar remoto, apartado de las guerras, de los ÿinn y de los dioses.

– Quizá lo que ha hecho Baba sea lo más inteligente -dijo.

– ¿Huir? -le preguntó Dragut.

– Ésta no es nuestra guerra.

– Pues míralo a él -dijo el turco señalando hacia Jabbar, que caminaba junto a ellos con la mirada tan perdida como era habitual en él-. No sabe dónde está, ni por qué va a luchar, toda su vida es siempre el mismo día de batalla. Una y otra vez. Así nos sentimos nosotros, faquih. Es algo que sabemos hacer y no nos planteamos mucho más. Luchar es una forma más de vivir y aquí también podemos labrarnos un futuro a golpe de espada, aunque sea de madera.

– ¿Has olvidado tan pronto a los que asesinaron a nuestros hermanos? -le preguntó Piri.

– ¿Es eso lo que buscáis, venganza?

– Tú deberías desearla más que ninguno de nosotros, pues viste con tus propios ojos cómo mataban, descuartizaban y devoraban a los nuestros. Eso fue lo que nos contaste, ¿no? ¿Tan pronto has olvidado el destino de los Banu Sarray, del muchacho mawla y de tantos amigos? Al contrario de Jabbar, yo sí tengo memoria y sabe Allah que juré vengarlos a cualquier precio.

– No lo he olvidado. Pero no se puede vivir para el odio, y nada de lo que hagamos podrá borrar de mi mente el recuerdo de los amigos muertos.

– Tienes miedo -comprendió Piri-. Para ti fue muy fácil hablar en el consejo, pero ahora, cuando llega el momento de la verdad, estás asustado hasta la médula.

– Déjalo -dijo Dragut-, él no es un guerrero. No lo ha sido nunca y no es justo que lo juzgues como tal.

Lisán no respondió y se apartó de los dos turcos. Alzó la vista y contempló aquel astro maldito. El cometa que los había acompañado en su tragedia al llegar a aquellas costas y que ahora volvía a lucir sobre sus cabezas. De momento sólo él y los sacerdotes podían identificarlo en medio del laberinto de estrellas. Se preguntó si la actitud del joven turco cambiaría ante la llegada de aquel signo infausto. No hay opciones… Únicamente un destino que nos empuja, como los motores que mueven los astros allá arriba…

Al amanecer llegaron al lugar elegido por los mexica para combatir.

Allí les aguardaban ya sus aliados tutul xiu. Lisán observó que físicamente no eran muy diferentes de los itzá, quizás un poco menores de estatura y con la frente plana. Pero Sac Nicte le explicó que esto último no era un rasgo de nacimiento, pues las mujeres xiu ataban una tabla contra la frente de los bebés para provocarlo. Había otros detalles: como los cocom, también se limaban los dientes para tener un aspecto más fiero y se rapaban la cabeza dejando sólo algunos mechones sueltos que les caían sobre las sienes.

Los mexica estaban acampados sobre una colina. El terreno era una amplia explanada de una legua de largo en la ladera que se proyectaba hacia las marismas. Aparentemente, el desnivel favorecía a los mexica, pues ocupaban la zona más elevada, pero las marismas y el monte encerrarían por igual los flancos de los dos ejércitos. En realidad, comprendió Lisán, la llanura parecía demasiado estrecha para formar adecuadamente las tropas.

Le señaló esto a Sac Nicte, opinando que quizá los mexica habían cometido un grave error táctico al elegir el terreno.

– ¿Por qué piensas eso? -le preguntó ella.

– Esa colina… Si los mexica se vieran obligados a retroceder, aunque no fuera más que unos pasos, quedarían atrapados. El terreno entre ellos y su campamento es demasiado reducido como para permitirles un repliegue ordenado y rehacer sus líneas. Con tan poco espacio, sólo pueden hacer una cosa si los batimos: huir a la carrera para impedir que nuestros guerreros los aplasten contra las defensas de su propio campamento…

– No hay colinas en estas tierras -le dijo la mujer.

– ¿Qué? -El andalusí se volvió hacia ella.

– Esta tierra es plana por completo. No hay montañas ni colinas.

– Pero… -Señaló-. ¿Cómo le llamas a eso?

– Hay un viejo templo enterrado ahí. Ese lugar es un nudo de poder del chu'lel y los mexica han tenido buen cuidado de situarlo a su retaguardia.

Lisán volvió a mirar el montículo.

– ¿Estás segura?

– Sí, Lisán al-Aysar, esta guerra se va a desarrollar a varios niveles. Unos visibles y otros invisibles. Y la magia va a estar presente.

Ahuítzotl comía tras un biombo adornado con hilos de plata y oro entretejidos alrededor de escamas de jade. Era un hombre muy joven, con la piel oscura y una larga nariz aguileña. Llevaba una rica capa atada con un gran nudo sobre su hombro derecho, y sandalias bordadas de oro con piedras preciosas en el empeine. Su labio inferior estaba perforado por un gran bezote de jade, y lucía un tocado de plumas verdes de quetzal sobre los cabellos negros y ondulados. Los esclavos le iban trayendo un plato tras otro, de los que apenas tomaba algún bocado, dejando el resto a los sabios y sacerdotes que estaban sentados con él. Al otro lado del biombo montaban guardia un gran número de nobles armados, listos para defender la vida del tlatoani, y algunos músicos hacían sonar sus instrumentos.

Uno de los nobles se arrodilló frente a él. Mantenía los ojos bajos, sin mirarlo, tocó el suelo con las manos y se las besó.

– Noble señor -dijo sin alzar la vista-, los itzá ya han llegado, ellos ya se han desplegado, se preparan para la batalla.

Ahuítzotl recogió una de las flores blancas diseminadas por el mantel y se dirigió a observar el campo de batalla.

– Acompáñame, Mujer Serpiente -dijo sin volverse, mientras olía la flor.

Juntos treparon hasta lo alto de la colina mágica y, desde allí, contemplaron el ejército enemigo que se extendía frente a ellos. Escuadrones de hombres-águila con adornos de plumas y pinturas de guerra, tropas de las etnias itzá y tutul xiu ataviadas con sus armaduras de madera, cuero y algodón prensado. Frente al campamento, un grupo de pajes amontonaban leña en piras dispuestas con regularidad.

En total se habrían reunido allí tres millares de hombres dispuestos a hacerles frente.

Ahuítzotl cruzó los brazos y pellizcó su bezote de jade con dos dedos.

– Son más de lo que habíamos supuesto, ¿verdad?

– Eso parece. Han conseguido implicar ciudades vecinas, pero no ha de servirles para cambiar el resultado de esta batalla.

– Tanto mejor -dijo el tlatoani-, más almas para entregar en la Ceremonia de Inauguración.

Koos Ich conferenció largamente con Hun Uitzil Chaac. Tras acordar el plan de batalla, se dirigió con paso firme hacia la línea de sus tropas.

En el centro del campamento, los sacerdotes golpeaban con palos manojos de la yerba xulub envueltos en trapos. Junto a ellos, doscientos guerreros-águila se infligían unos a otros dolorosas heridas con una afilada cuchilla de obsidiana, labrando su piel con complicados dibujos, corte tras corte, en el pecho, los brazos y las piernas.

Koos Ich soportó también esta tortura ante los asombrados ojos de Piri y Lisán, que no encontraban juicioso eso de someterse a una sangría momentos antes de iniciar una batalla.

Los sacerdotes se acercaron entonces a los guerreros-águila y les vendaron el pecho y los miembros sangrantes con los trapos empapados con el jugo de la yerba xulub. Los guerreros extendieron los brazos, como águilas de verdad a punto de emprender el vuelo. Sentían la energía recorrerles el cuerpo a través de los circuitos marcados por la filigrana de dibujos sobre la piel. Las pequeñas heridas quemaban como metal fundido, pero, a la vez, la yerba xulub les proporcionaba una fuerza extraordinaria y unos sentidos afinados al máximo.

Koos Ich descubrió que podía ver con claridad hasta el menor detalle del campamento mexica. Ahuítzotl caminaba entre sus guerreros tal y como se decía que solía hacer antes de empezar cualquier batalla. Al parecer quería que lo vieran, que se supiera que el tlatoani iba a estar con ellos.

Los guerreros-águila se ataviaron ceremoniosamente para el combate. El peto de algodón prensado, y sobre éste un ajustado traje de plumas de águila. Luego se colocaron un emplumado casco de mimbre que representaba la cabeza de un águila con las fauces abiertas. A Koos Ich le ataron a la espalda una larga caña con las insignias de su clan adosadas. Sería el estandarte que todos tendrían que seguir durante la lucha.

Los mexica y sus aliados habían situado a sus tropas, que superarían las cinco mil almas, en la ladera de la colina. Koos Ich calculaba que sus capitanes les habrían ordenado que no avanzaran hacia el enemigo, sino que esperaran en sus posiciones, para que los itzá-xiu llegaran ante ellos cansados por la carrera cuesta arriba. Bien, Koos Ich ya había discutido eso con su co-nacom y sabía cómo solucionarlo. Sin embargo, la superioridad numérica de los mexica y sus aliados cocom era aplastante, y eso sí que era un problema.

Ordenó a sus hombres que se separaran más unos de otros. Era importante no dejar los flancos al descubierto si el frente podía ser rodeado por sus enemigos. A pesar de ello, la línea itzá no era tan larga como la de la Triple Alianza, por lo que Koos Ich formó a los honderos y arqueros en sus alas, y a una tropa tutul xiu armada con lanzadores de jabalinas junto a ellos.