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La historia del atracador era mentira. Eso lo había sabido desde el principio. El último par de días había intentado olvidarlo, sacárselo de la cabeza del mismo modo que una gruesa nube hace desaparecer el sol. Pero tenía la certeza, desde la noche en que se lo contó, que los atracadores no suelen pegar puñetazos con una mano mientras sostienen una navaja en la otra, y que no pronunciaban frases inteligentes del tipo: «La cartera o la vida, hijo de perra. No pienso marcharme hasta que consiga una de esas dos cosas». También sabía que no era muy frecuente que hombres como Dave, que no había participado en una pelea desde la época del instituto, fueran capaces de desarmarles y de darles una paliza.

Si hubiera sido Jimmy el que hubiera llegado a casa contando esa historia, sería otra cosa. Jimmy, por muy delgado que fuera, parecía capaz de matar. Daba la impresión de que sabía pelear, pero que sencillamente había llegado a una madurez tal que la violencia ya no era necesaria en su vida. Aun así, Jimmy emanaba un aire de peligro, cierta capacidad de destrucción.

Dave exhalaba un aroma diferente. Era el de un hombre con secretos, con ruedas mugrientas que le giraban en torno a una cabeza igualmente sucia, con una vida de fantasía, tras aquellos ojos demasiado tranquilos, a la que nadie podía acceder. Llevaba ocho años casada con Dave, y siempre había pensado que llegaría un momento en que Dave le permitiría entrar en su mundo secreto; sin embargo, las cosas no habían ido de ese modo. Dave pasaba mucho más tiempo en ese mundo imaginario que se había construido que en el mundo real, y quizá esos dos mundos habían convergido, de modo que las tinieblas de la cabeza de Dave salpicaran su negrura en las calles de East Buckingham.

¿Habría sido capaz de matar a Katie? Siempre le había caído bien, ¿o no?

Con sinceridad, ¿podría Dave, su marido, ser capaz de asesinar a alguien? ¿De perseguir a la hija de un viejo amigo a través de un parque oscuro? ¿De golpearla y de oírla gritar y suplicar? ¿De pegarle un tiro en la nuca?

¿Por qué? ¿Por qué querría alguien hacer una cosa así? Y si uno aceptaba que alguien, en realidad, era capaz de cometer una atrocidad semejante, ¿era una suposición lógica pensar que Dave podía ser esa persona?

Sí, se dijo a sí misma. Dave vivía en un mundo secreto. Sí, con toda probabilidad, nunca se sentiría una persona entera debido a todas las bestialidades que había sufrido de niño. Sí, lo del atracador era mentira, pero tal vez pudiera justificar esa mentira de modo razonable.

Como, por ejemplo…

Katie fue asesinada en el Pen Park poco después de salir del Last Drop. Dave le había asegurado que se había peleado con un atracador en el aparcamiento de ese mismo bar. Le había aseverado que había dejado allí al atracador, inconsciente, pero nadie le había encontrado. Sin embargo, la policía había comentado algo sobre la sangre del aparcamiento. Entonces, existía la posibilidad de que Dave hubiera dicho la verdad. Quizá.

Con todo, no dejaba de darle vueltas al asunto y a la hora en la que habían pasado los hechos. Dave le había contado que se encontraba en el Last Drop. Según parecía, había dicho una mentira a la policía. Katie fue asesinada entre las dos y las tres de la mañana. Dave había regresado a casa a las tres y diez, cubierto de sangre ajena, y le había contado una historia muy poco convincente para justificar toda aquella sangre.

Ésa era la más sorprendente de las coincidencias: a Katie la habían asesinado la misma noche en que Dave había regresado a casa cubierto de sangre.

Si no fuera su esposa, ¿dudaría siquiera de la conclusión a la que había llegado?

Celeste volvió a inclinarse hacia delante, haciendo un esfuerzo por no vomitar y por apartar la voz interna que no cesaba de susurrarle al oído:

«Dave ha matado a Katie. Santo cielo. Dave ha matado a Katie».

«¡Por el amor Dios! Dave ha matado a Katie, y yo me quiero morir.»

– Entonces, ¿habéis descartado a Bobby y a Roman como sospechosos? -preguntó Jimmy.

Sean negó con la cabeza y respondió:

– Del todo, no. Cabe la posibilidad de que contrataran a alguien para que lo hiciera.

– Sin embargo -apuntó Annabeth-, por la expresión de su rostro creo que no lo consideran muy probable.

– Así es, señora Marcus.

– ¿Tienen algún otro sospechoso? -preguntó Jimmy.

Whitey y Sean intercambiaron una mirada, y en ese momento Dave entró en la cocina; quitó el papel de celofán del paquete de cigarrillos, se lo dio a Annabeth y le dijo:

– ¡Aquí tienes, Anna!

– Gracias. -Se volvió hacia Jimmy con una ligera expresión de turbación-. Me han entrado muchas ganas de fumar.

Jimmy sonrió con dulzura, le acarició la mano y le respondió:

– Cariño, haz lo que quieras. A mí no me supone ningún problema. Se volvió hacia Whitey y Sean mientras se encendía el cigarrillo, y declaró:

– Lo dejé hace diez años.

– Yo también -confesó Sean-. ¿Le puedo coger uno?

Annabeth se rió, con el cigarrillo temblándole entre los dedos, y Jimmy pensó que seguramente era el primer sonido agradable que había oído en las últimas veinticuatro horas. Vio cómo Sean sonreía mientras cogía un cigarrillo de su mujer y deseó darle las gracias por haberla hecho reír.

– Es un chico malo, agente Devine. Annabeth le encendió el cigarrillo. Sean dio una calada y comentó:

– No es la primera vez que me lo dicen.

– De hecho, si no recuerdo mal, te lo dijo el comandante jefe la semana pasada -terció Whitey.

– ¿De verdad? -preguntó Annabeth, observando a Sean con cierto gesto de interés cariñoso; Annabeth era una de esas pocas personas que tienen tanto interés en escuchar a la gente como en hablar.

La sonrisa de Sean se hizo aún mayor cuando Dave se sentó con ellos, y Jimmy sintió que el aire de la cocina se volvía más ligero.

– Me suspendieron de mi empleo -admitió Sean-. Ayer fue mi primer día de trabajo después de la sanción.

– ¿Qué hiciste? -preguntó Jimmy, apoyándose en la mesa.

– Es confidencial -respondió Sean.

– ¿Sargento Powers? -preguntó Annabeth.

– Bien, el agente Devine aquí presente…

Sean le miró por encima del hombro y le amenazó:

– Yo también podría contar muchas historias sobre ti.

– Tienes razón -asintió Whitey-. Lo siento, señora Marcus.

– ¡Vamos, hombre!

– No, no puede ser. Lo siento.

– Sean -dijo Jimmy, y cuando Sean se volvió para mirarle, Jimmy le dio a entender con la mirada que eso estaba bien, que era precisamente lo que necesitaban en ese momento. Un respiro. Una conversación que no tuviera nada que ver con asesinatos ni funerarias ni pérdidas.

El rostro de Sean se suavizó y por un momento pareció la misma cara de cuando tenía once años; luego hizo un gesto de asentimiento.

Se volvió hacia Annabeth y le confesó:

– Arresté a un tipo por unas multas inexistentes..

– ¿Que hizo, qué?

Annabeth se inclinó hacia delante, sosteniendo el cigarrillo junto a la oreja y con los ojos abiertos de par en par.

Sean echó la cabeza hacia atrás, dio una calada, expulsó el aire hacia el techo, y prosiguió:

– Había un tipo que me caía muy mal. El porqué no importa. Pues bien, una vez al mes más o menos, introducía su número de matrícula en el Registro de Vehículos por haber cometido alguna infracción; iba cambiando de infracción: un día por haber aparcado demasiado tiempo en una zona azul, otro día por haber dejado el coche en una zona de carga y descarga, etc. Bien, la cuestión es que el tipo estaba fichado, pero él no lo sabía.