– ¿Sabéis si el adivino sigue ahí arriba?
– Ésos son sus acólitos -dijo el Ahuacán de Amanecer-, no se alejarían de él por nada del mundo. He oído decir que está muy enfermo.
– Traedme su cabeza -dijo Ahuítzotl.
El Mujer Serpiente asintió, llamó a dos de los hombres-jaguar y les comunicó la orden.
Los nahual se empaparon con la sangre de los sacerdotes muertos al pie de la Ceiba y se transformaron en las fieras cuyas pieles llevaban. Sus cuerpos se retorcieron y encorvaron, sus rostros se afilaron con un largo crujido de huesos, las garras sustituyeron las manos. En un instante ya no hubo hombres, sino dos jaguares que empezaron a trepar por la ceiba en llamas clavando las uñas en su corteza.
Una vez llegaron a lo alto saltaron sobre los sacerdotes que aún aguantaban en la plataforma y los destrozaron. Luego penetraron en el interior de la choza del Uija-tao.
Las llamas crepitaban salvajemente a su alrededor, todo Uucil Abnal era ya una gigantesca antorcha. Los hechiceros sudaban y se esforzaban por mantener el denso humo lejos de Ahuítzotl, pero la violencia del incendio era tal que su labor empezaba a resultar imposible. Las llamas explotaban sobre la copa de aquellos árboles ricos en resinas y salpicaban de fuego todo el perímetro del bosque sagrado de los itzá.
– Tlatoani -dijo el Mujer Serpiente-. Debemos abandonar este lugar. El calor pronto se volverá insoportable…
Ahuítzotl alzó una mano pidiendo calma al sacerdote, porque los dos jaguares ya descendían por el tronco de la Gran Ceiba. Sus pieles amarillas crepitaban envueltas en llamas, pero no se detuvieron hasta llegar frente al tlatoani y dejar caer a sus pies la cabeza abrasada del Uija-tao. Sólo entonces, los dos jaguares convertidos en antorchas vivientes se derrumbaron y se transformaron en dos hombres carbonizados que siguieron ardiendo en el suelo.
– Vamos -dijo Ahuítzotl, satisfecho-. Salgamos de aquí.
El Mujer Serpiente alzó la vista y vio que un pequeño pájaro Pujuy escapaba de las llamas y se alejaba volando en la noche. Luego caminó tras el tlatoani y su grupo.
Baba se había encaramado a un árbol y desde su copa estuvo observando el sangriento ataque a Uucil Abnal. Mientras contemplaba aquel desastre, no podía dejar de pensar en que Na Itzá le recordaba a su abuelo Mircea, siempre con su enfermiza obsesión por obtener a toda costa la paz mediante la negociación. Cuando las llamas que devoraban la ciudad alcanzaron tal altura que parecían capaces de hacerle un agujero al cielo, el temor de que el fuego se extendiera con rapidez y lo atrapara antes de tener tiempo de ponerse a salvo lo decidió a abandonar su escondite y alejarse de aquel lugar. Corrió solo por el bosque, mientras las imágenes de horror de las muchas guerras que había contemplado durante su vida se superponían a la destrucción de la que acababa de ser testigo…
Una inmensa llanura erizada de estacas puntiagudas, hasta el horizonte. Y en cada una de ellas un cuerpo agonizando o pudriéndose… El cielo era rojo como la sangre y, mientras el sol se ponía, él cenaba tranquilamente en medio de aquel espanto…
Era su pasado.
Ahora escapaba por una selva que quizá pronto sería devorada por las llamas. Se detuvo. Al pie de uno de aquellos árboles vio el cadáver putrefacto de un gran mono. Una nube de moscas y el nauseabundo olor que conocía tan bien. Gusanos, larvas, incluso pequeñas setas creciendo sobre la carne podrida. La vida brotaba de los seres moribundos, formando una aureola de resplandeciente chu'lel. Todo tronco caído servía de lecho a hermosas y gigantescas flores. Los seres vegetales absorbían a los animales y se desarrollaban plenamente, dando origen a una nueva generación de criaturas. En los árboles vivían helechos, en éstos, plantas aéreas, y en el corazón de estas últimas se abrían magníficas flores que ofrecían su alimento a millares de mariposas e insectos.
Se sentó frente al cadáver del mono y dejó que sus recuerdos fluyesen.
Era sólo un niño cuando fue llevado a Egrigöz, aquella remota fortaleza perdida en las montañas de Anatolia. Allí se vivía aterrorizado por los ataques de las hordas bárbaras. Por los humanos y por los que no lo eran. Allí las gentes habían conocido cientos de años de terror.
Recordó una noche que había pasado abrazado a su hermano Radu, mientras los Engendros de la Noche asaltaban una y otra vez los muros de la fortaleza. Oían los alaridos de dolor de los defensores mientras eran devorados por aquellas criaturas inimaginables que aullaban como lobos pero caminaban como hombres. Finalmente fueron rechazados y Egrigöz se salvó en aquella ocasión. ¿Por cuánto tiempo?
– Pronto os tocará a vosotros -les dijo el enorme turco que era alcaide de la fortaleza y gobernador de aquella remota región-. Los engendros pronto llegarán a vuestra tierra y sabréis lo que es vivir en el terror.
– Pero vosotros podéis rechazarlos -dijo el muchacho al que un día los turcos llamarían Kazikli: «el Empalador»-. Toda la región está en poder de los engendros, pero vosotros os mantenéis aquí. ¿Cómo?
El alcaide lo miró divertido y dijo:
– Pequeño infiel, deberías aprender a tener fe en Allah y rezar.
Pero, esa noche, el turco se acercó a su litera y le susurró:
– Dime, ¿de verdad deseas aprender a luchar contra los ÿinn?
– No deseo otra cosa -dijo él incorporándose.
– ¿Estás dispuesto a todo, a cualquier cosa? Debes saber que únicamente hay una forma de combatir a la magia… y es con la magia. Quizá no desees entrar en ese lugar. Te conducirá por senderos de los que jamás podrás desviarte.
– Quiero que me enseñes. Quiero aprender a defender a mi patria de los demonios.
El alcaide apoyó su manaza en la mejilla del chico y dijo:
– ¡Valiente muchacho! Yo te enseñaré, hijo, vas a ser mi alumno… Ahora, ven conmigo.
Él se dispuso a seguirlo. Entonces su hermano Radu lo llamó:
– Vlad… ¿qué vas a hacer?
– No te muevas de aquí, hermano. Cierra los ojos y duerme, porque aquí estás seguro.
Se entra paso a paso en la oscuridad… Un pie primero, luego el otro…
Baba parpadeó. Los gusanos realizaban una preciosa danza sobre el cuerpo del mono muerto y por un instante no acertó a distinguir si lo que estaba contemplando realmente era el pequeño cuerpo de un niño empalado. Pero recordó dónde estaba. En el presente, las llamas iluminaban de rojo el horizonte y el humo se filtraba por la jungla.
Se puso en pie y siguió corriendo.
La canción era muy hermosa y las voces le sonaron a Lisán como un coro de ángeles, aunque no podía entender las palabras:
In zan o ihui tinemi zan cuel achic in motloc monohuac in ipalnemohuani.
Ni hual neiximacho tlalticpac ye nican.
Ayac mocahuaz.
Quetzalli ya pupuztequi in tlacuilolli zan no pupulihui xochitl a cuitlahui.
Ixquich ompa ya huicalo ye ichan.
Intentó abrir los ojos poco a poco. Apenas una rendija al principio, por la que entró un destello de luz y dolor. Un tambor redoblaba dentro de su cabeza, como una ola de sangre que chocaba contra las paredes de sus oídos.
– No intentes levantarte aún -le susurró una voz aún más hermosa que aquellas que cantaban.
Era Sac Nicte. Lisán obedeció y le dijo:
– Esa canción… Es tan bella…
– Es náhuatl.
– Parece muy triste. ¿Qué es lo que dice?
– «Así es como vivimos, un breve instante a tu lado, junto a ti… Vine a que me conozcan aquí, sobre la Tierra. Nadie habrá de quedarse. Las plumas de quetzal se harán trizas, las pinturas se irán destruyendo, las flores se marchitarán. Todo será llevado más allá de la casa del Sol…»
Se detuvo para escuchar otra estrofa y añadió:
– «¿Es que en verdad se vive? No para siempre, apenas un momento en la Tierra. Si es jade, se hace astillas; si es oro, se destruye; si es un plumaje de quetzal, se rasga…»
– ¿Quién está cantando?
– Los guerreros mexica… Ellos lloran así a sus muertos.
– Somos sus prisioneros…
– Beey.
Lisán logró abrir los ojos y tardó un instante en ajustarse a la luminosidad. Vio el rostro de la mujer rodeado de un halo tan intenso que ocultaba sus detalles. Parpadeó e intentó enfocar la vista. Una mano suave le acarició la frente.
– Estás bien -dijo Sac Nicte-. No temas.
La luz blanca que la rodeaba empezó a atenuarse y a tomar un color azul claro.
– No, no estoy bien. Sentí cómo mi espalda se rompía cuando me golpearon.
Sac Nicte rió. Colocó un objeto delante de los ojos del andalusí para que éste pudiera verlo. Era la pipa que le había entregado el Uija-tao y que él había llevado colgada a la espalda. Estaba partida en dos.
– Esto te salvó. Absorbió gran parte del golpe.
– Entonces ¿hemos sobrevivido?
– Beey, Lisán al-Aysar -dijo ella-, los dos seguimos en este mundo. No sé si para nuestra desgracia… No, no… No intentes incorporarte.
El andalusí desistió de hacerlo. Estaba tumbado boca arriba sobre la hierba y ahora podía distinguir, tras Sac Nicte, un cielo azul y limpio. También las copas de algunos árboles.
– He cosido tu herida con mis cabellos. No es grave, pero lo mejor es que duermas un poco más. No nos pondremos en marcha hasta dentro de un par de días. Los mexica deben esperar a que sus heridos también puedan andar.
– Dos días.
– Beey. Los que para entonces no puedan andar serán sacrificados aquí mismo.
– Piri, Dragut…
– Piri y Jabbar están aquí con nosotros. Están bien, pero Dragut murió en el combate. Tampoco sé nada de Koos Ich.
– Allah sea misericordioso -musitó Lisán-. Nos barrieron.
– No pienses en nada ahora. Duerme, recupérate. Nos espera un largo viaje hasta Tenochtitlán.