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– Lo juro, con solo que digas…

– Está bien -expresó Mike levantando ambas manos, con la copa en la derecha-. Ni una palabra acerca de nada.

– Eso no es…

– ¡Lo juro, Theresa! Tienes la total seguridad de que no diré una palabra a nadie fuera de esta casa. ¡Solo dime!

Se trata de un virus -confesó ella respirando hondo.

– Un virus. ¿Tenía razón yo?

– Este virus hace que el del Nilo Occidental parezca un caso de hipo.

– ¿Qué entonces? ¿Ébola?

Él estaba medio bromeando, pero ella lo miró y por un momento horrible Mike pensó que él podría tenerlo.

– Estás bromeando, ¿verdad?

Por supuesto que ella no estaba bromeando. Si lo estuviera, su labio superior no estaría empañado de sudor.

– ¿El ébola?

– Peor.

Mike sintió que la sangre se le drenaba del rostro.

– ¿Dónde?

– En todas partes. Lo estamos llamando Variedad Raison -explicó Theresa, el temblor se le había extendido de las manos a la voz-. Fue liberado hoy por terroristas en veinticuatro ciudades. Para el final de la semana toda persona en Estados Unidos estará infectada y no existe tratamiento. A menos que encontremos una vacuna o algo, nos enfrentamos a muchísimo dolor. Atlanta fue una de las ciudades.

Él no lograba clasificar todo eso dentro de los compartimientos que usaba para entender a este mundo. ¿Qué clase de virus era peor que el ébola?

– ¿Terroristas?

– Están exigiendo nuestras armas nucleares -contestó ella asintiendo con la cabeza-. Las armas nucleares del mundo. Él la miró un largo instante.

– ¿Quién está infectado? Quiero decir, cuando hablas de Atlanta no necesariamente te estás refiriendo…

– No estás escuchando, Mike. No hay manera de detener esta cosa. Que sepamos, todos en CNN ya están infectados.

¿Estaba él infectado?

– Esto es… ¿cómo puede ser eso? -preguntó Mike, parpadeando-. No siento que tenga nada.

– Eso se debe a que el virus tiene un período latente de tres semanas. Confía en mí, si no solucionamos esto, sentirás algo en un par de semanas.

– ¿Y no crees que la gente merece saberlo?

– ¿Para qué? ¿Para que entren en pánico y corran a los montes? Lo juro, Mike, aun si te haces el chistoso con alguien en la estación, ¡te mato personalmente! ¿Me oyes? -exclamó enojada.

Mike puso los lentes sobre el mesón y luego se inclinó en el gabinete en busca de equilibrio.

– Está bien, está bien, tranquilízate.

Pero algo no estaba bien con lo que ella le había dicho. No sabría decir concretamente qué, pero algo no parecía razonable.

– Tiene que haber una equivocación. Esta… esta clase de cosas sencillamente no suceden. ¿Nadie sabe acerca de esto?

– El presidente, su gabinete, unos cuantos miembros del Congreso. La mitad de los gobiernos del mundo. Y no hay equivocación. Yo misma revisé algunas de las pruebas. He estudiado el modelo en las últimas doce horas. Así es, Mike. Esto es lo que todos esperábamos que nunca sucediera.

Theresa se dejó caer en un sillón, reposó la cabeza, cerró los ojos y tragó saliva.

Mike se sentó a horcajadas en una silla de la mesa y durante un buen rato ninguno de los dos habló. El aire acondicionado se encendió y una ráfaga de aire frío le recorrió el cabello desde un conducto del techo. La refrigeradora zumbaba detrás de él. Theresa había abierto los ojos y miraba al cielo raso, perdida.

– Empieza desde el principio -pidió él-. Dímelo todo.

***

HABÍA UN problema con el electroencefalograma (EEG).

Bancroft sabía que esto no era verdad. Sabía que algo extraño estaba sucediendo en esa mente que dormía en su silla, pero el científico dentro de él exigía que eliminara toda alternativa posible.

Desconectó el EEG, volvió a enchufar los doce electrodos y lo encendió de nuevo. Patrones de ondas coherentes con actividad conceptual cerebral atravesaban la pantalla. Lo mismo. Él lo sabía. Lo mismo que en la otra unidad. No había ondas perceptivas.

Revisó los otros monitores. Color facial, movimiento ocular, temperatura de piel. Nada. Ni una sola condenada cosa. Thomas Hunter llevaba dos horas dormido. La respiración era profunda y su cuerpo estaba combado en la silla No había duda al respecto, este hombre estaba perdido del mundo. Profundamente dormido.

Pero allí es donde terminaban las indicaciones típicas. La temperatura de la piel no había cambiado. Los ojos no habían entrado en el rápido movimiento ocular característico del sueño. Los patrones en el EEG no mostraban ni una señal de característica perceptiva.

Bancroft dio dos vueltas alrededor del paciente, repasando una lista mental de explicaciones alternativas.

Nada.

Entró a su oficina y llamó a la línea directa que Phil Grant le había dado.

– Grant.

– Hola, señor Grant. Myles Bancroft con su muchacho aquí.

– Creo que tenemos un problema.

– ¿Qué problema?

– Que su muchacho no está soñando.

– ¿Cómo es posible eso? ¿Puede ocurrir algo así?

– No muy a menudo. No por tanto tiempo. Está durmiendo, de eso no hay duda. Mucha actividad cerebral. Pero cualquier cosa que esté pasando en esa cabeza no está caracterizada por algo que yo haya visto. A juzgar por los monitores, yo diría que está despierto.

– Creí haberle oído decir que se hallaba durmiendo.

– Lo está. Por tanto, ese es el problema.

– Iré en seguida. Manténgalo soñando.

El hombre colgó antes de que Bancroft pudiera corregirle.

Thomas Hunter no estaba soñando.

9

RACHELLE OYÓ los profundos lamentos al borde de su conciencia, más vigila de los sonidos del canto de Samuel y de los desesperados esfuerzos de Marie por corregirle los sonidos discordantes. Pero Rachelle había entrenado su subconsciente para oír este lamento lejano, de día o de noche.

Ella lanzó un grito ahogado y se paró de un salto, esforzándose por escuchar el sonido.

– ¡Silencio, Samuel!

– ¿Qué pasa? -inquirió Marie; entonces ella también oyó los gorjeantes gritos-. ¡Padre!

– ¡Padre, padre! -gritó Samuel.

Vivían en una cabaña de madera, grande y circular con dos pisos, los cuales tenían puertas que llevaban al exterior. Las puertas eran uno de los orgullos y juguetes de Thomas. Casi diez mil casas rodeaban ahora el lago, la mayoría de ellas entre los árboles lejos de la amplia franja despejada alrededor de las aguas, pero ninguna tenía una puerta como la de Thomas. En lo que a Thomas atañía, esta era la primera puerta doble, y con las mejores bisagras, de toda la tierra, porque oscilaba en ambos sentidos para entrar o salir rápido.

El piso de arriba donde dormían tenía una puerta normal que se cerraba y conducía a un pasillo, que era parte de un laberinto de pasarelas suspendidas que unía muchas casas. El piso de abajo, donde Rachelle se hallaba sirviendo guiso caliente en platos de estaño, presumía la doble puerta con bisagras. Estas estaban hechas de cuero, el cual también actuaba como una especie de resorte para mantener las puertas cerradas.

Marie, siendo la mayor y la más rápida a sus catorce años, llegó primero a la puerta y la atravesó.

Samuel estaba exactamente detrás. Demasiado lejos atrás. Demasiado cerca atrás. Chocó con las puertas cuando Marie las soltó. Estas lo golpearon en la frente y lo aventaron como un saco de papas.

¡Samuel! -exclamó Rachelle arrodillándose-. ¡Esas malditas puertas! ¿Estás bien, hijo mío?

Samuel se esforzó por sentarse, luego sacudió la cabeza para despejarla.

.¡Vamos! -gritó Marie-. ¡Rápido!

– Vuelve acá y ayuda a tu hermano -exclamó Rachelle-. ¡Lo dejaste atontado con las puertas!

Para cuando Marie volvió, Samuel se había parado y corría hacia las puertas, las que esta vez golpearon a Rachelle en el brazo derecho, casi derribándola. Ella gimió y corrió por el sendero de piedra tras sus hijos.