– ¿Por qué no tomamos un poco de agua o una Coca-Cola? -sugirió Sean.
– ¡Buen chico! -exclamó Whitey, sonriendo como si realmente hubiera puesto a Sean a prueba, aunque éste percibió su necesidad en la mirada inquieta y en la forma de apoyar la punta de la lengua en las comisuras de los labios.
– ¡Dos Coca-Colas; marchando!
Whitey salió de la cocina con los dos refrescos y dio uno a Sean. Se encaminó hacia un pequeño cuarto de baño situado en el pasillo que salía de la sala de estar, y Sean oyó cómo se quitaba la camisa y hacía correr el agua.
– Este caso cada vez me parece mas complicado -gritó Whitey desde el lavabo-. ¿También tienes esa sensación?
– Un poco -admitió Sean.
– Las coartadas de Fallow y de O´Donnell parecen bastante convincentes.
– Pero eso no quiere decir que no pudieran contratar a alguien para que lo hiciera -apuntó Sean.
– Estoy de acuerdo, pero ¿es eso lo que piensas?
– En realidad, no. No lo veo nada claro.
– Sin embargo, no podemos descartar esa posibilidad.
– No, desde luego que no.
– Tendremos que volver a entrevistar al chico ése de los Harris, aunque sólo sea porque no tiene coartada, pero no me lo imagino capaz de haberlo hecho. ¡Ese chico parece de gelatina!
– Aun así, tenemos que pensar en los motivos -advirtió Sean-. ¿Y si cada vez estaba más celoso de O'Donnell o algo así?
Whitey salió del cuarto de baño secándose la cara con una toalla; su panza blanca tenía un corte en forma de sonrisa, una serpiente roja de tejido cicatricial que le atravesaba desde un lado hasta la parte baja del tórax.
– Sí, pero ese chico… -se dirigió poco a poco hacia el dormitorio de la parte trasera.
Sean fue hasta el pasillo y dijo:
– Tampoco le creo capaz de cometer semejante atrocidad, pero debemos asegurarnos.
– Además está el padre y todos esos tíos chiflados, aunque ya tengo a unos cuantos hombres interrogando a la gente del barrio.
Sean se apoyó en la pared, tomó un sorbo de su Coca-Cola y añadió:
– Si alguien lo hizo sin tener motivo alguno, sargento… ¡mierda!
– Sí, y que lo digas. -Whitey salió al pasillo con una camisa limpia y empezó a abotonársela-. Pero la señora Prior nos dijo que no oyó gritar a nadie.
– Sólo oyó un disparo.
Nosotros creemos que fue un disparo, aunque supongo que tenemos razón. Sin embargo, no oyó gritar a nadie.
– Tal vez la chica de los Marcus estuviera demasiado ocupada golpeando al tipo con la puerta del coche e intentando escapar.
– En eso estoy de acuerdo, pero… ¿y la primera vez que lo vio dirigiéndose hacia el coche?
Whitey pasó por delante de Sean y entró en la cocina.
Sean se apartó de la pared, le siguió y precisó:
– Eso quiere decir que le conocía; además, le dijo «hola».
– Sí -asintió Whitey-. Y si no fuera así, ¿por qué iba a parar el coche?
– Es verdad -respondió Sean.
– ¿No estás de acuerdo?
Whitey se apoyó en la encimera y se volvió hacia Sean.
– Es verdad -repitió Sean-, El coche se estrelló y las ruedas estaban giradas hacia el bordillo.
– Sin embargo, no había marcas que indicaran que hubiera derrapado.
Sean asintió con la cabeza y añadió:
– Quizá sólo iba a veinticinco kilómetros por hora y algo le hizo desviarse bruscamente hacia el bordillo.
– ¿Qué?
– ¡Cómo coño quieres que lo sepa! ¡El jefe eres tú!
Whitey sonrió y se bebió la Coca-Cola de un trago. Abrió la nevera para coger otra y le preguntó:
– ¿Qué podría hacer que alguien girase bruscamente sin darle al acelerador?
– Algo que hubiera en la carretera -respondió Sean.
Whitey levantó la segunda Coca-Cola en señal de asentimiento y recalcó:
– Sin embargo, cuando llegamos allí no había nada en la carretera.
– Pero eso fue a la mañana siguiente.
– ¿Qué quieres decir, un ladrillo o algo así?
– Teniendo en cuenta que era de noche, un ladrillo es demasiado pequeño, ¿no crees?
– Pues un trozo de hormigón.
– De acuerdo.
– En todo caso, seguro que había algo -insistió Whitey.
– Algo -asintió Sean.
– Se desvía, choca contra el bordillo, quita el pie del embrague, y el coche se estrella.
– Y en ese preciso instante aparece el asesino.
– A quien ella conoce. Y después, ¿qué, sencillamente se acerca a ella y se la carga?
– Ella le da un golpe con la puerta y luego…
– ¿Te han golpeado alguna vez con la puerta de un coche?
Whitey levantó el cuello de la camisa, se puso la corbata y empezó a hacerse el nudo.
– De momento me he perdido esa experiencia.
– Es como un puñetazo. Por muy cerca que estés, si una mujer te golpea con la pequeña puerta de un Toyota, lo único que conseguirá es ponerte de mal humor. Karen Hughes nos contó que el asesino debía de estar a unos diez centímetros de distancia cuando realizó el primer disparo. ¡A diez centímetros!
Sean comprendía lo que le estaba insinuando, pero añadió:
– De acuerdo, pero tal vez se echara hacia atrás y le diera una patada a la puerta. Eso ya sería suficiente.
– Sin embargo, la puerta tenía que estar abierta. Aunque se hubiera pasado todo el día pegándole patadas, si hubiera estado cerrada, no habría conseguido hacerle ningún daño. Habría tenido que abrirla con la mano y empujarla con el brazo. O bien el asesino se echó hacia atrás y recibió el golpe de la puerta cuando no se lo esperaba, o…
– No pesa mucho.
Whitey dobló el cuello de la camisa por encima de la corbata y espetó:
– Eso me hace pensar en las huellas.
– ¡Las malditas huellas! -exclamó Sean.
– Sí -vociferó Whitey-. ¡Las malditas huellas! -Se abrochó el botón superior y deslizó el nudo de la corbata hacia arriba-. Sean, el autor de los hechos persiguió a esa mujer a través del parque. Ella corría a toda velocidad y seguro que él la seguía cual animal enloquecido. Lo que te quiero decir es que atravesó ese parque como un rayo. ¿Estas insinuando que no dejó ni una sola huella?
– Llovió toda la noche.
– Sin embargo, encontramos tres huellas de Katie. ¡Venga, hombre! Hay algo que no encaja.
Sean apoyó la cabeza en al armario que tenía detrás e intentó imaginarse la situación: Katie Marcus, balanceando los brazos mientras bajaba por la oscura pendiente en dirección hacia la pantalla del autocine, la piel arañada por los arbustos, el pelo empapado a causa de la lluvia y el sudor, con la sangre goteándole por el brazo y el pecho. Y el asesino, siniestro y sin rostro en la mente de Sean, persiguiéndola a pocos metros de distancia, también a toda velocidad, con las orejas palpitantes por la sed de sangre. Sean se imaginaba que era un hombre grande, un fenómeno de la naturaleza, e incluso inteligente. Lo bastante inteligente para colocar algo en medio de la carretera y hacer que Katie Marcus se diera con las ruedas delanteras contra aquel bordillo. Lo bastante listo para escoger un lugar de la calle Sydney en el que, con toda probabilidad, nadie vería ni oiría nada. El hecho de que la vieja señora Prior hubiera oído algo era una aberración; era lo único que el asesino no podía haber predicho, porque incluso Sean se había sorprendido al enterarse de que aún vivía alguien en aquel edificio tan chamuscado. Por todo lo demás, el tipo había sido muy listo.
– ¿Crees que es lo bastante listo para hacer desaparecer sus propias huellas? -pregunto Sean.
– ¿Cómo?
– El asesino. Tal vez después de matarla regresó al parque para echar barro sobre sus propias huellas.
– Es una posibilidad, pero ¿cómo iba a recordar todos los sitios que pisó? Era de noche y, aun cuando tuviera una linterna, es demasiado espacio a cubrir y demasiadas huellas que identificar y hacer desaparecer.