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Vio que las puertas le habían lastimado el brazo. Le abrieron una pequeña cortada que apenas la logró preocupar ahora. Hizo caso omiso del delgado hilo de sangre y salió corriendo.

Gritos de mujeres y niños se oían en los senderos hacia el portón donde los agudos gritos continuaban con creciente intensidad. Definitivamente, ellos llegaban a casa. La única pregunta era cuántos.

En cada lado crecían serpenteantes enredaderas con flores de color azul lavanda, parecidas a lo que Thomas describía como buganvillas, y grandes arbustos tawii con pétalos blancos sedosos que extendían su dulce fragancia por el aire. Como gardenias, solía decir Thomas. Cada casa estaba cubierta con similares enredaderas florecidas según un gran plan maestro que convertía a todo el poblado en un hermoso jardín. Era la mejor imitación que los habitantes del bosque habían hecho del bosque colorido.

Rachelle corría con un nudo en la garganta. Thomas podría ser el primer combatiente entre ellos, pero también era su líder y el primero en entrar a las peores batallas. Muchas veces había vuelto cargando el cadáver del soldado que había caído a su lado. Su buena suerte no podía durar para siempre.

Y la orden de William de prepararse para una evacuación había puesto nervioso a todo el poblado.

Convergieron en un camino de piedra de veinticinco metros de ancho que cortaba una línea directa desde el portón principal hasta el lago. Caía la noche y la gente estaba lista para celebrar por anticipado el regreso de los guardianes del bosque. Se agrupaban en el portón principal, saltando y danzando. Antorchas y ramas se levantaban hacia lo alto. El ejército estaba monedo, pero la vista se bloqueaba con los niños en los hombros de sus madres.

Una voz fuerte gritó por sobre el bullicio. Era del ayudante hacia Ciphus… Rachelle logró distinguir su voz a cien metros. Él intentaba mover a las personas a un lado como se acostumbraba.

De repente la multitud se calmó y se dividió como un mar. Rachelle se paró en seco con Marie a un lado y Samuel al otro. Entonces vio a Thomas donde siempre lo veía, sentado en su corcel blanco, dirigiendo a sus hombres, que entraban detrás de él al bosque. Un chorro de alivio la invadió.

– ¡Padre!

– ¡Espera, Samuel! Primero honremos a los caídos.

El pueblo se dividió más, dejando una amplia senda para los guerreros. El ruido de cascos de caballos se oía ahora claramente.

Ciphus se acercó a la línea frontal y Thomas detuvo su caballo. Hablaron en silencio por un momento. A la derecha de Rachelle, miles seguían alineándose en el camino que llevaba al lejano lago y que ahora brillaba con la creciente luz de la luna. Aquí vivían como treinta mil y en los días siguientes la cantidad ascendería a cien mil, cuando llegaran los demás para la Concurrencia anual.

Ciphus parecía estar tomando más tiempo del acostumbrado. Algo estaba mal. William había sido enfático acerca de la gravedad de la situación cuando la víspera llegó a caballo a fin de exigir que se prepararan para evacuar, pero habían ganado, ¿o no? Sin duda, no habían venido a anunciar que las hordas se encontraban atrás a solo un día de marcha.

Ciphus volvió lentamente el rostro hacia la multitud. Esperó un buen rato; por cada segundo que pasaba se profundizaba el silencio, hasta que Rachelle creyó que podía oírle respirar. Él elevó las dos manos, levantó el rostro hacia el cielo y comenzó a gemir. Este era el lamento tradicional.

– Sí, sí, Ciphus, pero ¿cuántos? ¡Dinos cuántos!

Suaves lamentos se le unieron.

– ¡Ellos han tomado a tres mil de nuestros hijos e hijas! -declaró después a gritos.

– ¡Tres mil! ¡Tantos! Nunca habían perdido siquiera mil.

Los gemidos crecieron hasta convertirse en alaridos de agonía que se extendieron hacia el desierto que los rodeaba. Primero Thomas desmonto? cayó de rodillas, seguido de sus hombres, todos bajaron las cabezas hasta e suelo y lloraron. Rachelle se arrodilló con los demás, hasta que todo e poblado quedó de rodillas sobre el camino, llorando por las esposas, las madres, los padres, los hijos y las hijas que había sufrido tan terrible pérdida ante las hordas. Solo Ciphus permaneció de pie, y se quedó con los brazos levantados en un lamento a Elyon.

– Consuela a tus hijos, Hacedor de los hombres! Toma a tus hijas en tu pecho y enjuga sus lágrimas. Libera a tus hijos de la maldad que devasta lo que es sagrado. Ven y sálvanos, oh Elyon. Ven y sálvanos, ¡amante de nuestras almas!

La costumbre de casar inmediatamente a las viudas con hombres elegibles se debilitaría mucho. No había suficientes hombres alrededor. Todos estaban muriendo. A Rachelle le dolía el corazón por aquellas que pronto se enterarían de que sus esposos estaban entre los tres mil.

El lamento continuó aproximadamente durante quince minutos más, hasta que Ciphus terminó su larga oración. Luego bajó los brazos y un profundo silencio invadió a la muchedumbre, ahora de pie.

– Nuestra pérdida es grande. Pero la de ellos es mayor. ¡Cincuenta mil de los de las hordas han sido enviados en este día a un destino apropiado!

Un rugido prorrumpió de la línea. La tierra tembló con los guturales gritos de la gente, motivados tanto por el fresco horror de sus propias pérdidas y su odio hacia las hordas, como por su sed de victoria.

Thomas volvió a subirse en su montura y llevó el caballo por el camino. En ocasiones como esta reconocería a la multitud con reverencias y una mano levantada, pero esta noche montaba con sobriedad.

Su mirada descubrió a Rachelle. Ella corrió hacia él con Samuel y Marie. Él se inclinó y besó en los labios a su esposa.

– Eres mi sol -declaró.

– Y tú eres mi arco iris -contestó ella, tentada a jalarlo del caballo al momento.

Thomas sintió el travieso jalón de ella y sonrió. El gran intercambio enamoradizo de ellos era refrescante por ser tan genuino. Ella lo amaba por eso.

– Camina conmigo.

El besó a Marie y sonrió.

– Tan hermosa como tu madre.

Le alborotó el cabello a Samuel.

Caminaron así entre las ovaciones de la línea: Thomas en el caballo, Rachelle Samuel y Marie andando orgullosamente a la derecha de él. Pero había una tensión en el rostro de Thomas. Lo único que le ocupaba la mente era el precio que habían pagado en batalla.

Thomas desmontó en el momento en que llegaron a la amplia playa de arena hacia el lago, le pasó el corcel a su mozo de cuadra y se volvió hacia sus tenientes.

– Mikil, William, nos reuniremos tan pronto como nos hayamos bañado. Suzan, trae a Ciphus y a todos los miembros del Consejo que puedas hallar. ¡Rápidamente! -ordenó, y besó a Rachelle en la frente. Necesitamos de tu sabiduría, mi amor. Únete a nosotros.

El abrazó a Samuel y a Marie y les susurró algo al oído. Ellos salieron corriendo, sin duda a hacer alguna travesura.

Thomas agarró a Rachelle de la mano y la llevó a uno de los veinte pabellones desde los que se veía un enorme anfiteatro abierto desde el suelo de la selva. El lago se hallaba a doscientos metros de distancia, exactamente después de una franja de arena blanca y limpia. Habían despejado el bosque con los años y, cuando el poblado creció, extendieron la playa realojando casas que una vez estuvieron cerca del lago, como la de ellos. En su lugar plantaron césped grueso y abundante y más de dos mil árboles floridos, cuidadosamente situados en arcos concéntricos que se dirigían hacia la arena. Cientos de enredaderas y rosales sembrados moteaban el césped en enclaves bien cuidados con bancas para sentarse. Este extremo del lago había sido diseñado como un parque jardín digno de un rey.

Las aguas del lago no eran para beber o lavar, pues para eso estaba el agua que venía de las fuentes, sino únicamente para bañarse y solo entonces sin jabón. Las playas del lago estaban reservadas para las celebraciones nocturnas, las cuales se llevaban a cabo alrededor de una enorme hoguera en una fosa.