– Hum. Pero usted no puede aislar ningún recuerdo particular. Solo tiene una esperanza general de que yo despierte recordando más que cuando me quedé dormido.
– En algunos casos, sí. En otros, los sujetos tienen sueños que resultan ser verdaderos recuerdos. Es como echar líquido en una taza ya llena de agua °› en este caso, de recuerdos. Cuando deposita el líquido, el agua se desplaza por el borde. En realidad muy divertido. La estimulación de la memoria parece incluso ayudar a algunos sujetos a recordar los sueños en sí. Como usted sabe, el individuo promedio experimenta cinco sueños por noche y a 1° sumo recuerda uno. No así cuando yo lo engancho. ¿Empezamos?
– ¿Por qué no?
– Antes que nada, algunos aspectos básicos. Signos vitales y varias cosas más. Debo extraerle un poco de sangre y analizarla en el laboratorio por varias enfermedades comunes que afectan a la mente. Solo por precaución.
Media hora después, tras una breve serie de pruebas sencillas seguidas por cinco intentos fallidos de hacer que Thomas entrara en un estado hipnótico, Bancroft cambió de sistema y lo enganchó a la máquina de electroencefalografías. Conectó doce electrodos pequeños a varias partes de la cabeza antes de darle una pastilla que lo calmaría sin interferir con la actividad cerebral.
Entonces apagó las luces y salió del salón. Momentos después se empezó a oír música suave por los parlantes en el cielo raso. La silla en que se hallaba Thomas era parecida a la de un dentista. Él se preguntó si había una pastilla que pudiera bloquear sus sueños. Este fue el último pensamiento que tuvo antes de quedarse profundamente dormido.
MIKE OREAR salió de su oficina en el canal televisivo de noticias CNN a las seis y avanzó entre el tráfico durante la típica hora que le tomaba llegar a la casa nueva de Theresa Sumner en el sur. No había planeado verla esta noche, aunque no se estaba quejando.
A ella la habían llamado a una misión en Bangkok para los CDC y hoy regresó temprano para tener otra reunión privada en Washington. Un poco extraño, solo un poco. Ambos llevaban vidas llenas de falsedad y de cambios repentinos de planes.
Theresa lo había llamado desde la pista del Reagan Internacional, diciéndole que llevara sus penas a la casa de ella esa noche a las ocho. Ella pasaba por uno de sus estados de ánimo irresistiblemente mandones y, después de cantarle cuatro verdades a su amiga, principalmente tonterías para montar un buen drama, él estuvo de acuerdo, como los dos sabían que iba a estarlo incluso antes de que ella lo pidiera. El solo había ido a la nueva casa de Theresa tres o cuatro veces en los diez meses que habían estado saliendo, y nunca salió desilusionado.
Un auto blanco parecido a una caja, un Volvo, se le puso a la derecha y un Lincoln negro a la izquierda. Ninguno de los choferes lo miró cuando él los taladró con una buena mirada. Esta era la hora pico en Atlanta y todo el mundo se hallaba vagando en su propio mundo, totalmente ajeno al de los | demás. Estos zombis flotaban por la vida como si al final nada importara.
Fue algo bueno tres años atrás la reasignación de él a la oficina de Atlanta desde Dakota del Norte a fin de hacer sus presentaciones a primeras horas de la noche. Ahora no estaba tan seguro. La ciudad tenía sus distracciones, pero él se cansaba cada vez más de ir tras ellas. Uno de esos días tendría que dejar de jugar al tipo duro y echar raíces con alguien más como Betty que como Theresa.
Por otra parte, le gustaba representar la mayor parte del juego que personificaba. Podía prender o apagar el acto del tipo duro tocando un interruptor oculto, una verdadera ventaja en este asunto. Para la audiencia y algunos de sus compañeros, él era la verdadera fisonomía de Dakota del Norte, con rostro bronceado tipo revista y cabello oscuro, en el que siempre podían confiar. Para otros, como Theresa, él era el enigmático mariscal universitario de campo que pudo haberse hecho profesional de no haber sido por las drogas.
Ahora lanzaba palabras en vez de balones y podía pronunciarlas a cualquier ritmo que requiriera el juego.
Finalmente detuvo su BMW frente a la casa blanca en la esquina de Langshershim y Bentley.
Suspiró, abrió la puerta y se despegó del asiento del chofer. El auto de ella estaba en el garaje. A través de la ventana vio el techo del deportivo.
Se acercó a la puerta y pulsó el timbre.
Theresa abrió la puerta y retrocedió hacia la cocina sin decir una palabra. Era necesario resaltar que Betty, la chica con quien estuvo saliendo dos años durante la universidad, nunca habría hecho eso… desconociendo que él había conducido una hora para verla. Bueno, quizás ella se le insinuaría de vez en cuando, pero nunca mientras tuviera esa mirada distante, casi de enfado.
El cabello rubio y corto de Theresa estaba despeinado y el rostro tenso… no era exactamente la figura tentadora y sexy que él había esperado. Ella sacó del estante una copa y la llenó con Sauvignon Blanc.
– ¿Me equivoco o de veras me invitaste a venir aquí? -indagó él.
– Te invité. Y gracias. Lo siento, solo que… ha sido un largo día -titubeó ella forzando una sonrisa.
Esto no era un juego. Era evidente que a Theresa le molestaba algo que había ocurrido en su viaje. Ella puso las dos manos sobre el mesón y cerró los ojos. Él mostró inquietud por primera vez.
– Está bien, ¿qué pasa?
– Nada. Nada que te pueda decir. Solo un mal día -explicó ella, tomó un trago largo y bajó la copa-. Un día muy malo.
– ¿Qué significa que no me puedes decir? ¿Está bien tu trabajo?
– Por el momento -contestó y tomó otro trago.
El vio que a ella le temblaba la mano. Se le acercó. Le quitó la copa.
– Cuéntame.
– No puedo decir…
– Por amor de Dios, Theresa, ¡cuéntame!
Ella se alejó del mesón y se pasó las manos por el cabello, lanzando un profundo suspiro. Él no recordaba haberla visto en esa condición. Alguien había muerto, o estaba moribundo, o algo terrible le había ocurrido a su madre o al hermano que vivían en San Diego.
– Si tratas de asustarme, ya lo lograste. Así que, si no te importa, dejemos el juego. Simplemente cuéntame.
– Me matarán si te lo digo. A ti más que a nadie.
– ¿Significa «a ti» que estoy en la noticia?
Ella ya había hablado demasiado, su rápida mirada lateral lo confirmaba. Había pasado algo que haría que ella sudara balas y que pondría en órbita a un periodista como él. Y ella había prometido no decir nada.
– No te engañes -manifestó Mike, agarrando una copa del estante-. Me pediste que viniera para decirme algo y te puedo garantizar que no me iré hasta que lo hagas. Ahora podemos sentarnos y emborracharnos antes de que me cuentes, o puedes decírmelo sinceramente mientras aún estamos sobrios. Tú decides.
– ¿Qué clase de garantía tengo de que no vayas al público con esto?
– Depende.
– Entonces olvídalo -declaró ella, los ojos le centellearon-. Esta no es la clase de asunto que «dependa» de algo que creas o no.
La mujer no tenía control total de sí misma. Cualquier cosa que hubiera sucedido era más grande que una muerte o un accidente.
– Esto tiene algo que ver con los CDC, ¿correcto? ¿Qué, el virus del Nilo Occidental está en la Casa Blanca?