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– ¿Y si uno de los otros países entrega sus armas? -preguntó alguien.

– Estamos haciendo lo posible para asegurarnos de que eso no ocurra.

– Pero la alternativa de entregar nuestras armas es la muerte, ¿correcto? -volvió a preguntar Dwight Olsen.

– Lo uno o lo otro es muerte -reafirmó el presidente mismo-. La única alternativa que tiene algún mérito en mi mente es vencerlos antes de que el virus haga su daño.

– Ya lo está haciendo.

– No si logramos encontrar tanto a ellos como al antivirus en las próximas tres semanas. Ese es el único curso de acción que tiene algún sentido.

– En lo cual les puedo asegurar que estamos trabajando mientras hablamos -se anticipó a decir el director de la CÍA, Phil Grant-. Hemos suspendido temporalmente todos los demás casos, más de nueve mil, y hemos enfocado todos nuestros esfuerzos en localizar a esta gente.

– ¿Y cuáles son sus posibilidades de lograrlo? -inquirió Olsen.

– Los encontraremos. El truco será hallar el antivirus con ellos.

El presidente se inclinó sobre su micrófono.

Mientras tanto, creo que es importante que confrontemos esto con la más estricta cautela. Necesitamos algunas ideas. Algo que se les pueda ocurrir… soy todo oídos. Por absurdo que parezca.

Cierta clase de caos mental se apoderó del salón en la hora siguiente. Todos parecían actuar dentro de ese caos, pero sería erróneo decir que lo controlaran, pensó Thomas. El caos los controlaba.

Observó la pelea verbal, sorprendido. No era muy diferente a la de su propio Consejo. Aquí había una civilización avanzada comportándose exactamente como los suyos; estos exploraban y defendían ideas con mucha energía, no con espadas sino con lenguas igual de afiladas.

Dejó de seguir la pista a quién hacía preguntas y quién las contestaba, pero reflexionó con cuidado en cada pregunta y cada respuesta. En realidad, los estadounidenses tenían una clase de recursos poco común cuando de presionar se trataba.

– Parece que ralentizar la extensión del virus al menos nos podría dar un poco de tiempo -observó una hermosa mujer de vestido azul marino-. El tiempo es nuestro mayor enemigo y nuestro mejor aliado. Deberíamos paralizar los viajes.

– ¿Y ocasionar un pánico generalizado? Una amenaza de esta magnitud sacaría lo peor de la gente.

– Entonces brindémosles otra razón -respondió la mujer-. Hagamos pública una alerta creciente de terrorismo basada en información que no podemos revelar. Supondrán que estamos tratando con una bomba o algo así. Detengamos los viajes por tierra y cerremos los aeropuertos. Suspendamos todo viaje interestatal. Todo lo que podamos para disminuir el ritmo de extensión del virus. Incluso un día o dos podría ser determinante, ¿correcto?

– Estrictamente hablando, sí -contestó Barbara, la ministra de salud.

Nadie objetó.

– Francamente, más bien podríamos concentrarnos en el antivirus y en los medios de distribuirlo en poco tiempo. Vacunar a seis mil millones de personas no es una tarea fácil.

¿Está usted diciendo entonces que supuestamente todos aquí estamos infectados? -objetó alguien-. ¿No deberíamos aislar cualquier mando y control que no haya sido afectado? Mantenerlos en aislamiento el tiempo que sea necesario.

– ¿Puede usted aislar a las personas de esta cosa? -preguntó alguien más.

– Debe haber una manera. Espacios desinfectados. Ponerlas en el trasbordador espacial y enviarlas a la estación espacial, hasta donde yo sé.

– ¿Con qué fin? ¿De qué sirven doscientos generales en la estación espacial si el resto del mundo se está muriendo?

– Entonces aislemos a los científicos que trabajan en el antivirus. O si es necesario demos a la estación espacial los códigos para lanzar unas cuantas bombas nucleares bien apuntadas a las gargantas de quienquiera que haya causado esto.

¿Con qué fin?, se preguntó Thomas. La retaliación se siente hueca frente a la muerte. El debate se paralizó.

– Dirigimos esta nación, morimos con esta nación si es necesario – comentó finalmente el presidente-. Pero no creo que se pierda nada con aislar a los elementos de mando y control, y a tantos científicos como sea posible.

El caos dio gradualmente paso a una tensión moderada. A veces la crisis divide y a veces une. Ahora unía. Al menos por el momento.

***

LA REUNIÓN llevaba dos horas cuando finalmente se pronunció la pregunta que hizo comparecer a Thomas.

La mujer vestida de azul. La inteligente.

– ¿Cómo sabemos que ellos tienen de verdad el antivirus?

No hubo respuesta.

– ¿No es posible que estén embaucándonos? Si se necesitan meses para crear una vacuna o un antivirus, ¿cómo es que ellos tienen uno? Usted afirmó que la variedad Raison es un virus nuevo, de menos de una semana de antigüedad, una mutación de la vacuna Raison. ¿Cómo consiguieron un antivirus en menos de una semana?

El presidente miró hacia Thomas en la parte trasera, luego asintió al ministro encargado Gains, que se puso de pie y fue hasta un micrófono encendido. Gains había hablado solo algunas veces durante toda la discusión, sometiéndose a su superior, el secretario de estado Paul Stanley, a modo de cortesía política, supuso Thomas.

– Hay más en esto. Nada que cambie lo que han oído, pero algo que creo podría ayudarnos de una manera más… original. Titubeo porque estoy punto de abrir una caja de Pandora, pero, considerando la situación que lo mejor es seguir adelante.

A Thomas lo abandonó de repente cualquier deseo que le quedara de hablar ante este grupo. Él no era más político de lo que sería una rata.

Hace aproximadamente dos semanas un hombre llamó a uno de nuestros funcionarios y afirmó estar teniendo sueños extraños.

Thomas cerró los ojos. Allí van.

– Él llegó a la conclusión de que los sueños eran reales, porque en ellos había libros de historias que registraban hechos de la Tierra. Logró tener acceso a esos libros y enterarse de quién ganó el Derby de Kentucky de este año, por ejemplo. Lo cual hizo, antes de que se corriera el Derby, imagínense. Y tuvo razón. Resumiendo, ganó de veras más de trescientos mil dólares. La información en los libros de historias de su mundo de sueños resultó real. Exacta.

Thomas estaba un poco sorprendido de que no hubiera al menos algunas risitas.

– Llamó a nuestras oficinas porque se enteró de algo más bien amenazador, concretamente de que un virus llamado Variedad Raison sería liberado alrededor del mundo esta semana. Repito, esto fue hace casi dos semanas, aun antes de que se conociera la existencia de la variedad Raison.

Al menos estaban escuchando.

– Nadie le hizo caso, por supuesto. ¿Quién lo haría? Él fue a Bangkok y tomó el asunto en sus manos. Durante la última semana nos ha estado transmitiendo datos formales, todos previos a los acontecimientos.

Hizo una pausa. Nadie se movió.

– Ayer volé a Bangkok a solicitud del presidente -continuó Gains-. Lo que he visto con mis propios ojos los dejaría aterrados a todos ustedes. Igual que yo, es muy probable que ustedes hayan llegado a la conclusión de que nuestra nación está en una posición muy, pero muy grave. La situación parece desesperada. Si hay alguna persona que pueda salvar esta nación, damas y caballeros, muy bien podría ser Thomas Hunter. ¿Thomas?

Thomas se puso de pie y caminó por el pasillo. Se dirigió al frente, sintiéndose cohibido en los pantalones negros y la camisa blanca que había comprado en el centro comercial al venir aquí desde el aeropuerto. Se debía ver muy, pero muy extraño. He aquí el hombre que ha visto el fin del mundo. Se hallaba tan desconectado de la realidad de ellos como Hulk o el hombre araña.

Tapó el micrófono.

– No estoy seguro de que esto vaya a hacer algún bien -comentó tranquilamente; el presidente lo calmó con una firme mirada.