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Cuando Whitey llamó a los dos ayudantes del fiscal, éstos ya estaban abandonando sus asientos.

– Así no va a ir bien, chicos. Tendréis que salir por la puerta de atrás.

Cerraron las puertas de delante y desaparecieron en la parte trasera de la furgoneta para coger el cadáver, lo que hizo sentir a Sean que aquella fase llegaba a su fin y que a partir de entonces sería él el que se tendría que ocupar del caso. Los demás policías, los equipos técnicos y los periodistas que sobrevolaban con sus helicópteros el lugar del crimen, o más allá de las cintas protectoras que rodeaban el parque, pasarían a otra cosa, mientras que él y Whitey tendrían que cargar solos con lo que implicaba la muerte de Katie Marcus: redactar informes, preparar los documentos de las causas de defunción e investigar su muerte hasta mucho después de que toda la gente que rondaba por allí se hubiera empezado a ocupar de otros asuntos, como accidentes de tráfico, robos o suicidios en habitaciones con el aire viciado y los ceniceros repletos de colillas.

Martin Friel se subió al escenario y se sentó allí, con sus diminutas piernas balanceándose sobre el suelo. Había ido hasta allí directamente desde el Club de Golf George Wright y su piel, por debajo del polo azul y de sus pantalones caquis, desprendía cierto olor a loción solar. Golpeaba el escenario con los talones y Sean notó un deje de irritación moral en él.

– Ya ha trabajado alguna vez con el sargento Powers, ¿verdad?

– Sí -contestó Sean.

– ¿Algún problema?

– No -Sean observó que Whitey se llevaba a un policía uniformado aparte y que le señalaba la hilera de árboles de detrás de la pantalla del autocine-, El año pasado trabajamos juntos en el caso del homicidio de Elizabeth Pitek.

– ¿La mujer con la orden de restricción? preguntó Friel- ¿El ex marido comentó algo sobre el dinero?

– Si nos dijo: «Que el dinero gobierne su vida no quiere decir que tenga que gobernar la mía»_

– Consiguió veinte, ¿no es así?

– Sí, veinte bien buenos.

Sean deseó haber conseguido a alguien que le defendiera mejor. El niño, que había sido adoptado, se estaría preguntando qué había sucedido y a quién demonios pertenecería a partir de entonces.

El agente se alejó de Whitey, escogió a unos cuantos policías y se dirigieron hacia la arboleda.

– He oído decir que bebe -comentó Friel, subiendo una pierna encima del escenario y apoyando la rodilla en el pecho.

– Yo nunca le he visto borracho, señor -remarcó Sean, empezando a preguntarse quién estaba a prueba, Whitey o él.

Vio cómo Whitey se agachaba y examinaba un matojo de hierba que había junto a la rueda trasera de la furgoneta y cómo se subía la vuelta de los pantalones de chándal, como si llevara un traje de Brooks Brothers.

– Su compañero está de baja porque ha alegado, ya ve, incapacidad temporal; he oído decir que para recuperarse de la lesión en la columna vertebral está en Florida, montando en motos de agua y navegando -Friel se encogió de hombros-. Powers solicitó trabajar con usted cuando regresara. Ahora ya está de vuelta. ¿Va a haber más incidentes del estilo de este último?

Sean ya se había esperado que tendría que comerse algún reproche, especialmente de Friel, así que con un tono de voz de arrepentimiento, respondió:

– No, señor, tan sólo me falló el juicio por un momento.

– Varios momentos -apuntó Friel.

– Lo que usted diga, señor.

– Su vida privada es un desastre, agente; ahí está el problema. No permita que vuelva a afectar a su trabajo.

Sean miró a Friel, y sus ojos tenían un brillo cargado de electrodos que ya había visto con anterioridad, un brillo que indicaba que nadie estaba en posición de llevarle la contraria.

Sean asintió de nuevo y no replicó.

Friel le sonrió con frialdad y dirigió la mirada hacia un helicóptero perteneciente a algún periódico que giraba por encima de la pantalla, volando más bajo de lo que habían acordado. Por la expresión de su rostro, se diría que Friel iba a pegarle una dura reprimenda a alguien antes de que se pusiera el sol.

– Conoce a los familiares, ¿no es así? -le preguntó Friel, sin apartar los ojos del helicóptero. Se crió aquí.

– Me crié en la colina.

– Pues eso es, aquí.

– Estamos en las marismas. No es lo mismo, señor.

Friel hizo un movimiento con la mano indicando que no tenía ninguna importancia y prosiguió:

– Creció aquí. Fue uno de los primeros en llegar y, además, conoce a esta gente. ¿Me equivoco?

– ¿En qué?

– En su habilidad para poder llevar el caso -le dedicó su sonrisa de entrenador de verano de softball1 -. Además, es uno de los chicos más listos que tengo y ya ha cumplido con su condena. ¿Está dispuesto a trabajar en serio?

1 Variedad de beisbol que se juega sobre un terreno más pequeño que el normal

Con pelota grande y blanda. (N.T.)

– Sí, señor -respondió Sean-, No le quepa ninguna duda, señor. Lo que sea con tal de conservar mi puesto de trabajo, señor.

Se volvieron hacia la furgoneta en el momento en que dentro de ésta algo caía al suelo y producía un ruido seco; el chasis se hundió sobre las ruedas y luego rebotó de nuevo hacia arriba.

– ¿Se ha dado cuenta de que siempre se les caen? -comentó Friel. Pasaba muy a menudo. Katie Marcus, encerrada en una bolsa de plástico oscura y calurosa, con la cremallera cerrada hasta arriba. Arrojada en aquella furgoneta, con el pelo enmarañado dentro de la bolsa, con los órganos cada vez más blandos,

– Agente -dijo Friel-, como ya se puede imaginar me apena mucho que niños negros de diez años acaben muriendo a causa de los disparos de las malditas bandas callejeras. ¿Sabe qué me disgusta aún más?

Sean sabía la respuesta, pero no pronunció palabra.

– Que asesinen a chicas blancas de diecinueve años en mis parques, En esas circunstancias la gente no suele exclamar, «¡los caprichos de la economía!». La tragedia no les provoca un sentimiento de tristeza, sino que se cabrean y desean que alguien pague por ello. -Friel le propinó un codazo a Sean-. Entiende lo que le quiero decir, ¿verdad?

– Sí, claro.

– Eso es lo que quieren, porque ellos son nosotros y eso es lo que deseamos todos.

Friel asió a Sean del hombro para que le mirara a los ojos.

– Sí, señor -respondió Sean, porque Friel tenía ese extraño brillo en los ojos que indicaba que creía en lo que decía con el mismo convencimiento que la gente que hablaba de Dios, de la bolsa, o de Internet como-aldea-global.

Friel había vuelto a nacer, aunque Sean no acababa de estar muy seguro de lo que eso significaba, pero Friel había encontrado algo satisfactorio en su trabajo que Sean era incapaz de reconocer, algo que le procuraba consuelo, incluso fe, o la certeza de que había algo más allá. Muchas veces, a decir verdad, Sean pensaba que su jefe era idiota, siempre soltando perogrulladas sobre la vida y la muerte, y explicando, si alguien se molestaba en escucharle, cómo conseguiría que todo fuera bien, cómo curaría el cáncer y cómo podrían convertirse en un único corazón colectivo.

Otras veces, sin embargo, Friel le recordaba a su padre, construyendo jaulas para pájaros en un sótano en el que ningún pájaro llegó a volar jamás, y la sensación de recordarle le encantaba.

Martin Friel había sido detective jefe del Departamento de Homicidios del Distrito Seis durante el mandato de dos presidentes distintos; que Sean supiera, nadie le había llamado nunca «Marty» o «colega» o «viejo». Si uno le viera por la calle, con toda probabilidad pensaría que trabajaba como contable o como tasador de reclamaciones para una compañía de seguros, o algo similar. Tenía una voz suave que hacía juego con un rostro dulce, y del pelo sólo le quedaba un mechón castaño en forma de herradura. Era un tipo menudo, teniendo en cuenta, además, que se había abierto camino entre oficiales de alta graduación; uno podría perderle de vista con facilidad entre una multitud, ya que 110 había ningún rasgo característico en su manera de andar. Amaba a su esposa y a sus dos hijos, siempre se olvidaba el resguardo del aparcamiento en el anorak durante los meses de invierno, participaba de forma activa en su iglesia, y era conservador fiscal y socialmente.