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Pero estaban en un depósito de cadáveres, con la hija de Jimmy tumbada en medio de ambos, en una camilla de metal, y el bolígrafo de Whitey preparado sobre la libreta; así pues, lo único que Sean fue capaz de responder al suplicante rostro de Jimmy fue: «Venga, Jim. Vamos a tomarnos ese café».

Según Sean, Annabeth Marcus era una mujer increíblemente fuerte. Estaba sentada allí, una tarde de domingo, en una fría cafetería municipal, con ese característico olor a celofán recalentado y empañado, siete plantas más arriba de un depósito de cadáveres, hablando de su hijastra con unos distantes representantes de la ley; Sean se dio cuenta de que por muy dolorosa que le resultara la situación, ella no se desmoronaría. Tenía los ojos rojos, pero a los pocos minutos, Sean tuvo la certeza de que no lloraría. Al menos delante de ellos. De ninguna de maneras.

Mientras hablaban, se quedó sin aliento varias veces. Se atragantaba a media frase, como si un puño le atravesase serpenteando por el pecho y le presionara los órganos. Se colocaba la mano sobre el pecho, abría la boca un poco más, y esperaba a tener suficiente oxígeno para continuar,

– El sábado después de trabajar en la tienda, llegó a casa a las cuatro y media.

– ¿De qué tienda se trata, señora Marcus?

– Mi marido -dijo señalando a Jimmy- es propietario del Cottage Market.

– ¿La de la esquina de East Cottage y de la avenida Bucky? -preguntó Whitey-. Tienen el mejor café de toda la ciudad.

– Entró en casa y se metió en la ducha -prosiguió Annabeth-. Cuando salió, cenamos. Ah, no, espere, ella no comió nada. Se sentó con nosotros, habló con las niñas, pero no cenó. Nos dijo que se iba a cenar con Eve y Diane.

– ¿Las chicas con las que salió? -preguntó Whitey a Jimmy.

Jimmy asintió con la cabeza.

– Así pues, no comió… -apuntó Whitey.

– Pasó un rato con las niñas, con nuestras hijas, sus hermanas -continuó Annabeth-. Hablaron del desfile de la semana próxima y de la Primera Comunión de Nadine. Después estuvo hablando por teléfono en su habitación un ratito y, a eso de las ocho, se marchó.

– ¿Sabe con quién hablaba por teléfono?

Annabeth negó con la cabeza.

– ¿El teléfono que tiene en la habitación es una línea privada? -preguntó Whitey.

– Sí.

– ¿Les molestaría que las conversaciones que realizó por esa línea salieran a la luz cuando llamen a declarar a los de la compañía telefónica?

Annabeth miró a Jimmy y éste respondió:

– No. No tenemos ningún inconveniente.

– Así pues, se marchó a las ocho. Según tienen entendido para encontrarse con sus amigas, Eve y Diane.

– Eso es.

– ¿A esa hora aún se encontraba en la tienda, señor Marcus?

– Sí. El sábado hice el turno de día. De doce a ocho.

Whitey pasó de golpe una página de la libreta, les dedicó una sonrisa a los dos y añadió:

– Ya sé que esto les debe ele resultar duro, pero lo están haciendo muy bien.

Annabeth hizo un gesto de asentimiento, se volvió hacia su marido y dijo:

– He llamado a Kevin.

– ¿Si? ¿Has hablado con las chicas?

– He hablado con Sara y le he dicho que estaríamos de vuelta en casa muy pronto. No le he dicho nada más.

– ¿Te ha preguntado por Katie? Annabeth asintió con la cabeza.

– ¿Qué le has dicho?

– Sólo le he dicho que pronto llegaríamos a casa -respondió Annabeth.

Sean se percató de que le temblaba un poco la voz al pronunciar "pronto».

Ella y Jimmy volvieron a mirar a Whitey y éste les dedicó otra pequeña sonrisa tranquilizadora.

– Tengan la seguridad, así lo ha ordenado el máximo responsable del ayuntamiento, de que a este caso se le va a dar prioridad absoluta. Además, no cometeremos errores. Al agente Devine le han asignado el caso porque es amigo de la familia y nuestro jefe se percata de que le dedicara mucho más tiempo. No se alejará de mí ni un solo minuto y encontraremos al responsable de la muerte de su hija.

Annabeth le dirigió una mirada burlona a Sean y exclamó:

– ¡Amigo de la familia! ¡Si yo no le conozco!

Whitey frunció el entrecejo con cierto aire de abatimiento.

– Su marido y yo éramos amigos, señora Marcus -declaró Sean.

– Hace mucho tiempo -puntualizó Jimmy.

– Nuestros padres trabajaban juntos.

Annabeth hizo un gesto de asentimiento, todavía un poco confundida.

– Señor Marcus, los sábados solía pasar mucho tiempo con su hija en la tienda, ¿no es así? -preguntó Whitey.

– Sí y no -contestó Jimmy-, porque yo casi siempre estaba en la parte trasera y Katie se encargaba de las cajas registradoras de la parte de delante.

– ¿Recuerda que pasara algo fuera de lo normal? ¿Se comportaba de alguna manera extraña? ¿Estaba tensa o asustada? ¿Tuvo algún enfrentamiento con un cliente?

– Que yo viera, no. Le daré el número de teléfono del tipo que trabajaba con ella por las mañanas. Quizas sucediera algo antes de que yo llegara.

– Se lo agradezco, señor. Pero mientras usted estuvo allí…

– Se comportaba con naturalidad. Se la veía feliz, tal vez un poco…

– Un poco, ¿qué?

– No, nada.

– Señor, cualquier cosa, por nimia que sea, ahora es importante.

Annabeth se inclinó hacia delante y dijo:

– ¿Jimmy?

Jimmy les dedicó una sonrisa incómoda y añadió:

– No es nada. Sólo que… en un momento dado, alcé los ojos del mostrador y vi que estaba en la puerta. Allí estaba, de pie, sorbiendo una Coca-Cola con una pajita y mirándome.

– Mirándole.

– Sí. Y por un instante, me recordó un día en el que me miró del mismo modo: ella tenía cinco años y yo iba a dejarla sola en el coche para entrar un momento en una farmacia. Entonces, claro está, se echó a llorar porque yo acababa de salir de la cárcel y su madre hacía muy poco que había muerto, y creo que por aquel entonces pensaba que cada vez que la dejaba, aunque fuera por un segundo, no iba a volver. Bueno, pues ayer tenía esa mirada, ¿de acuerdo? Lo que quiero decir es que, al margen de que acabara llorando o no, era una mirada que parecía indicar que se estaba preparando para no volver a verme más. -Jimmy se aclaró la voz y soltó un largo suspiro que le ensanchó los ojos. Bien, no le había visto esa mirada desde hacía unos cuantos años, unos siete u ocho tal vez, pero el sábado, durante unos segundos, me miró de aquella manera.

– Como si estuviera preparándose para no volver a verle.

– Sí -Jimmy observó a Whitey mientras éste lo anotaba en la libreta de notas-. ¡Oiga, no se lo tome demasiado en serio! ¡Tan sólo era una mirada!

– No lo hago, señor Marcus, se lo prometo. Pero es información. Es a lo que me dedico: a recoger información hasta que dos o tres piezas encajan. ¿Ha dicho que estuvo en la cárcel?

– ¡Santo Dios! -exclamó Annabeth en voz baja, y luego movió la cabeza.

Jimmy se reclinó en la silla y exclamó:

– ¡A contarlo de nuevo!

– Solo es una pregunta -apuntó Whitey.

Seguramente haría lo mismo si le hubiera dicho que había trabajado para Sears hace quince años, ¿no es verdad? Cumplí condena por robo. Dos años en Deer Island. Apúnteselo en la libreta. ¿Cree que esa información va a ayudarle a coger al tipo que mató a mi hija, sargento?