Выбрать главу

– ¿Por qué el Vaticano se interesa otra vez por los vampiros?

Dave sonrió y la miró con aquel rostro de niño y los bonitos ojos que le caracterizaban.

– Representan una gran amenaza, cariño. Es bien sabido que roban cálices.

– ¡Roban cálices! -exclamó, sintiendo un deseo irresistible de sentarse junto a él y acariciarle el pelo, ya que no deseaba que aquella tonta discusión pusiera fin al día tan horrible que había pasado-. ¡No lo sabía!

– ¡Y tanto! ¡Son un gran problema! -respondió Dave, apurando la cerveza mientras James Woods, el hermano Baldwin y una chica con aspecto de drogadicta conducían una camioneta a toda velocidad por una carretera vacía con el vampiro pisándoles los talones-. ¿Dónde has estado?

– He ido a dejar el vestido a la funeraria.

– De eso hace horas -replicó Dave.

– Después pensé que necesitaba sentarme en algún sitio para pensar, ¿sabes?

– Pensar -repitió Dave-. ¡Claro, claro! -Se levantó del sofá, se fue a la cocina y abrió la nevera-. ¿Quieres una?

En realidad no la quería, pero contestó: -Sí, vale.

Dave regresó a la sala de estar y le dio la cerveza. Si Dave le abría la lata solía indicar que estaba de buen humor; sin embargo, en aquel momento Celeste no lo tenía muy claro: Dave le había abierto la lata, pero no sabía con certeza si era buena o mala señal.

– ¿En qué has estado pensando? -preguntó.

Al abrir su propia lata hizo mucho más ruido que el rechinar de neumáticos de la camioneta al volcar. -¡ Ya lo sabes!

– No, no lo sé, Celeste.

– En cosas -contestó, tomando un trago de cerveza-. En el día que he pasado, en la muerte de Katie, en Jimmy y Annabeth, y cosas por el estilo.

– Cosas por el estilo -repitió Dave-. ¿Sabes en lo que pensaba yo mientras traía a Michael a casa, Celeste? Pensaba en lo violento que debía de haber sido para él ver cómo su madre se marchaba sin decirle a nadie adónde iba ni cuándo regresaría. Pensé mucho en eso.

– Te lo acabo de decir, Dave.

– ¿El qué? -Se volvió hacia ella y le sonrió de nuevo, pero esa vez no había nada de infantil en la sonrisa-. ¿Qué me has dicho, Celeste? -Que tenía ganas de pensar. Siento mucho no haber llamado, pero estos dos últimos días han sido muy duros para mí. No me reconozco a mí misma.

– Nadie se reconoce a sí mismo.

– ¿Qué?

– En la película pasa lo mismo -apuntó Dave-. No saben ni quién es la gente de verdad ni quiénes son los vampiros. Ya lo he visto muchas veces. El hermano Baldwin ése acabará por enamorarse de la chica rubia, a pesar de que sabe que la han mordido. Ella se convertirá en vampiro, pero a él no le importa, ¿de acuerdo? Porque la ama, por muy vampiro que sea. Ella le chupará la sangre y lo convertirá en un muerto viviente. El vampirismo consiste en eso, Celeste: tiene su atractivo, por mucho que sepas que te matará, que condenará tu alma para la eternidad y que tendrás que pasarte el resto de tu vida mordiendo el cuello a la gente, escondiéndote del sol y de las brigadas del Vaticano. Quizá un día te despiertes y hayas olvidado en qué consiste ser humano. Si eso sucede, seguro que te acostumbras. Te han envenenado, pero ese veneno no es tan malo una vez que te has habituado a vivir con él. -Apoyó los pies en la mesa auxiliar y tomó un largo trago de cerveza-. De todos modos, eso es lo que pienso.

Celeste se quedó inmóvil, sentada en el brazo del sofá y observando a su marido.

– Dave, ¿de qué coño me estás hablando?

– De los vampiros, cariño. De los hombres lobo.

– ¿De los hombres lobo? Lo que dices no tiene ningún sentido.

– ¿Ah no? Piensas que maté a Katie, Celeste. Eso sí que tiene sentido, ¿verdad?

– Yo no… ¿Qué te ha hecho pensar eso? Manoseó la lata con los dedos y contestó:

– Antes de marcharte eras incapaz de mirarme a los ojos en la cocina de Jirnmy. Sostenías el vestido como si ella aún estuviera dentro y no te atrevías a mirarme. Empecé a pensar en ello. ¿Por qué motivo me rechazaba mi propia esposa? Entonces lo vi claro: Sean. Te dijo algo, ¿verdad? Sean y esa rata que tiene por compañero te han estado haciendo preguntas.

– No.

– ¿No? ¡No me lo creo!

A Celeste no le hacía ninguna gracia verlo tan tranquilo. Podría atribuirlo a la cerveza (Dave siempre había tenido borracheras muy tranquilas), pero en aquel momento había algo que no le acababa de gustar, la sensación de que algo le oprimía demasiado.

_. David…

– ¡Ahora vuelvo a ser «David»!

– … no pienso nada de eso. Tan sólo estoy confundida.

Ladeó la cabeza, la miró de nuevo y añadió:

– Pues saquémoslo todo, cariño. Una buena comunicación es lo más importante de una relación.

Tenía ciento cuarenta y siete dólares en la cartilla y un límite de quinientos dólares en la tarjeta de crédito, aunque ya se había gastado unos doscientos cincuenta. Aunque consiguiera sacar a Michael de allí, no llegarían muy lejos. Después de dos o tres noches en un motel, seguro que Dave les encontraría. Nunca había sido estúpido. Estaba convencida de que les encontraría.

La bolsa. Podría entregar la bolsa de basura a Sean Devine y él hallaría restos de sangre en la ropa de Dave. Había oído hablar de todos los avances que se habían llevado a cabo en las técnicas relacionadas con el ADN. Encontrarían la sangre de Katie en la ropa de Dave y le arrestarían.

– ¡Venga! -insistió Dave-. ¡Hablemos, cariño! ¡Aclaremos las cosas! Te lo digo en serio. Me gustaría disipar tus temores.

– No estoy asustada.

– Pues lo parece.

– No lo estoy.

– De acuerdo -quitó los pies de encima de la mesa-. Cuéntame lo que te preocupa, cielo.

– Estás borracho.

Dave asintió con la cabeza y añadió:

– Es verdad; sin embargo, eso no quiere decir que no pueda mantener una conversación.

En la televisión, el vampiro decapitaba de nuevo a otra persona, esta vez un cura.

– Sean no me preguntó nada -repuso Celeste-. Les oí hablar mientras tú ibas a por los cigarrillos de Annabeth. No sé qué les has contado, Dave, pero no se lo creen. Saben que estuviste en el Last Drop cuando estaban a punto de cerrar.

– ¿Qué más?

– Alguien vio nuestro coche en el aparcamiento a la hora en que Katie se marchó. Tampoco se creen la historia de cómo te lastimaste la mano.

Dave alzó la mano, la flexionó y dijo:

– ¿Eso es todo?

– Es todo lo que oí.

– ¿Y eso qué te ha hecho pensar?

Estuvo a punto de tocarle otra vez. Durante un momento, la amenaza parecía haberle abandonado el cuerpo y haber sido sustituida por una sensación de derrota. Lo notaba en sus hombros, en su espalda, y quería alargar los brazos y tocarle, pero se refrenó.

– Dave, cuéntales lo del atracador.

– El atracador.

– Sí. Tal vez te lleven a los tribunales. ¿Y qué? Eso es preferible a que te acusen de asesinato.

«Ahora es el momento -pensó-. Di que no lo hiciste. Di que nunca viste a Katie salir del Last Drop. Dilo, Dave.»

– Ya veo cómo te funciona la mente -espetó Dave-. De verdad que sí. Regresé a casa cubierto de sangre el mismo día que Katie fue asesinada. Por lo tanto, debo de haberla matado.

– ¿Y bien? -dijo Celeste de repente.

Dave dejó la cerveza sobre la mesa y empezó a reírse. Levantaba los pies del suelo, se apoyaba en los cojines del sofá y no paraba de reírse. Se reía como si le hubiera dado un ataque, cada vez que cogía aire para respirar se convertía en una sonora carcajada. Se reía tanto que las lágrimas le saltaban de los ojos y la parte superior del cuerpo le temblaba.

– Yo… yo… yo… -era incapaz de decirlo.

La risa se lo impedía. Las ganas de reírse no le abandonaban y un torrente de lágrimas le caía por las mejillas y por la boca abierta, burbujeando sobre sus labios.

Era oficiaclass="underline" Celeste no había estado tan asustada en toda su vida.

– ¡Ja, ja, ja, Henry! -exclamó, riéndose con menos intensidad.

– ¿Qué?